Me encandilan miles de sueños

 



Me encandilan miles de sueños.

Bien al alba, bajo el añil del cielo,

distraído y con gestos halagüeño,

acariciando con un sumiso celo

sus labios, la piel de su cuerpo

y esos hialinos y limpios vellos,

que techan los arrecifes isleños

de sus hilarantes ojazos negros;

o bien al caer la noche, integro

en su lecho, abrigando su cuello,

para percibir su cálido aliento

a jazmín, que redime secretos

ocultos, …, mis jadeante de fuego.



Bien bajo añil de vivo destello,

o bien solo, bajo un firmamento

cuajado estrellas y marfileño

lucero, cierro mis ojos y ruego

habitar su lar; en mis sueños.

Adonde alienado me amartelo

con la deidad de las modelos;

una Diosa entre los hechiceros

devaneos de vulgares diseños.



Así es, nada es real, sino sueño,

que se sucede tan claro y cierto

que lo palpo material, un viento

que me rejuvenece con nuevos

e íntimos poemas, pensamientos….

Huir hacia los sueños, mis sueños,

hasta que me sepulten muerto….


Las nubes plañían abiertamente



Esta madrugada las nubes plañían abiertamente, quizás porque se entusiasmaban con las agradables esencias que emanaban de los pastos recién humedecidos, y ahora, esas mismas nubes, como poderoso trasatlánticos, vagan por los etéreos cielos, logrando orientar los destellos del Sol.

Bien sus inocencias perladas o bien sus cegadores destellos, se condenan por irisar inenarrables visos sobre las alas de las libélulas y las mariposas, sobre los pétalos de las flores e, incluso, con la ayuda del risueño susurro del viento, clausuran adamantinas magias sobre los livianos cabellos, en las lactescentes mejillas y en los iridiscentes ojos de mi Amor.

Los aromas otoñales y los recién acendrados haces del Sol, se arremolinan eufóricos a su alrededor, como inquietos pajarillos que ansían posarse en su escote. Son amartelados colibríes que se desviven por libar la miel lujuriosa e íntima de su pecho y que sólo sueñan con anidar en un rincón de tan vasto corazón.

Son hermosos los vestigios que a diario se revuelcan en mi humilde alma, trazas de ternura que, aunque se suceden volátiles, se embaúlan ígneas dentro de mi corazón.

Qué dicha o, tal vez, desdicha, cuando me desconcierto con el relumbrar del cielo que riela esplendoroso en su turmalina mirada. Ahora, y desde aquí, sin gozar de nido alguno y ni siquiera poseer diminuta guarida en sereno corazón, escribo pompas poéticas que reconfortan mis abatidos latidos; … es la vehemente ficción que uso para trillar las simillas de un amor ficticios y que germinará al instante en el señero corazón que lo irrigue.



Agazapé mi mirada





Agazapé mi mirada, 

encerré mi sentir 

y acallé mi pluma. 



Ya, que me importaba 

vivir, ni siquiera abrí 

la ventana, tan sólo la bruma 

pegajosa de la madrugada. 



Ella, mi Amapola de abril, 

enjauló mi vuelapluma. 



Regresó el cierzo otoñal, 

volvió sin nombre alguno, 

ni un vestigio en los ecos 

de los yertos barruecos. 



Al final, mi sangre paraxismal 

se deshilacho en secos flecos; 

… adiós maldito e inoportuno. 



Ya, para que respiraba, 

sólo por el hecho de vivir, … 

Si sus dulces besos no me perfuman 

y se asola y herrumbra el corral 

de mi pecho; …, para qué seguir. 



Por qué, porque mis versos 

no anidan en regazo alguno….

Adonde


 

Procuro entregar todo de sí,

desde que mis ojos abrí,

pasando por mi íntegro vivir

y hasta que extinga mi sentir;

mas, qué más debo de hacer,

Amor, adónde quiera que estés,

sabe que locamente te querré.



Echo al aire mi modo de escribir

para hallar el calor de una mujer.




Una historia junto al mar





Una historia junto al mar,

enamorado del Sol y las olas, 

de su delgada piel de cristal, 

acariciando las salinas aureolas 

de sus amarteladas mareas. 



La blanca espuma ribetea 

los llameantes atardeceres, 

como si las aguas huyesen 

del frío abismo, se voltean 

aluciando espejos en la arena; 

adonde las gaviotas juegan. 



Ahí, una modelo sarracena, 

una flor de belleza intensa, 

con ojos de trémulas estrellas, 

que se adentran como alfileres 

entre los latidos de mi pecho, 

irradiando noches de desvelos. 



Que lindas huellas, son gemas 

huecas, ámbares llenos de miel. 

Templos disueltos por el suelo, 

con una nitidez que deseo besar 

y en donde he saciar mi sed. 

Son los sensacionales placeres 

que sus embelesadores pies 

labran indelebles de mi ser. 



¡Dios! … me hechizan sus labios, 

sus finos pecados de amapola, 

¿cómo robar besos sin agravios? 

Tal vez, el bramar de la caracola, 

de esa mar adonde ella está sola, 

de ese novelesco e irreal palacio 

que se oculta en una concha. 



Allá, en los amplios océanos 

de su boca, bajo rosados cielos 

palatinos, en inefables fuegos 

de tan hermoso cuerpo, 

naufraga corazón huérfano. 

