Otros derroteros.

 

No, no es que no disfrute de mi tiempo de asueto, más bien, es que me encanta caminar por otros derroteros. Así, a veces, guío mis pasos sobre los tonos chillones de los pétalos y cuando echo un descanso, me siento bajo las sombras de sus enmelados pistilos, adonde me deleito memorizando las esas singulares gamas de colores y me ajumo con sus penetrantes perfumes. En otras ocasiones, como una hormigüela afanosa y diligente, ando sin hacer chasquido alguno, por los angostos túneles del heno húmedo y justo después de las copiosas lluvias de otoño, para guarecerme en los pardos sótanos adonde fermentan los almidones de la avena y el centeno y en donde siempre me alcoholizo con los sueños prohibidos que traslado a mis poemas. O, sin ir más lejos, cuando deambulo por estos aledaños, por esta exuberante era, vuelo como una triunfante alondra, hasta encaramarme en las etéreas lanas que salpican el añil del cielo, para pasar las tardes en los patios del crepúsculo, disfrutando de sus candentes espectáculos, adonde aireo mis coplas bucólicas, versos que al final se disgregan y enmudecen tras las lindes del horizonte.