Esta madrugada las nubes plañían abiertamente, quizás porque se entusiasmaban con las agradables esencias que emanaban de los pastos recién humedecidos, y ahora, esas mismas nubes, como poderoso trasatlánticos, vagan por los etéreos cielos, logrando orientar los destellos del Sol.
Bien sus inocencias perladas o bien sus cegadores destellos, se condenan por irisar inenarrables visos sobre las alas de las libélulas y las mariposas, sobre los pétalos de las flores e, incluso, con la ayuda del risueño susurro del viento, clausuran adamantinas magias sobre los livianos cabellos, en las lactescentes mejillas y en los iridiscentes ojos de mi Amor.
Los aromas otoñales y los recién acendrados haces del Sol, se arremolinan eufóricos a su alrededor, como inquietos pajarillos que ansían posarse en su escote. Son amartelados colibríes que se desviven por libar la miel lujuriosa e íntima de su pecho y que sólo sueñan con anidar en un rincón de tan vasto corazón.
Son hermosos los vestigios que a diario se revuelcan en mi humilde alma, trazas de ternura que, aunque se suceden volátiles, se embaúlan ígneas dentro de mi corazón.
Qué dicha o, tal vez, desdicha, cuando me desconcierto con el relumbrar del cielo que riela esplendoroso en su turmalina mirada. Ahora, y desde aquí, sin gozar de nido alguno y ni siquiera poseer diminuta guarida en sereno corazón, escribo pompas poéticas que reconfortan mis abatidos latidos; … es la vehemente ficción que uso para trillar las simillas de un amor ficticios y que germinará al instante en el señero corazón que lo irrigue.







