Una lámina calca los ocres de los árboles



Una lámina calca los ocres de los árboles, una diadema fina y cristalina, que llena las aguas con añil celeste y dejo de caminar, pues la alameda me hace efecto. Por un instante, comienzo a ver a través de los ojos y presiento que algo se me escapa. Acaso son esos tonos o es el trinar de los pájaros, quizás sea el suave arrullo de las hojas o, tan sólo, el balsámico olor de la floresta; qué me he perdido o cuál es la virtud de desconexión que posee este lugar.

Mi mente yace agotada, acuso en mi adentro un tembladeral, una estridencia constante, que es un tanto más aguda cuando me echo sobre la cama. Me acobarda este desacorde interior, esta disonancia que sólo se calma cuando estoy contigo, al asentir el suave paso de tu melódica voz, al reafirmar la inagotable naturaleza de tan sublime donaire, al dar cuenta de que tus avellanados ventanales se entreabren, para alojar mi modesto destino en un rincón de la limpia e inabarcable fantasía que alumbra tu interior, para reclutar a este humilde poeta entre las indescifrables gozosas hojas de amor que ahítan tu corazón y, sonriendo simpáticamente y sintiendo insufribles pellizcos de curiosidad, al disipar toda la conmovedora orquesta de tus latidos, ese rebelde palpitar que irritan las incurables heridas de mi llana vida.

Crees, María, que debo de serenarme o, acaso, debo de proseguir hasta que mi alma detone en el interior de la confortable fronda que me reservas dentro de tu corazón. Prenderé, aun sea a base de rozar mis yemas sobre cientos de poemas, todos los perfumados inciensos que desvanecen a través de tu aliento. Sí, María, recolectaré los manojos de mi siembra, las gravillas de mis versos y los avivaré para que mi alma desfallezca cuando me concedas un primer beso.

Una pregunta


Una pregunta, que creo que es la que desenmudecerá mi lírica, es para esclarecer la insoportable e indeleble duda que me anula y me ciega. He de aldabear el helado postigo de tu pecho, pues he de entreabrir esa densa pared que me impide penetrar en ti y, por supuesto, a la vez he de condescender mis amurallados sentimientos, esta ternura que permanece enjaulada tras los barrotes de mi corazón.

Sí, tan sólo pretendo deshospedar toda la necia indecisión que nos envuelve y, a cambio, erigir una realidad cristalina, como las aguas de  los deshielos, tan natural como un árbol y de ensueño, como los colores de las flores o el arcoíris. Creo que sé cómo lograrlo, de verdad, si camino feliz o, al menos, muy vivo, con infinidad de amables gestos y con un sinfín de palabras llanas, e incluso, cuando me retire a mis silenciosos adentros, educando cada uno de mis pensamientos para ceñirme a tus brazos, para admirar tu cuerpo y para desleírme en los océanos de tu boca.

Además, también sé a qué he de rehuir, pues no me resigno a poseer una tumba en vida. No quiero que mi alma se colme de rutina, de irrespirable silencio cuando permanezca despierto y, aún menos, de sucios rumores que gangrenen mi sangre. La monotonía, el compás de un corazón grisáceo termina por dilapidar en vida los latidos del pecho. Hay que liberarlo para brinque por los cauces de tus labios, para precipitarlo a través de los abismos de tus ojos.

Sé, que amar es compartir savia viva, esta esencia que jamás se avieja, es juntar nuestras bocas en un álveo de saliva, es mezclar la cálida brisa de nuestro aliento y es, en sí, residir bajo la diurna avidez de tus risueños ojos.

Soñé que estabas adentro


Soñé que estabas adentro, que tus pies amasan mi cuerpo, mi vida interior. Más bien, me hacías sentir que era una marisma de inabarcables horizontes, una mar que se mantiene con las salinas lágrimas de la dicha; una vereda en la mismísima casualidad, que llega tan lejos y deslumbra tanto, como al hallar el vital oasis de una gran Mujer en medio del vasto desierto de mi vida; una estela en la inalcanzable bóveda del firmamento, un resplandor inagotable en la toga negra que recubre la Luna y hasta allá, estallar sólo para ti, Mujer, un nova súbita que se hincha con el sueños de entregar todo su resplandor para su ser, que irradia como un gran lucero, aun sea una estrella más en el infinito universo que engrandece tu mágico corazón.

