En él recala el orvallo,
que humedece la tierra,
y el halago de la brisa,
que demuda la espesura
pardusca y bienoliente
de los vastos nogales
y sisea partituras
en las alta coronas.
Le embelesa el rocío
que lentece las piedras
con afelpadas togas
de verdosos mugos,
que enjoya collares
en débiles telarañas
y encera las hojas
y las corolas rojas
de silvestres rosales.
Le desgarra el relente
y curte su aterida piel.
Es escarcha lactescente
que enjalbega la dehesa
y arrice los risueños
vaivenes del arroyuelo.
Los infatigables pies
del humilde pastor
y las revoltosas cabriolas
de inquietos corderos,
endurecen la piel
de verdes praderas.
Pastizales encallecidos
y eras con semblante
desértico que se irrigan
con sudor de esfuerzo.
Un zagal que esquila
guedejas de alba lana,
para vestir su cuerpo
y abrigar los recuerdos
que llenan su alama.
Afuera, santo rostro,
empecinado e infiel
del puro egoísmo.
Tras una criatura
que nació pobre,
que pidió limosna
para los mendigos
y que, siendo rey,
murió por una ley
de impostora fe,
de oscurantismo
e incultura.
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