Hontanar en la ladera madre.




     Acurrucado e inmóvil en el angosto asiento, apenas sacando las cejas por encima del salpicadero, me sentía triunfante y valiente ante la pronta aparición de la Soberana de mi corazón, «antequam veniat Mater Domini mei». Me figuraba interminables veladas tumbados sobre la yerba, disfrutando de las tibias caricias del Sol y de su titilar sobre el trémulo espejo del Salor, más los cegadores destellos en la piel y el negro cabello de mi auténtica Estrella, y, sobre todo, gozando de la golosa miel al ensalivar la suave piel de sus amapolados labios. Además, justo en el instante de ese ensueño, pensé en un futuro venidero, en los que paseábamos cogidos de la mano y compartíamos los chascarrillos que había transcurrido a lo largo de día; como una pareja consumada.

     Esos apasionados pensamientos fluían como los rápidos de un hontanar que acaba de saltar por la ladera madre y es, por ello, por lo que sin más preámbulo tuve que echar mano del bolígrafo y el cuaderno que estaban en la guantera, pues no deseaba que esas abundantes holografías se diluyeran en las mansedumbres de transparentes remansos sin que antes se litografiaran en las retinas de mis ojos. Eran tantas y tan frágiles las imágenes que se me sucedían que, tan pronto se abrían, se velaban en ligeras calimas. Todo este exceso de voluptuosos hologramas, que a modo de negativos se revelaba en etéreos celuloides, se consumía sin llegar a ser impreso en matices de tinta, los tenía que transcribir rápidamente. Pues, sino me daba prisa, no las podría estampar en forma de versos y, además, quedarían sin los añadidos del perfume y la cinta de seda y, por supuesto, olvidadas para siempre en los inalcanzables estratos de mi mente y a las afuera del inmaculado pecho de mi Amada. Por eso, sin más tardanza saqué una amarillenta libreta y, antes de que se desliera sin llegar a mis yemas y que fuesen evanescentes ilusiones en mi imaginación, las atesoré, para que algún día latiesen adentro del empíreo de su pecho.

Caprichosa imagen


Sí, claro, me lo has comentado hace tiempo y, además, vi una fotografía en la que estabas en Castro Urdiales. Una estampa que, sinceramente, daba envidia, las barcas deportivas, el cielo despejado y de un azul intenso que se calcaba en las tranquilas aguas del puerto. Así la sonrisa que tenías; … te hablaría muchísimas más cosas de esa imagen pero….

En cuanto a reconocer las montañas, me inclino a pensar que están alrededor del valle de Potes. Es el perfil de la cima la que me lleva a esa caprichosa imagen que aún conservo en mi cabeza. En algunas ocasiones, en eso parajes de la comarca de Liébana, me he echado la mochila a la espalda, me cubierto la cabeza con un pañuelo y sin tener un rumbo fijo, he comenzado a caminar hacia ninguna parte, recabando recuerdos y disipando las tensiones del año.

Amaneceres polícromos, de valles esmeralda y cortinas encarnadas que se alzan tras las montañas; o librando siestas sobre la hierba, cuando el Sol gana todo su poderío, a la sombra de recios troncos como los que salen en tu fotografía o al caer la noche, cuando el firmamento enmudece la alegría de los alrededores y nos ahogamos en el silencio de las estrellas, añorando la belleza de las constelaciones de Casiopea y la Lira, de la brillante Vega y la magnitud inconcebible de la galaxia de Andrómeda….

Nos ponemos lindos.




Nos ponemos

de lo lindos,

con nada menos

que un opíparo

tazón de ardiente

crema de chocolate

que nos arrebate

el gélido relente.



Más un buñuelo

de los madrileños,

esos crujientes,

que nos llene

bien el vientre



Así pariríamos

coloretes pícaros,

sin nada esfuerzo

un gustillo cardíaco.



O mejor un tente

pie de algo frugal,

pero no elegíaco,

sino bien diferente.



Embeber placeres

cálidos de cristal,

de cárabe natural,

que sean fuentes

con los que libar

amapolados labios.