Aunque mis ojos se cierren como ventanucos, tan intenso es este sueño que me elevo libre como una cometa sobre un jardín de flores eternas, un vergel de huesos oculto tras el manto de una piel nívea, inmaculada y fina….

Aunque mis ojos se cierren como ventanucos, tan intenso es este sueño que prosigo contigo, María.

Oliva





El Sol, su intensa luz y su eterno calor,

su agradable abrazo y su sofocante olor;

allá, desde lo alto reverdece este amor.




La Tierra, polvorienta y encarnada,

como un corazón de piel agrietada;

arada y abonada para bien amada.




La Lluvia, las lágrimas de un cielo

inconsolable que lastiman el suelo;

diamante al alba y dádivas de hielo.



La oliva, esa aceituna verdemar

que se va de su árbol para iniciar

un envidiable y delicioso soñar.



Cada chispa afrutada de aceite

te acerca el suave calor del Sol,

el tinto de la Tierra y un deleite

de Agua; de savia de mi amor.


El divino gourmet de la naturaleza



Elogio a ese divino gourmet de la naturaleza, pues ha logrado condensar tanto la nívea flor del almendro, el añil del éter y el cálido iris del Sol, como el insondable abismo de la noche, la toga de luceros del firmamento y la tímida carita de la desolada Luna. Sí, ha solidificado todos esos arrabales, que tanto he de albar, en una diminuta y blanca almendra.

La frondosa cabellera del árbol ameniza, este medio día, en mi humilde plato. Gracias, así es, gracias he de dar a esta pequeña semilla que aprecia el rubor de la aurora junto al morado velo que, poco a poco, se echa sobre todos los sueños. María, más que afortunado al poder cosechar todos esos claros del día, todo ese fabuloso montón de sueños que nos recoge en la noche y, sobre todo, al saber que una joya de Mujer cuida de esta fosforescente lírica que nace de un derroche incansable de latidos….

Hoy he comido pollo con salsa de almendras; por ello, esta simple alabanza a las almendras. Para mi amiga María. Besos.

A dar graznidos




Así que, a dar graznidos como un cisne nervioso, un modesto y sencillo patoso que pretende ser elegante. Espero, entre tanto, no toparme con un desalmado cazador. En verdad, lo que deseo es una cocinera del corazón, para que lo macere como ella sabe, tal como se le antoje, y para que también emplume toda mi alma, y así pueda volar por todos sus cielos. Quizás, mi corazón transparentado se aventure en una imposibilidad, pero seré testarudo, hasta que mis ojos se sequen como los de un abuelo que busca en la tierra la simiente de su hermosa Flor.



Me adormezco con la música y con esta claridad de amor. Así que si me das permiso, María, me retiro a soñar contigo, me echaré a tus pies…. Dulces sueños.

Tardíamente




Más vale tardíamente, que dejar que el sombrío jardín del silencio haga mellas en una relación.

¡Un escalofrío! Sí, Mujer, tu flechazo me ha provocado una opresión en mi pecho. Tú envías, con la yema de tu dedo corazón, un afilado flechazo y de repente, transfiguras dentro de mí una aurora milagrosa, un amanecer de vida fidedigna que aclara la pegajosa soledad que me anubla los días.

Así que, aun sea tardíamente, poso sobre esas rosadas orillas que detiene las olas del amor de tu boca, esta dulce miel en forma de poesía. Quizás, deshojando verso tras verso, llegue el día en el que sea la única abeja que naufraga por las cálidas orillas del aguamar de una Mujer.

Puede ser, que ya sea hora de dejar atrás este melancólico otoño que deshoja cada latido de mi corazón y, con un amor inabarcable, comenzar a cuidar una primavera floral. Revolotear cada día, como un picaflor alrededor de una sola flor. Así es, desde el Sol naciente hasta que den las horas del poniente y desde esta hora, cuando cae la tarde, hasta que me desvele al final de la madrugada; pensando en que no se sea tarde en mi corazón, Mujer.

Se disipa la niebla y se serena la noche



Se disipa la niebla y se serena la noche, las estrellas quedan comprimidas y la Luna y los luceros menguan hasta refinar al súmmum su radiante belleza. Sobre el horizonte se arbola encarnado plenilunio, mas, carente de calor se apoca en la profunda oscuridad del firmamento. Así, ni cede ni se para, siempre alerta y hambriento, henchido de soledad y, ahora, varado en la apacibilidad de tu formidable cuerpo.