Sólo con el sublime juego 

de su diáfano piélago, 

renace el divino sosiego de noches de ensueño.
 

Miro un reflejo y me pregunto

 





Miro el reflejo y me pregunto, ¿qué es lo que veo?, … qué soledad. A veces me agobia la necesidad de pensar en mí mismo o, mejor dicho, de dudar de quien soy, …, qué hermoso es el silencio.




Me aferro a las dudas del corazón, por que si las descuido, me pierdo fuera de mí mismo.

Una súplica

 





Te suplico un abrazo,
uno fuerte y duradero,
hasta que los brazos
me duelan y el pecho,
de tanto quererte
y tanto extrañarte,
me asfixie eternamente.

Preciso traducir tu voz,
sentir adorable calor
y trasladar tu esplendor,
a mis imágenes de color
y a mis versos de amor.

Perfumada vigilia




Ya, en el centro comercial, cada uno siguió por un pasillo, él buscaba el papel fotográfico y yo las cintas satinadas y los cartuchos de tinta para la impresora. Ya, con cuantas cosas habíamos pensado y alguna que otra cursilería, como curiosas bisuterías para coser a las telas los lazos, marchamos hacia casa. Pero no sin pasar antes por una perfumería aneja al supermercado.

[Lirios] Mira, ahí podemos comprar el perfume. A ver quién nos atiende, si nos da una ligera idea de las fragancias y nos aconseja bien.

[Digital] A mí no me preguntes…, no tengo ni la más mínima idea de colonias y, aún menos, de las de mujer.

Entramos en la droguería y, enseguida, una atenta vendedora nos saludó, sobresaltando sus formidables ojos y sobrecogiéndonos con su amapolada sonrisa. Al pronto y despaciosamente, se abrió con amable sinceridad.

[Mar Bell] Muy buenísimas tardes -lo pronunció casi deletreando las palabras- Un segundo y enseguida estoy con vosotros.

Sin la más mínima paciencia, comenzamos a probar las muestras de colonias que teníamos al alcance de las manos. Exhibían penetrantes aromas de incontables florecillas y, aunque mi respiración era tranquila, el intenso olor de las primeras ampollas enmascaró el resto de los olores, dificultando la preferencia por uno u otro perfume.

[Mar Bell] Bien, aquí estoy. Decidme, os puedo ayudar o deseáis algo en particular.

[Lirios] Pues sí, por favor, le requiero muchísima ayuda. Ya que necesitamos una naricilla maestra que sienta las venas de las colonias por nosotros. Pues, de verdad, somo bastante parco con los perfumes, por no decir nulo…, gracias. -Usé su misma lentitud al deletrear la palabra “gracias”, añadiendo un gesto con la mano derecha, para que se adelantase entre los estantes de la perfumería-.

[Mar Bell] Vale, … pero no me de las gracias todavía. Cuando logre lo que buscas y siempre que te haya servido de ayuda, sólo entonces, me entusiasmarán tus gracias.

[Mar Bell] Para escoger las muestras necesito que me eches una mano, pues tengo que saber qué interés tienes. Así le orientaré hacia colonias de uso diario o hacia los perfumes específicos. Lo quieres para hacer un regalarlo a una amiga o buscas una colonia que te envuelva en halo de frescura, no se puedes hacer una idea de cuánto cambia la gente con un buen perfume. También tengo fragancias para veladas románticas, son sedoso hilos que allanan los incontables caminos de una relación.

[Lirios] … -durante unos segundos enmudecí, no dejaba de recorrer mis laberínticos adentros y, por ello, perdí la mirada y gesticulé con los labios, necesitaba describir con total claridad la excepcional personalidad de mi Esther- A ver, cómo se lo explico, necesito un aroma único, un perfume similar a los ignotos fermentos que inundan las venas de mi inmejorable Mujer o, al menos, que simule lo mejor posible su linfática fragancia. Así, sus íntimos latidos podrán evidenciar su colosal felicidad, al saltar a flor de piel, y todos se regocijarán con su desmedida sonrisa. No sé si me comprende, el diminuto frasco no puede contener cualquier perfume, sino ha de ser extraordinario, con una mezcla de esencias indivisas, tal como es Ella, como las yemas de un racimo de uvas: “Inexplorada Dulzura Esmeralda”.

[Lirios] ¿Vislumbras mi idea? No quiero la escaramuza de un ilustre perfumista, sino busco una serpiente venenosa que la obnubile con fruta prohibida. Con ese aroma la forzaré al ostracismo, para que renuncie a su sometimiento nupcial y al fin sacie su sed de vivir, paseando el resto de los días conmigo.

[Mar Bell] ¡Uff!, me voy a tener que esforzar para satisfacer a su Hespéride, esa que le ha enamorado con manzanas de oro. Mas, no me rindo, me has dicho que su sangre es de una pureza secreta, desconocida. Pues, tal vez, tenga el plasma azul que exige su Reina, para sus ligeros pies heráldicos y sus uñas de lágrimas, para su seductora voz de alondra y ese espíritu que ahoga su tiempo en el orbe de los versos….

[Lirios] Precisamente, eso es lo que estoy buscando. Un bálsamo que la embelese, con el que perfumar numerosísimas cartas de amor.