Ribera de ébano

al Sol, un océano

fino al óleo virgen,

un pellizco enano

de verde orégano

y raspar un diente

hasta el tuétano.



Ensalivo el palatino

templo del corazón,

adonde sólo entra

al azar el destino.

Perdura largo aguijón

en las olas de la lengua,

hasta que salta el amor

en una caricia…

… que aún no imagino.


Buenos días mi Silvia

 


Buenos días, Silvia.

No sé cómo iniciar esta carta, pues aún no soy capaz recrear abiertamente mis sentimientos y, además, anublarías mi felicidad si al leerla me interpretaras mal. En cambio, sí le puedo describir la naturaleza de mi simpatía, declarándole con absoluta sinceridad que no hay hombre más afortunado en el barrio, pues no me es complicado presumir de que tengo una vecina que no sólo es increíblemente educada conmigo y con los vecinos, sino también destaca con el admirable cariño que siempre tiene con los niños y, por supuesto, subrayo las dulcificantes caricias con las que calma a todos los quisquillosos tusos, con la que engolosina a los huidizos misinos y con la que templa a sus fogosos canarios.

Sí, me es sumamente fácil alardear, hasta hago sin la necesidad de inventar, pues disfruto de una vecina que posee una beldad que no sólo abarca todos los sentidos reconocidos, sino vas más allá, hasta extrañas percepciones que exceden los límites de la locura. Así es su coruscante finura, una belleza que incluso mesmeriza los ojos de los invidentes, una lindeza tan rutilante que amilana con facilidad la hermosura de las demás damas, que abate la magia de las posantes rosas y que achica esa trémula gracia que poseen las inquietas mariposas, es más, hasta menoscaba en la sobrehumana magnificencia de nuestra poderosa estrella. Así, también, su fulgente y suave cabello negro, capaz de enloquecer los vientos de Eolo, que seducido se arremolina alrededor de su delirante físico. Así, su enajenante perfume de mujer que, al evanescerse a través de los golosos poros de su tersa piel, agosta los lábiles y perfumados estambres de las flores del jazmín y los pistilos de los jarales. Es más, con esta meditada escritura declaro, sin tener duda alguna, que el suave tacto de su sensible cutis, de sus firmes piernas de modelos, de sus delgados brazos y de su llano vientre, más el paladar de cada bronceada célula que alustra el delgado tegumento de su admirable cuerpo, debe de ser icor de diosa, ambrosía capaza de arrebatar el gobierno que creemos tener de nuestra propia suerte.

Sí, Silvia, desequilibras la mismísima vida, pues con un único y levísimo estímulo de ti, Mujer, me haces perder el sentido de la armonía. Esos es genuina desmesura, la que usted posee. Sí, tan sólo un pulso de su muñeca o de su somera yugular o con un sutil parpadeo de sus insondables ojos…, con eso solamente, no sólo me llevas perder la conciencia, sino también me resignas a una tembladera que ignoro a qué principios de física se debe y que, sin arreglo alguno, no me queda más remedio que intuir que vienen de las inexplicables corrientes metafísicas del amor.

Mas, habiendo elucidad algo de su taumatúrgica e inmarcesible supremacía. Si bien me lo permite, sacaré cuanto tiempo levante a mis aburridos días, con el empeño de dedicarle cientos de risueños elogios, auxiliados con idóneas metáforas y con tornasoladas estampas de auroras, de etéreas mariposas y de primaverales pastizales. Tanto unos como otros, los embastaré con sumo celo para servirlos a sus dulces pies, para encamarlo, a través de tan humildes y lagrimosos tragaluces, en su pletórico pecho.

En cuanto a las desafortunadas menciones que abigarras en tan fantástico poema, me alineo con su parecer y lo admito al pie de la letra; es sabio el consejo de apartarlo para siempre de nuestros días. Por ello, para desechar esos remotos desatinos que hemos sobrellevado; tanto usted, con esa canallada que esa escurridiza larva de mosca le preparó a conciencia, engañándola y fallándola en todas las afirmaciones que prometió en el altar; como yo, con esa nauseabunda farsa que escupió sobre mi curso, embuste que lo en gangrenó desde el preciso instante que rubricó la matrícula.