Me creía firme y tenaz, capaz de enamorar con la audacia de un fuego volcánico. Pero, después de este lluvioso fin de semana, se esclarecen los cielos que recubren mi razón y ahora, las flaquezas me achican ante a la entereza de tan magnífica mujer. Nuevamente pienso en la oscuridad de la noche y me ensueño como una nebulosa que intenta cubrir el inabarcable universo de ese gran corazón. Desinflo toda mi sinceridad ante sus ojos, pues es tal la vivacidad que tengo enfrente, que presiento que soy una diminuta estrella en el insondable cosmos que hay tras el iris de tus ojos.

Imploro que el dolor no me devore y que las lágrimas no me ahoguen. Clamo al apetito del amor, a un anhelo infinito y, aun sea inexistente cometa, insisto en reproducir paisajes transcritos en mis versos. Creo, que son estampas de un amor indecible, son tentadores e inquebrantables poemas, que amilanan la deleznable voluntad humana y liberan tibias sensaciones de besos y tropicales emociones al derretirnos con el calor del Amor.

Me ganaré tu cocina





¿Me ganaré tu cocina?, María. ¿Te seduciré con mis merecidos y suaves guisos?. Quizás te hechice el nombre de un restaurante caro, con una cocina de alta estirpe y una bodega con los más refinados caldos. Pues, en virtud de que he de contentar todos tus sentidos, de que he de halagar el equilibrio de tu paladar, no me queda más remedio que visitar todos esos nobles restaurantes. Así, estudiando sus platos, lograré una armonía entre la gastronomía de fama y el fogón clásico.

Entre otras tantas delicadezas, como la música, el cine, el aroma y el color de las flores, los museos,…; el arte culinario debe de ser tan tentador que ha de causar embeleso en tu cielo palatino. No sólo el majar del domingo, sino el que te ofrezca durante la semana, debe de ser el afrutado beso de mis labios servidos en bandeja.

Un arroz de mil formas, natural, acaramelado o salado, en una cerámica caliente o en una fuente fría, con salsas que confieran tonos de pastel u hortalizas que enloquezcan su color cande con un arcoíris primaveral.

Así, cada día te prepararé mis recetas con aliño de corazón. Lo debo de mantener fresco y lleno de vida, para que sacies tu apetito e inundes tu pecho con agradables latidos.



Pienso en nuestra eminente cita, en invitarte a cenar a la Torre de Sande, donde aprenderé ese primer plato, el que te extraiga tu sonrisa. Yo, María, después te lo serviré en exclusivo, a tu gusto, bien picadito, sazonado con el justo corazón y durante toda mi vida. Te serviré tan escalofriante exquisitez que, de rico amor, te erizaré la piel.

Cae una rosa vehemente





Cae una rosa vehemente

por los vastos resquicios

del tamiz de mi mente,

se tornasola en rojo vicio

y se difunde con talante.



Me inmolo con un celoso sacrificio

de maniática sangre de amante

que se entibia con el ávido cante

de latidos de un corazón partido.



Desenfadado rebusco estribillo

que de amor inflija este lance.

Un ruiseñor de etéreos besos,

o la alevilla que lama la miel

floral de tus labios, los versos

que inundan tu cielo palatino,

ovillos de lírica sobre la piel

aireada de vello tan cristalino.



A veces, tan sólo algunas veces,

el desaliento redime desdenes

a deshoras de noche, vaivenes

de fatiga avezan unas obras

con un estúpido quiéreme,

con un hola o una maniobra

que inquiere simples imágenes

de la etapa final del viernes.



Mas, al amanecer, en mi cuerpo

se avienen chasquidos de fuego,

es el deseo de que me condenes

por loar todo lo que te ensueño.



Alegre y airado echo al vuelo

mi delicada pluma de amor.

Entonces, caligrafío el clamor

que se recrudece con un dolor

al límite de coger en el corazón.

Esperando y perseverando


Esperando y perseverando, aguardando un poco más de mi vida a que nazca el fulgor de una estrella, a que surja la claridad de la felicidad y, por fin, de esos renglones que me descubren tus dedos, nacen los bellísimos párrafos que humedecen mis ojos. Ya se derriten mis glaciales lágrimas con cada legión de letras y, con cada surco que escribes. María, tu cultivas, con tan exuberante sinceridad, todos estos los oasis que imaginan mis yemas.

