Feliz Navidad y Próspero 2.020






En él recala el orvallo, 
que humedece la tierra, 
y el halago de la brisa, 
que demuda la espesura 
pardusca y bienoliente 
de los vastos nogales 
y sisea partituras 
en las alta coronas. 



Le embelesa el rocío 
que lentece las piedras 
con afelpadas togas 
de verdosos mugos, 
que enjoya collares 
en débiles telarañas 
y encera las hojas 
y las corolas rojas 
de silvestres rosales. 



Le desgarra el relente 
y curte su aterida piel. 
Es escarcha lactescente 
que enjalbega la dehesa 
y arrice los risueños 
vaivenes del arroyuelo. 



Los infatigables pies 
del humilde pastor 
y las revoltosas cabriolas 
de inquietos corderos, 
endurecen la piel 
de verdes praderas. 
Pastizales encallecidos 
y eras con semblante 
desértico que se irrigan 
con sudor de esfuerzo. 



Un zagal que esquila 
guedejas de alba lana, 
para vestir su cuerpo 
y abrigar los recuerdos 
que llenan su alama. 



Afuera, santo rostro, 
empecinado e infiel 
del puro egoísmo. 
Tras una criatura 
que nació pobre, 
que pidió limosna 
para los mendigos 
y que, siendo rey, 
murió por una ley 
de impostora fe, 
de oscurantismo 
e incultura.

Corregir los colores del amanecer


Gracias madre



Ella puede hacer que los gorriones y las alevillas
se desperdiguen bajo mis endebles rodillas,
… puede encaramar su canto a través del aire
y hacer que las hojas de los árboles bailen
a tenor de la claridad que regala su mejilla.

Ella puede labrar cientos de anillos en la niebla,
… puede hilar vestidos blancos en las níveas
cimas de las montañas y atildar a una princesa,
con el relente y los copos de sus manos siervas.

Ella puede salvar mi dolor con blandura ígnea,
… puede ser párvulo camión de bombero
que sofoca incendio con beso aventurero,
… puede ser afable noche en mi espalda,
que abre la luz y sosiega todo mi miedo.

Ella es misteriosa, pues todo lo puede dar,
incluso abandonar sus recónditos sueños
por enardecer los latidos de sus pequeños.
Ella, puede …, mas sólo vive para amar.

Ella, mi Madre, aun siendo mágica mujer,
… puede sufrir y su mirada entristecer
y puede tener cicatrices que no sanan.
Aun así, me lleva en el abismo de su alma,
en la gruta de sus más inocentes palabras.

Ella, lo es todo para mí, es, en sí, mi mundo.
Así que, me obligo a tallar adamantina
jaula de versos, una bóveda de luz latente,
para desleír en sus finos y amapolados
labios, cada latido cristalino y vagabundo
de este corazón, que se ha elaborado
a partir de un haz de vida en su vientre.