Le garantizo, que esa despreciable ponzoña ya sólo queda en el basurero, lo deseché en el trascurso de ese curso. Es más, lo metí en un saco de basura, adonde dejé una anotación indeleble, para avisar de que tuviesen muchísimo cuidado, una nota que venía a decir -mugre no apta para reciclar, residuo extremadamente contaminante- Así que, en el concreto momento que dejé el punto final en esta frase, ya no malgastaré más tinta en los despojos de algo que ya no existe ni para usted ni para mí; a excepción de estas aclaraciones.

Me resulta caprichosa la soledad, o quizás hubiera decir curiosa. Desde aquí, Silvia, desde esta cera, le confirmo que sí, que, en no sé cuántas veces, me he quedado embobado con los irreproducibles contoneos de sus caderas y con la agradable caída de su blusa. Al igual que con las nítidas filigranas de su sombra, trazos que danzan grácilmente sobre la enjalbegada pared de su lar. Es soledad hechizante, de una Mujer genial, la que me transporta no sólo durante las entelequias que se redibujan y se desvanecen a lo largo de la noche, sino también cuando mis yemas surcan blancos mares en las hojas del papel.

Recuerdo, y que bien lo recuerdo, una ventura al mediodía. Al azar, tras mi ventana, cuando soñaba despierto en la pleamar de unos versos, un Ángel, mi Silvia, se apresuró a sacar el áurico polvo que dejan tus deseables pies sobre la alfombra de su cristalina berlina. Sentía, de verdad, que la inspiración de mi pecho era más poderosa que la aspiración de la plateada boca que Usted manejaba por debajo de los asientos de su candorosa carriola. Al flexionar sus vidriosas piernas y apoyar sus albas nalgas sobre los talones, exhibiste las satinadas cintas que abrazaban su cintura y el delicado cordoncillo, que se precipitaba como álveo de saliva bajo su ceñido pantalón, entre sus lactescentes nalgas.

Desde aquella mimosa concesión, mi Silvia, le he perseguido con los ojos y le sueño, un tanto loco y desvelado, durante el día, como traspuesto entre lujuriosas pasiones, durante la etérea noche. He de decirle, Cariño, que adoro su soledad, pues así naufrago con usted por islas paradisíacas, por vergeles mentales e idílicos altares de amor…, adonde yacer en el amor.

Ahora, de nuevo, desde esta ventana ligeramente entornada, le besos en versos con asombrosos sentimientos. Poemas que, como humilde siervo, tengo que extender por el suelo, para que sus golosas flores, esas que se entrevén tras el verde arrearte de la cera, sólo descanses sus dulces ternuras en mi corazón. Presiento una cercana realidad que se desadormece en inimaginables sueños y sé que, en breve, saldremos a pasear cogidos de la mano, saciando nuestros deseos y deshelando nuestros cuerpos entre íntimas caricias, como briznas de vapor que se entrelazan en el aire. Sí, Silvia, necesito que mis labios sean las prendas íntimas de su níveo cuerpo de azúcar cande.

Primeros devaneos con mi Silvia.

 



Buenos días, Silvia.

     No sé cómo iniciar esta carta, pues aún no soy capaz recrear abiertamente mis sentimientos y, además, anublarías mi decencia si al hacerlo me mal interpretaras. En cambio, sí le describo la naturaleza de mi simpatía, declarando por todo lo alto que soy el hombre más afortunado del barrio, pues puedo presumir de finísima vecina, imagino que no se incomodará. Así que, si me lo permite, sacaré cuanto tiempo escudriñe de mis días, con el único y agradable empeño de dedicarle cientos de refinados elogios, auxiliados con sus idóneas metáforas y con tornasoladas estampas de auroras, de risueñas mariposas y de praderas primaverales y, tanto unos como otros, los embastaré con sumo celo para servirlos a sus dulces pies, para que su pecho lo herede a través de tan humildes y lagrimosos tragaluces.