Cogió del mostrador unas tiras de prueba, una argolla con un montón de llaves y, sin vacilar, marchó hacia el fondo de la tienda.

[Mar Bell] Sabes, las colonias de ese estante, las que habéis probado, son algo vulgares, son de uso diario. Además, empantanan el ambiente y saturan la nariz; sé que usted quiere colonias selectas, perfumes.

[Mar Bell] La fragancia que buscas debe de oler a dulces brotes de azahar. En su nariz sólo ha de espigar tiernas yemas de vida, esos embriones que cuando los siegues hilen neutra leche azul, para esa alma de párvulo colegio, … para Esther; es el nombre que has dicho antes ¿no?

[Mar Bell] Aquí, en esta vitrina, están las saetas de Cupido, basta con dos lágrimas para que el espíritu se desmaye entre las sábanas, abandonándose en pura balsa de amor. Aquí, tras el cristal, permanecen apagadas, sin llegar a caligrafiar lírica en la piel. Son, tan sólo, esencias crudas que necesitan madrugar por el terso cuerpo de una Mujer. Ahí es adonde se abren, como flores en la primavera.

[Mar Bell] Son febriles aromas de madreselva, que se descuelgan por sedosos cabellos, o nerviosos cordeles, que se escurren por los hombros y los brazos o se aventuran neuróticamente por el cuello y el entreabierto escote del pecho.

Mientras particularizaba las singularidades de los ingrávidos olores, inherentes maravillas capaces de desasir todas las inclinaciones cohibidas en un señero corazón, rebuscaba en el llavero y mascullaba, a la par, y sólo para sí misma y con cierta inquietud, palabras que venían a decir.

[Mar Bell] … no sé si están en esta argolla.

Tras varios intentos y, tal vez, con ciertos momentos de angustia, se calmó al abrir la corredera inferior de la vitrina. En ese preciso instante, al mirarme sonriente y dejar de prestar la debida atención al cerrojo, perdió el equilibrio y poco más, y si no la llego a sujetar por el brazo, se sienta de culo en el suelo.

[Mar Bell] Madre mía, gracias…, mil gracias. Es que, como queremos estar a pedir de boca y, ya ves, así no se puede venir a trabajar. Poco más y desgarro las costuras de la falda.

Intentó retener una risotada involuntaria, pero el impulso del aliento fue tan violento, que venció el sello carmín de sus labios. Al instante, una neblina de gotas de plata voló en ancho relámpago de espuma, era manantial de agua fresca que nacía de su mismísima sonrisa, de su fino rostro de mujer. Irrigó mi cutis y, como si fuese la tierra incultivable y agostada de un baldío, enseguida recobré la vida de pies a cabeza, aclarándose una ardentía de miel en la umbría de mi corazón.

Enseguida, al darse cuenta de que había salpicado, se ruborizó su mejilla

[Mar Bell] ¡Dios!, perdón, disculpa….

Soltó una maraña de perdones y explicaciones, con el propósito dispensar el liviano orvallo de saliva que abrillantó la turbia fuente de mi pecho. Ipso facto y casi histérica, se dio media vuelta y echó a andar, supongo que para buscar pañuelo de papel-

[Mar Bell] En un santiamén te limpio.

[Lirios] No, por favor, espera y cálmese, que la prenda que me has concedido, aunque sea inesperada, la guardo como amable beso. Se lo agradezco, de verdad, pues me siento afortunado, así que no se desconcierte…, ¡vale!

[Lirios] En fin, mi cara no tropieza todos los días con los labios de una mujer. Los alborotados besos de una carcajada o un estornudo, es sensación imborrable y hoy más, pues el hontanar de su alma ha rociado mi abandonada cara.

Mis palabras, como tonificante raíz de jengibre, se apoderaron por su cuerpo y paliaron su inesperado bochorno. Poco a poco, el pasajero desorden de sus ojos pasó y se volvieron a engranar sus destellos de alegría, de amabilidad, sin dejar el más mínimo rastro de la fortuita herida.

Así, totalmente calmada, clavó la mirada, moduló su melodiosa voz y reanudó su convincente venta de perfumes.

[Mar Bell] …, estos son los Best Sellers de prestigiosos perfumistas.

[Mar Bell] Empiezo por este y culmino mis comentarios de amateur con las que mi pirran. -Cogió un frasquito precioso, con un tono limón aún más fino que el amarillo del oro-.

[Mar Bell] Esta ampolla es de Aimé Guerlain, quizás el más romántico de los perfumistas de Francia, es una joya tallada en cristal de Bohemia. Eau de toilette Jicky, es unisex, aunque el aroma, para mí, se inclina hacia las mujeres. Según dicen, evoca al primer amor de la juventud, es humilde rendición hacia una joven inglesa que enamoró Aimé Guerlain. Así, despereza las ganas de pasear con su dama, asociando los parques cuajados de rosas y lirios, las notas sintetizadas de la vainilla, la bergamota y, en el fondo, el heno mojado con las lluvias del verano.