Son las olas de tu pecho, las mismísimas mareas de pasión las que entresacan los irisados tonos de los corales, las silenciosas formas de las nebulosas y las balsámicas fragancias de las flores. Cuánta fantasía me describes, María, tanta que me envuelves entre unos velos que me aposentan entresueños y que me aleja de los extraños lugares de la rutina y la ansiedad.

María, yo tan sólo deseo dejar una estela inolvidable en esta vida, un estigma que, aun pase desapercibido para los demás, signifique una singularidad sobresaliente para nosotros dos. Encalar dibujos, esbozar líneas y combinar colores, aunque estos mueran entras las cegadoras sombras de nuestros pechos. Concebir paisajes de ficción, lugares ajenos y exóticos, lugares para los dos y para convivir felices entre los demás, con la familia y los amigos, espacios impecables adonde las olas de los océanos rompan contra los acantilados de la vida. María, Esos son los paisajes que tu reproduces, como murmullos de caracola, en mi pecho, Son en esos lugares donde están los latidos de la inabarcable mar que anega tu corazón y sólo son en esos espacios adonde irrumpen nuestros sentimientos contra los insondables precipicios de tantísimo amor.

Así, como un pañuelo de seda, he de volar por los inmarcesibles cielos de tu razón, tras los espejos de tus ojos y por los adentros de tu ser. He de buscar las desolladas hendiduras que ocasionaron los anteriores idilios, he de limpiar los restos de aquellas lágrimas y he de fertilizar tu enorme corazón con las palabras más ricas que jamás puedas soñar.








Me aquejo de ceñirme a este cuerpo


Me aquejo de ceñirme a este cuerpo y, es por ello, por lo que anhelo mis sueños. Así, mi espíritu, como si fuese una corriente, se dispersa a través del aire en forma de amor, consiguiendo alcanzar todas esas extensiones que deseo. Son mis vaporosas fantasías, ligeras ilusiones que resurgen de este corazón humano y que una y otra vez sobrepasan, sin menguar en cariño, los llanos de Cáceres, los arroyos del Salor y de Gribanzos, las Huertas de Magdalena y de Ánimas y, sin llegar a detenerse ni cesar de buscar, recoge los paños de esas dos consteladas cortinas que, desde Trujillo, deletrea mis sentimientos.

Soy un infatigable ruiseñor que revuela, tanto adormilado como despierto, por la diáfana frialdad que nos desmiembra el corazón; este es el único rumbo que venero. Voy hacia allá, a buscar la estrella que adoro, a por sus atrapados relámpagos y por su materializada e infinita flecha.

Mientras tanto, todo este corazón mío se sublima en halagos entre el oxígeno y el nitrógeno que ocupa el cielo, se deshace en etéreas adulaciones y, sin tomar una forma definida, extiende un huracán de amor que deshincha esta alma de poeta. Es esta inextinguible preocupación de que se desintegra mi efímero universo de versos sin lograr el amor de una mujer. Quién decide el sino de florecer en mí, quién me permite sentir su arcoíris, quién, sí, quién me deja cepillar su fino cabello, palpar la cálida sedosidad de su piel, apreciar el inimaginable abismo de sus ojos, la humedad sus labios, de sus hombros y de su vientre de vida; quién personifica su corazón en mi sueño de Amor….

Consumiré hasta la última chispa de mis esperanzas en que haya un día, que nuestros ojos y nuestros labios se estreguen al hechizo del Amor.

¡Qué bien me ha quedado!



¡Qué bien me ha quedado!, dorada y tupidita, y nada de especias, tal como me has aconsejado. La he dejado en la encimera de la cocina, para que se enfríe antes de guardarla en el frigorífico.

Pienso que, aunque sea un tedio la cocina, si la lleva a cabo con imaginación y la compartes como si fuese un juego, es sumamente entretenida, por no decir, ya que hablo de gastronomía, apetitosa o deliciosa. Me fascinaría aderezar tus pucheros, o ataviar la mesa en íntimas veladas. Sacaría cucharadas de vez en cuando, mientras se suaviza el aliño entre borboteos, lo entibiaría con suaves soplos y después te lo ofrecería; para que tus labios aseveraran cuánto he de sazonar tus manjares, cuál es la justa medida de sal.

