Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Se disipa la niebla y se serena la noche
Se disipa la niebla y se serena la noche, las estrellas quedan comprimidas y la Luna y los luceros menguan hasta refinar al súmmum su radiante belleza. Sobre el horizonte se arbola encarnado plenilunio, mas, carente de calor se apoca en la profunda oscuridad del firmamento. Así, ni cede ni se para, siempre alerta y hambriento, henchido de soledad y, ahora, varado en la apacibilidad de tu formidable cuerpo.
Me creía firme y tenaz, capaz de enamorar con la audacia de un fuego volcánico. Pero, después de este lluvioso fin de semana, se esclarecen los cielos que recubren mi razón y ahora, las flaquezas me achican ante a la entereza de tan magnífica mujer. Nuevamente pienso en la oscuridad de la noche y me ensueño como una nebulosa que intenta cubrir el inabarcable universo de ese gran corazón. Desinflo toda mi sinceridad ante sus ojos, pues es tal la vivacidad que tengo enfrente, que presiento que soy una diminuta estrella en el insondable cosmos que hay tras el iris de tus ojos.
Imploro que el dolor no me devore y que las lágrimas no me ahoguen. Clamo al apetito del amor, a un anhelo infinito y, aun sea inexistente cometa, insisto en reproducir paisajes transcritos en mis versos. Creo, que son estampas de un amor indecible, son tentadores e inquebrantables poemas, que amilanan la deleznable voluntad humana y liberan tibias sensaciones de besos y tropicales emociones al derretirnos con el calor del Amor.
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