[Mar Bell] Esta otra alhaja, pertenece a Edmond Roudnitska, también francés y, también, es un perfume que nace del amor. Pero, en este caso, no surge del cariño propio, sino de una pasión por encargo y, para mí, no es lo mismo. El corazón de un famoso modisto francés, se consumía en la hoguera del deseo, cautivado por la hermosura de Hélène. Edmond le esculpió la hiperfeminidad con esta oda intemporal, una reliquia que reproduce la sensual cintura de esa mujer. El aroma sintetiza la fragancia olfativa de la ciruela, del jazmín y de la flor de la cananga. Como curiosidad, he de señalar que el frasco fue la inspiración del corsé, en 1.946, por Marcel Rochas.

[Lirios] Todos me parecen fabulosos y, con total sinceridad, me encantan sus despalabradas descripciones…. Pero, preciso embrujar un corazón, busco un ungüento similar al de la arpía Celestina, el que cautivó a Melibea. Me debe de comprender, sé que ya no existen las hechiceras y, por ello estoy aquí, porque busco una vendedora de su talla, una encantadora de mujeres, la zahorí que logre resguardar todo mi lunático amor en su oculto corazón.

[Lirios] Yo, ya ves, sólo sé de letras, me exaspero perfilando sublime armonía con las palabras. Tan sólo eso, versos indelebles de amor, que se graben en su insondable corazón. Romances como los aceites perfumados que ahora me aconseja y aquí, junto a esta vitrina, aun sean fragancias que se evanescen mudas, en verdad, afirmo que disipan vehementes baladas alrededor del cuerpo.

[Lirios] Por cierto, mi nombre es José Antonio. Si no le importa, le tutearé, para amenizar las palabras y, así, hablando con mayor sinceridad, sé que encontrare el perfume que devuelva la sed al corazón que acecho.

[Mar Bell] Yo María, es un nombre muy seco, ¿verdad? y sí, mejor si nos hablamos de tú a tú, de esta forma la timidez no se enreda con absurdas cortesías y la brújula del hechizo que buscas, se orienta mejor hacia el cajón de su pecho, al de Esther.

[Lirios] ¡No!, contemplando tu ajustada falda, tu delineada cadera, el fino rostro que se adentra tras mi brumosa mirada y esos ojos, que reverberan en mi mismísimo corazón y hurtan, sin poderlo evitar, mis más humildes palabras de amor; he de afirmar que orillaré tu lindo nombre en mi sangre. Mas, debes de comprender, que no resbalaré por las rubíes playas de tus labios, pues mi saliva ya se ha rendido a una sola y amapolada Boca.

[Mar Bell] Mis amigos me llaman Mar, o Mar Bell, no tan seco y demasiado corto. Es un seudónimo de artista, pues también presumo de ciertos hobbies…, me gusta cantar y, gracias a ello, he pisado algunos escenarios; … aunque no tantos, como quisiera.

[Mar Bell] En fin, tú, desatado poeta, me exiges un sanalotodo, un linimento con el que ungir la piel de esa Mujer, para sobornar su atención e impedir dolorosos males de corazón. Pues, te manifiesto, con absoluta sinceridad, que no precisas ni elixir, ni crema y ni mejunje alguno; pues los anhelos que han atravesado mi oído son más que suficientes para enamorar.

[Mar Bell] … lo entiendes, verdad. Si esa afortunada Mujer te rechaza, aquí tientes mi rendida playa rubí, para que tu fugaz saliva deleite armoniosos versos.

[Mar Bell] Bueno…, –Un silencio fugaz cruzó la droguería, quizás el mismo ángel que hurtó mis anteriores palabras y que, ahora, al embobarse con la belleza de Mar Bell, regresó con el propósito de apañar su hipnotizante magia–. Sigo con estos perfumados poemas y, como no hay más clientes, me concentraré para descifrar el mejor, el que logrará el embrujo de su corazón.

[Mar Bell] Este, también de Aimé Guerlain, es amor novelado en una diminuta Luna de oro. Un amor imposible, que sólo se recuerda abrazando a la almohada, arrullos o lamentos que se encadenan noche tras noche. Guerlain se inspiró en la heroína de la novela “La Bataille”, en un oficial del ejército británico, Mitsouko; este es el nombre del perfume.

[Mar Bell] La novela es de Claude Farrère. El frasco condensa su historia, es un paraninfo entre los perfumes. Guerlain trabajó hasta la extenuación con musgo de roble, melocotón, bergamota, jazmín…, se considera como el primer perfume afrutado de la historia: chypre avanillado.

[Lirios] Sí, de acuerdo, –miraba de cerca el frasco y los soleados destellos del agua de colonia– estoy disfrutando con los iridiscentes reflejos del vidrio, con tu agradable voz que, aun sin instrumentos, es más penetrante que una canción y con tu sobreabundante hermosura…, es beldad que rebosa por cada poro y que me lleva a dudar de mi lealtad. Pero, Cariño, debo de percibir la ligereza de esos perfumes, sino cómo voy a elegir y, además, dime, entonces para qué has traído las tiras de prueba.

[Mar Bell]¡Sssss!, –siseó, alzando la mano derecha y sellando mis labios con su dedo índice–, me has dicho que buscase un ungüento para hechizar el corazón de una mujer y eso es lo que voy a hacer. Te enseñaré todos, por si te decides por algún perfume que no se ajusta a mi consejo, y te daré a probar los que, a mi juicio, la van a embrujar. –Antes de retirar su largo y fino índice, lo deslizó lentamente hacia la derecha, acariciando mis gruesos labios. Después retiró la mano hacia su boca, besando su yema y atesorando los indicios de mis cálidos labios–. Es un beso robado; un beso que, sin tu consentimiento, te he quitado.