Una y otra vez adornaría los platos. Un día me serviría de intensas tiras de pimientos rojos asados. Otras noches usaría motivos purpúreos y dulces, higos laminados en forma de corazón para acompañar a unos bistecs de secreto asado. Quizás, un día, me despierte sin apenas ganas y se nos antoje algo ligero, como un braseado de verduras y, en este caso, con qué matiz puedo avivar el plato. Te parece bien una mermelada hecha con nuestras manos, una jalea confitada con el amor de nuestros corazones. Sería placer pichar una patata braseada, untarla un pico en esa dulce jalea de cariño y tender la mano para que la orilla de tu boca accediera a probar mis besos a modo de manjar.


Mi nombre es María




Mi nombre es María y deseo me respondan con la misma seriedad que desearían ser correspondidos.

Quizás pierda nuestro tiempo;

… la gracia irrepetible de la vida.

Acepto, María, que un templo

verdadero acoges en la cabida

de tu pecho, ahí alojas ejemplos

que lastiman, esos que rehúyes;

mas, cuestiono, si tu primera cita

a mí me salpica. No es tormento

lo que yo acarreo, sino es soledad

que enraíza tenaz tan adentro

que pasan los años y presiento,

que se esfuma de este corazón

la ocasión de amar, … verdad

que esto sí es real sufrimiento.

Me gusta el mar, caminar descalza, la diversidad, Nessum Dorma, los animales, la música, el silencio, las personas cultas, educadas, sencillas y sinceras, la verdad, la lealtad, el sol, la luz, el cine clásico, los postres, los abrazos, el día, la vida, el amor, la familia, la risa, lo que no me gusta también lo sé, pero esto lo dejo para otro momento....quiero que este sitio sirva de medio para encontrar el hombre de mi vida, nada más.

Un amor pasado me decía

que en mí oía una caracola

de lejana mar, donde olas

caprichosas su piel lamían.

La arena, descalza, a solas,

tu latido ¡qué Nadie Duerma!,

Nessun Dorma, es fantástico

amor para dama que ensueña

entre tantos trinares mágicos,

recalo el aroma de mil flores

que riman con clara y risueña

luz de esos insondables colores

de tu iris, esas estrellas nuevas

que se aúpan tras tus parpados

abiertos, tan alegres e inocentes,

versos para ojos, de negro azabache

que arresta mi tiempo, mi edad…..

¿esto vale? ¿puede ser una oportunidad?

No perdamos el tiempo, ya tenemos una edad, tampoco las oportunidades, podrían no volver. ¡¡Gracias por leer y suerte!!

GRACIAS A TI, MARÍA….

Ya sabes, o al menos percibes, cómo ama este corazón….

Arden mis ganas de escribir



Arden mis ganas de escribir, una avidez irresistible de expresar pensamientos, un apetito decente, dulce y suave que se derrama sobre las hojas blancas de mi escritorio. Timbran mis latidos y el curso de la sangre fluye tempestuosamente hasta las balsas de papel. Un oasis con aguas de ensueño, que resbala risueña entre los retoños de color que cultivo en los insondables huertos del Corazón o que neciamente alegre desenfrena una duda, como “si has de velar por tu seguridad has de entender que una hermosa rosa puede lastimar que, aunque sus oloroso e ígneos pétalos merezcan respeto su tallo es tan engañoso que logra enojar”.

Mas, persisto en cultivar los huertos del pecho, pues quiero conseguir una rosaleda entibada con el Sol de los versos, abonada el heno húmedo del amanecer otoñal y oreada con una brisa que embelesa, que contiene el murmullo de las ramas y el oleaje del mar, que impele las velas de Sheherezade y mueve las aspas de los molinos de Cervantes. Me empeño como un campesino rústico que remite, con amor, todas sus semillas para la labranza del inabarcable corazón que ha de llenar de color purpura, del añil del lirio, de la encarnada intensidad de la amapola y de la nívea blancura del mirto.

El curso cristalino que desampara un beso que, por las acequias de los labios, baja hasta los prados del corazón. Efímeras gotas de amor que se desbordan de las lagunas de mi corazón y desembocan en la cristalina mar de una vida….