Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Soñé que estabas adentro
Soñé que estabas adentro, que tus pies amasan mi cuerpo, mi vida interior. Más bien, me hacías sentir que era una marisma de inabarcables horizontes, una mar que se mantiene con las salinas lágrimas de la dicha; una vereda en la mismísima casualidad, que llega tan lejos y deslumbra tanto, como al hallar el vital oasis de una gran Mujer en medio del vasto desierto de mi vida; una estela en la inalcanzable bóveda del firmamento, un resplandor inagotable en la toga negra que recubre la Luna y hasta allá, estallar sólo para ti, Mujer, un nova súbita que se hincha con el sueños de entregar todo su resplandor para su ser, que irradia como un gran lucero, aun sea una estrella más en el infinito universo que engrandece tu mágico corazón.
Aunque mis ojos se cierren como ventanucos, tan intenso es este sueño que me elevo libre como una cometa sobre un jardín de flores eternas, un vergel de huesos oculto tras el manto de una piel nívea, inmaculada y fina….
Aunque mis ojos se cierren como ventanucos, tan intenso es este sueño que prosigo contigo, María.
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