[Mar Bell] Este es, … una joya espiritosa, es de Annick Goutal, una francesa, su nombre es Petite Chérie. Es curiosísimo, la esencia de este perfume sintetiza los recueros con su hija, ella, aún inocente corderillo, se desmadraba jugueteando entre las flores. Se puede decir que es sentimiento y cariño y, piénsalo, no hay mayor amor que el que damos a nuestros hijos. Otra curiosidad de este perfume está en la propia Annick, es una perfumista muy singular, pues no nació al amparo de una familia de perfumistas, sino era una estudiante de música que a los 16 años abandonó los instrumentos y comenzó a manifestar notable capacidad al extraer breves melismas de las flores y las frutas. Se puede decir, que cada frasco contiene una melodía perfectamente interpretada, un pentagrama con todas sus notas musicales.

Retiró con cuidado el tapón y apenas pulverizó perfume en la tira de prueba.

[Mar Bell] Esto no lo debo de hacer, es un perfume carísimo y si el jefe se da cuenta que he abierto un frasco, me pone de patitas en la calle, sin miramiento alguno.

Agitó la tira en el aire y, enseguida, todo el rincón de la perfumería se transformó en un jardín de infancia; donde la transparencia de aire se elevaba como un tiovivo, enardeciendo una algarabía angelical, de niños que se columpian sin la menor prisa. Tendió su finísima mano, para que cogiese la tira y me deleitase con sus inapreciables venas.

[Lirios] ¡Oh!, que beso más delicado. Lo abraza todo, pero de forma tierna, casi sin apretar. Me hace sentir como una avecilla tranquila, que aletea encendida y sin tener en cuenta las horas dedicadas al querer.

[Lirios] Además, me duerme, me hace soñar y logra pausar mi respiración, desatando rostros alegres en los recreos, pero con los brazos abiertos, sin aflicción alguna para jugar con todos.

Me miraba atentamente y sin perder la más mínima palabra que nace de mis labios.

[Mar Bell] Creo, que no somos tan distintos. Te veo sumamente natural y debo de afirmar, que me duele que seas de otra Mujer. Si me abrazaras, si me rodearas con tus brazos y me envolviese como un ramo de flores, me sentiría entregada y hermosa, como una niña amada de forma incomprensible, con una pasión encalabrinada.

[Lirios] ¡Oh! Por qué no te habré conocido antes, tal vez he echado tanto tiempo escribiendo, que he obviado los sueños de innegables divas…. Mas, Mar Bell, ya es tarde, pues los latidos que escuchas son, tan sólo, ecos de un corazón ufano que retoza en el pecho de mi Esther.

[Mar Bell] ¡Ooooh! Viene gente y te tengo que dejar. Te explico este y después, lee la misiva de este último perfume, te va a encantar, y me cuenta por cual te decides.

[Mar Bell] Esta creación, mi preferida, es del perfumista Hubert de Givenchy, se llama L’Interdit y, francamente es, en sí, el amor prohibido. Salvo todo su corazón dentro este diminuto frasco de cien mililitros y, en un gesto de extrema pasión e, insisto, prohibido –palabra que pronunció muy lentamente, para que diese cuenta de su significado–, es la traducción literal de “interdit”, se lo entregó al sueño de su vida: Audrey Hepburn. La perfecta mejilla de esa artista, sus ojos negros, la sencillez de sus labios…, es normal que agonizase en sueños por tan hermosa mujer. Secaría la esencia de sus halagos, sus palabras de amor, hasta enmudecer porque todos sus sentimientos los ha transformado en perfume, para atesorarlo un frasco prohibido.

[Mar Bell] Toma, lee esto, mientras atiendo esos clientes. Aquí te dejo estas tiras de prueba, puedes echar perfume de L’Interdit y de Issey Miyake, sé que te van a encantar. Enseguida vuelvo -lo dijo como cantando y se apresuró a atender a los otros clientes-.

Antes de humedecer las tiras de prueba, leí con minuciosidad la misiva, –Ando buscando algo, es algo que está dentro de ti, algo que creo que es mío y sé que en ti lo he encontrado, es algo por lo que tengo que desvivirme y que nunca has de darme. Siempre viviré separado, aun reconozca, con total certeza, que está ahí, en ti: es tu belleza parasismal–, me quedé absorto con las palabras de la misiva, con su color salmón y sus sutiles filigranas. Pensé, entonces, en guardar esta nota, me la tenía que regalar la vendedora.

Sin más dilación, cogí el frasco de Issey Miyake e impregné unas gotas en la tira de papel. enseguida le di absoluta razón al pequeño mensaje.

[Lirios] Dime ¿Qué opinas?, una dedicatoria con una poesía bien pensada, escrita sobre una fotografía que amansa el alma envilecida y perfumada con gotas de este perfume –Se lo acerqué para que la oliese–. O bien, que no haya ni imagen ni perfume y sólo unos versos bien hilvanados; o bien sin versos ni olores, tan sólo los visos que estremezca su corazón o ni siquiera la unión del verso y la lámina, sino únicamente los tenues suspiros del perfume para su extrema belleza.

