Ya estoy aquí de nuevo, como una yema brotando de la tierra árida y estival. Un esqueje de tallo dulce y aroma singular que, en medio, del halo de tus profundos ojos se deshoja en síes y en noes, como una última margarita; por ti, María del Carmen.

Sé que te agota el calor, que te empequeñece la flama del horno y te empapa en sudor; te sueño y te veo con el pelo recogido, serenando la humedad de tu nuca. Pero, también sé, que te satisface atinar con una sorpresa en sus paladares y que, desde esa nuca desnuda hasta las cerezas que brotan en las uñas de tus pies, sólo te contentas con sentir una sacudida de sano estremecimiento al verles relamerse con tu empanada, al verles felices.

Sin celo ofreces a tu nuera el ensueño de tu vientre. Cuanto llanto desamparado te queda por delante, justo cuando él descanse en el nido de la chica que ama. Si por ti fuese, mi María del Carmen, madre, desesperadamente trabajarías hasta desollar tus pies y tus manos y, lo más asombroso, lo harías sin esperar nada a cambio y sin ni siquiera descansar. Te preguntas si ella, tu nuera, se comprometerá con tanto entusiasmo por tu hijo.

Corres sin compadecerte y sin recapacitar ni un minúsculo segundo de qué estás haciendo. Vuelas de un lado para otro, macerando sabores, quemándote las manos y sintiendo tal bochorno, que nadie lo aguantaría. Aun así, tus brazos se mueven ágiles y reproducen un solo sonido, el tintinear de los cubiertos cuando baten los huevos o pican los aderezos.

Para que todo esté a pedir de boca cocinas sin parar, en incluso piensas, tras esa atmósfera cristalina de tu corazón, si habrás recibido un mensaje; pero tanto amor quieres demostrar, tanto les quieres complacer … que no te detienes a mirar si hay algún halago mío… te ciñes, como entraña que lo llevo, a contentar a la nuera que usurpa tu bebe….

Tenderías un puente milagroso para llevarles la comida todos los días….

¡Déjalos volar en la amable inocencia del Amor…!

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