[Digital] Sinceramente, este perfume consuma un inusual sentir del corazón. Su frescura verdemar, tanto acuosa como centrina, es la humedad delicada de un relente que se rocía sobre minúsculos brotes de Fresia. Francamente, su aroma desvelará la misteriosa alma de la mujer que lo disfrute. Además, el frasco es muy singular, un cono de vidrio satinado, que se alza como la torre Eiffel y lo corona una Luna romántica, de metal plateado.

[Digital] Vamos a probar ese, a ver cómo huele. Aunque ya estoy saturado, con tantos aromas, que no distingo la suavidad floral de la aspereza del almizcle.

Aspergí unas gotas de L´Interdit y tras mecerlo en el aire me quedé sin habla. Aunque era una fragancia débil, al respirarla, el cuerpo enseguida se despabiló de su apático letargo y se sumí en un magnético mesmerismo, similar al que describió Patrick Süskind, en el libro de El Perfume. Algo invulnerable se adueñó de mi voluntad, la suma de una fuerza y un deseo, un olor que calca el comportamiento de los animales al oler las feromonas.

[Digital]Exquisitos, ya no sé por cuál decidirme. Este perfume se debería prohibir, tal como el nombre dice. No sé cuánto cuestan, pero si me diesen a elegir, sin más remedio me llevaría los dos.

[Lirios] Supongo que sus precios son prohibitivos, que están fuera de nuestro humilde alcance.

[Digital] Bueno, sabiendo que el contenido de las ampollas es de cien mililitros y que una lágrima sólo tiene unos seis microlitros. Si en cada sobre pones una única gota, en total tienes…, un segundo que eche la cuenta con la calculadora del móvil.

[Digital] ¿Microlitro es la milésima parte de un mililitro? ¿No?

[Lirios] Vamos ingeniero, que no se diga. Piensa un poco, anda que si ahora no conoces esos prefijos.

[Digital]…, un momento “pesado”, mili y micro son tres decimales y de seis decimales. Ya lo tengo, dieciséis mil seiscientas sesenta y seis cartas.

[Digital] Pues, si lo gastas con exactitud, no resulta tan caro. Cada frasco te durará unos quince años, en el caso de que consumas tu vida con tres cartas al día; son suficientes dedicaciones ¡no!






La niña sola de la amapola


 

Por favor, dale a tu luz

que quiero dejar de dormir

y ayudarme a mí misma.

Me urge, tu intenso azul

de Sol, lucir tu carisma

en mi descolorida salud.

 

Juro, que giraré hasta abrir

nuevos telones de juventud,

hasta que holgado aneurisma

descoagule toda la esclavitud

que apresa mi nervioso latir.

 

Cariño…, quién lo iba a decir,

tu risueña pronunciación,

ese reclamo es un melisma

que perfila cada expresión.

Siento inmaculada virtud

que aviva mi abúlico corazón.

 

Tal vez, sólo sea un breve albur,

un lance que emboba mi razón.

Mas, agradezco este cisma

en mi lúgubre desavenencia

nupcial. Basta de inocencia,

de llorar reminiscencias

arrinconadas en viejo baúl.

 

Ese vanidoso ya no apolisma

mi idiosincrasia, su ingratitud

la dejo afuera, ni al trasluz

la pongo. Ya, sólo estás Tú;

rima limpia que reverencia

oleaje en mi pecho, marisma

adonde rompe velaje de verso,

bañando mis labios a besos.

Otros derroteros.

 

No, no es que no disfrute de mi tiempo de asueto, más bien, es que me encanta caminar por otros derroteros. Así, a veces, guío mis pasos sobre los tonos chillones de los pétalos y cuando echo un descanso, me siento bajo las sombras de sus enmelados pistilos, adonde me deleito memorizando las esas singulares gamas de colores y me ajumo con sus penetrantes perfumes. En otras ocasiones, como una hormigüela afanosa y diligente, ando sin hacer chasquido alguno, por los angostos túneles del heno húmedo y justo después de las copiosas lluvias de otoño, para guarecerme en los pardos sótanos adonde fermentan los almidones de la avena y el centeno y en donde siempre me alcoholizo con los sueños prohibidos que traslado a mis poemas. O, sin ir más lejos, cuando deambulo por estos aledaños, por esta exuberante era, vuelo como una triunfante alondra, hasta encaramarme en las etéreas lanas que salpican el añil del cielo, para pasar las tardes en los patios del crepúsculo, disfrutando de sus candentes espectáculos, adonde aireo mis coplas bucólicas, versos que al final se disgregan y enmudecen tras las lindes del horizonte.

Laderas de mi Montaña


En todo caso, siempre desgastaba las páginas de los libros que tenía al alcance de mis manos, y no porque me cultivara con sus lecturas, sino porque indagaba y rebuscaba las expresiones que 
sus encantos me reivindicaban. Por supuesto, también me servía de otros bálsamos líricos, como los abundantes tesoros que le brindaba la naturaleza y, así, al caer la tarde perseguía los trinos de las golondrinas en las cuerdas de los tenderos, de las alondras en el cielo añil o de los jilgueros en equilibrio sobre las flores de los cardos borriqueros, pues su acogedor corazón me exigía que anidase sólo en él a esos pequeños pajarillos; o buscaba con meticuloso esmero los cogollos más delicados de los frondosos rosales que alhajaban las riveras del Salor, de los almendros que enjalbegaban las lindes de las parce-las o de los limoneros que empavesaban los jardines con sus aromas pasteleros, pues las tiernas yemas de sus dedos me conminaban a injertar brotes que germinasen en caricias de frescura sobre la alba vaina de su hermoso talle; o recogía con diligente dedicación o, quizás, sobrepasando la divisoria frágil de la locura, los brotes recién abiertos de cientos de florecillas, para hacer gavillas con los cantuesos y las lavandas que revisten los prados, con los hinojos y los poleos que refrigeran las riberas de la charca, pues gozan de tan abundante miel y exhalan tan frescos y suaves perfumes que, además de exaltar a todos los animalillos del parque, me apremiaban a bordar alegres lágrimas de color en su negro y fino cabello, o en sus diminutas y luminosas uñas, o en su elegante y tensado cuello o en sus labrados y altos tobillos. Sí, husmeaba todos los recovecos de mi alrededor, todos los rincones empedrados que delimitan las parcelas y cada hueco de las vetustas encinas. Escarbaba, rastreaba y fisgaba, para afianzar una expresión sobresaliente y una tonalidad que se ahormara perfectamente con el fondo de un preciosísimo Poema; en Ella.

El embrujo de su esplendor, es el que me llevaba a divagar por las llanuras, a dar interminables paseos hasta la ribera del Salor, imbuyéndome en la frondosidad de la pradera, para sacrificar el ente propio de la tierra en la divina alma de mi Montaña. De ahí salían sus textos, de su esplendente naturaleza, del añil palatino de su boca, del verdemar que se orilla en sus labios y de la parda y rasa tierra que reviste todo su cuerpo. Ella, mi Montaña, me empapaba de ideas, me llevaba a recolectar insinuaciones de amor de cada diminuta alusión, de cada una de las sugerencias que le ofrecía la naturaleza.

Adonde se guarece el alma





Adonde se guarece el alma

del domo, tal vez en la calma

modesta de ese fino arroyo.

Adonde se enjuagan esos ojos

que te descubren vergonzosos

sentimientos sobre mi palma

delicada, ... ¿sólo es una foto?.



Cae como una lágrima, y sólo

las comparo con ese frío

delta, que entra en el vacío

desierto de tu revuelta mar.



Cruza esa canal de legañas,

sin velas ni timón, un navío

bucanero que ha de amar

a esos retoños que nadan

en iridiscentes estampas,

a través de tus pestañas.




Una cámara cada mañana,

la frágil nitidez de tu mirada,

que sin los sueños de un hijo

rechina con los latidos rotos.

Mi anciano corazón, que asilo

grande tras este hendido

esternón; aquí, en este abierto

teatro que he descubierto

tantas veces en mis fotos.




Miserable dolor y, sin embargo,

hermoso sentimiento del dardo

díscolo que siempre te disparo.

Violácea rosa que del letargo

sale a merced de un grabado

sencillo, es el embrión del verso

que, como una flor, se abre

de forma inesperada, es el beso

de una estampa que arde

como un poema en mi pecho….

Mandarina




Ya si canta la golondrina, así que me tengo que poner en marcha y no sé por dónde empezar o, mejor dicho, en estos días que corren quizás ni siquiera me dejen empezar.

Tengo que ir al trabajo, para coger la impresora y la cámara del ordenador, también he de traer tres bombonas de butano y después a recluirme delante del ordenador, con un montón de documentación.

Pienso, qué ya que es primavera y podríamos cabalgar por la pradera. Pero qué remedio, tendrá que ser a través de las fotografías. Entonces, me pregunto, de que me valen los descomunales bolos de los Barruecos, …. Claro que sí me sirven, pues sólo necesito el delicado flautín de una alondra para pasear contigo.

Así, en el envés de las rocas y descansando sobre el esponjoso musgo, podremos entresalivar la misma mandarina…, o quizás, si tu piel se constriñe del frío y logramos arrinconar el pudor, nos tumbaríamos a la cara del Sol, sobre una cálida lancha. Donde regocijarme con una sola Flor, esa descuella sobre los demás capullos que se abren nimios en primavera. La más hermosa Yema, la única que se distingue en entre los millares que cuajan el campo…. Manoli, aunque fuese una vulgar abejilla, así de sencilla y nada aerodinámica, me embelesaría libado hasta la última ápice de miel de tus poros…; una sola abeja par tantísima dulzura….

Bueno,… me pongo a trabajar que me aturullo, como un gusano, tras su capullo de seda.

Tu último Amor



La mujer tiene un instinto más sutil para las cosas: 
-Les gusta ser el último amor de un hombre- 
Oscar Wilde 

··· 


No ansío a fosilizarme con la hipnosis 
del impecable talle de un buen escultor. 
Pues, si no viese el inmensurable valor 
que atesoras en tu encofrado corazón, 
se sucedería en mi pecho una necrosis 
por la oclusión de la enlodada sangre, 
que se agostaría seca al no apreciar 
la claridad que dimana de tu alma, 
la calidez de tan laureada mujer. 



Por ello, irrumpo con estos versos 
y revelo que no persevero en ser 
el hombre que codició el querer 
aniñado de aquella primera vez. 
Rompo con los flirteos del verano, 
con los revoloteos de los pájaros 
que aturullaron mi juvenil razón 
y con los frágiles y ciegos espejos, 
adonde rielé mi narciso parecer. 
… me abrumaría en escándalo 
si no loara esa belleza de Mujer 
si mi somnambulismo extrañase 
sus jardines, sus íntimos parajes. 



Deseo que te eleves y aletees 
como la alondra al atardecer. 
Trinado aquellos ensueños, 
esas romazas de desconsuelo 
que me eclipsaron de escalofrío. 
Las alusiones que erizan mi vello 
y que aún se mantiene como vivo 
fuego a la sombra de mi pecho. 



También confieso, que tener 
suerte y ser venturoso cupido, 
no es tesoro que en mi anido, 
ni siquiera es mansa melodía, 
sino fue abrumadora armonía 
que cicatrizo en silencio. 



Aún siento su deleitable vergel, 
el regocijo en su ambarina miel. 
El agrado de su voz y, a la vez, 
la canela de maestra Colmenero. 
Ahora, se endurece como cuero, 
es la connatural metamorfosis 
del caramelo que se cristaliza 
en ámbar, luciendo apoteosis 
y aniquilado todas las inercias 
desaborida que hartan la vida. 



Yo, soy sencillo, o quizás inocente, 
y apenas brillo en esta comedia. 
Agasajo con miajas de cenizas, 
de leves chispas de bienquerer. 
Sí, sé, que así, estoy chapado 
a la antigua, pero enamorado 
lanzo sensibilidad que ruboriza 
y cautiva con párvulas acuarelas 
que se tatúan tras las finas telas 
que engalanan tu hermosura. 



Deseo mendigar los sentimientos 
más ocultos, tu velada ternura. 
Halagarte con tímida caligrafía, 
para exacerbar vibrátil locura 
que transpire levísimas delicias 
por los poros lactescente 
de tu pulida y cálida piel. 



Yo quiero ser el que, en vigila, 
atienda la temible oscuridad 
de cada una de tus noches. 
Bregando primaveral vida 
con leal y humilde pasión. 



No, no me importa que en tu ser 
haya alusiones a otros hombres. 
Pues, aspiro a ser el que deshiele 
tus anhelos, liberando esas ansias 
de alcanzar los Sueños del Amor. 



Es apasionante locura aguada 
en los trazos para tus cartas, 
es sensiblería en forma de poesía 
que se esboza en este corazón, 
para anegar tus ojos en una mar 
de lloros que rompa en la sumisa 
playa de tan deseables párpados. 



Así, a través de trémulas yemas 
te confío mi más íntimo secreto. 
Viviré siendo tu sincero artesano, 
tildando con lágrimas los poemas 

que sacrifican mi apacible dolor. 
Así, inundaré con toda mi alma, 
los insondables pozos de tu corazón; 
… he de ser tu último amor, 
un espíritu verdadero 
y de carácter sincero, 
… deslumbrándome con tu fulgor.

-Gracias-

Divinidad del firmamento profundo



Era asombrosa la maña que se daba a la hora de optar por una u otra prenda. Se me viene a la cabeza la conversación que mantuvo con una dependienta de Zara. Yo estaba tras los expositores de ropa, disimulando mis inamovibles ojos. Recuerdo que la dependienta le insistía en que era un tul demasiado discreto, muy transparente, que tenía un tejido tan liviano y simple que apenas se veía y que difícilmente lo iba a combinas con otras prendas. Por ello, una y otra vez repetía que tenía otros más vistosos y, aun así, mi Montaña, desistía de sus experimentados consejos y, sin dar más explicaciones, al final se llevó el velo que tanto le reprochaba la vendedora. Indescriptible fue la habilidad que tuvo a la hora de seleccionar el liviano pañuelo, pues cuando adornó ese invisible velo con unas diminutas y cristalinas preseas y lo voló sobre su negro cabello y sus albos hombros, la fina gasa se transformó en la hipnotizante estampa de un firmamento estrellado. Después, lo combinó con prendas oscura, una blusa que reflejaba la luz con halos de auroras boreales, una faldita negra aterciopelada y unas medias, también negras, que bajaban serviles estrellas hasta sus golosos pies. Cuando al día siguiente la vi, enloquecí por el standing de lujo que exhibía, iba divina y cuantas personas se cruzaron con Ella se quedaron obnubilados, hasta el punto de perder el sentido de la orientación. La terca dependienta de Zara, cuando la vio por la tarde, no daba crédito al lujoso modelo que había logrado. Sin dilación alguna, le suplicó que la dejase tomar algunas fotografías para enseñárselas a sus clientes. Ella, cuando se colocó para el inesperado e interminable reportaje fotográfico, posó asemejándose a la Diosa de la noche sin Luna, a la Divinidad del firmamento profundo. Sí, su exquisito gusto era laudable, superior a la maestría de las modistas de alta costura, pues con sólo esa gasa vaporosa y unas bisuterías sin apenas valor logró deslumbrar con una oscuridad cuajada en plata, creando desconcertantes pasiones y, en mi caso, enamorándome hasta el punto de rebasar los umbrales de la educación.