     En cuanto a las desafortunadas menciones que abigarras en tan fantástico poema, me alineo con su parecer y lo admito al pie de la letra; es sabio el consejo de apartarlo para siempre de nuestras vidas. Por ello, para desechar esos remotos desatinos que hemos sobrellevado; tanto usted, con esa canallada que esa escurridiza larva de mosca le preparó a conciencia, engañándola y fallándola en todas las afirmaciones que prometió en el altar; como yo, con esa nauseabunda farsa que escupió sobre mi curso, embuste que lo en gangrenó desde el preciso instante que rubricó la matrícula. Le garantizo que esa despreciable ponzoña ya está en el basurero, lo deseché desde el mismo día que terminó el curso. Es más, lo metí en un saco de basura, adonde dejé una anotación indeleble para avisar de que tuviesen muchísimo cuidado, nota que venía a decir -mugre no apta para reciclar, residuo extremadamente contaminante- Así que, en el concreto momento que termine de escribir esta frase, ya no malgastaré más tiempo con los despojos de algo que ya no existe ni para usted ni para mí.

     Me resulta caprichosa la soledad, o quizás debiese decir curiosa. Desde aquí, Silvia, desde esta cera, le confirmo que sí, que, en no sé cuántas veces, me he quedado alelado con las irreproducibles ondulaciones de tus caderas y con las agradables siluetas de tu blusa. Al igual, que con los nítidos contornos que danzaban grácilmente sobre la enjalbegada pared de tu lar. Esa soledad hechizante, de una Mujer genial, me transporta no sólo durante las entelequias que se redibujan y se desvanecen a lo largo de las noches, sino también cuando mis yemas surcan blancos mares en las hojas del papel.

     Recuerdo, y que bien lo recuerdo, una ventura al mediodía. Al azar en mi ventana, cuando soñaba despierto en la pleamar de unos versos, un Ángel, mi Silvia, se apresuró a sacar el áurico polvo que dejan tus deseables pies sobre la alfombra de la negra carroza. Sentía, de verdad, que la inspiración de mi pecho era más poderosa que la absorción de la plateada boca que Ella manejaba por debajo de los asientos de su graciosa carriola. Al flexionar tus piernas de modelos y apoyar tus albas nalgas sobre los talones, exhibiste las satinadas cintas que abrazaban tu cintura y el delicado cordoncillo, que se precipitaba como álveo de saliva bajo tu ceñido pantalón, entre tus lactescentes nalgas.

     Desde aquel mediodía, mi Silvia, te he perseguido con los ojos y te sueño, un tanto loco y desvelado, durante el día, como traspuesto entre lujuriosas pasiones, durante la etérea noche. He de decirte, Silvia, que adoro tu soledad, pues así naufrago contigo en islas paradisíacas, en vergeles mentales, idílicos altares de amor…, en donde hacer el amor.

     Ahora, desde esta ventana ligeramente entornada, he de versar asombrosos sentimientos. Poemas que, como humilde siervo, tengo que extender por el suelo, para que tus golosas flores, esas que se entrevén tras el verde arrearte de tu cera, sólo pisen las ternuras de mi corazón. Presiento una cercana realidad que desadormece nuestros inimaginables sueños y sé que, en breve, saldremos cien-tos o miles de veces a pasear cogidos de la mano, saciando nuestros deseos y devorándonos a besos, como fieras en excitante envites de amor. Necesito, Silvia, que mis labios sean parásitos en tu níveo cuerpo de azúcar cande.


Buscar sus valores.







· [Serrán] Bueno, yo tengo el coche ahí. Ya me contarás si al final dedicas algo de tiempo a la tutoría. En fin, … -Al bajar los pies hasta el sendero que unía la avenida con la calle de atrás, no tuve más remedio que detenerme- Mira, Paco, lo bien que se ve esta avenida. Posee árboles, una calzada de cuatro carriles y amplísimas aceras. Pero, siendo algo crítico, está atestada de coches y el ruido es ensordecedor…. Nos cegamos con la puerta principal del colegio que, en principio, resulta más fácil, pero ya ves, es un follón y un desorden que cuesta resolver, e incluso a veces termina en riñas. En cambio, existen otros caminos, como esta vereda, que pasa desapercibida para la mayoría de los padres, aquí siempre encuentras huecos para aparca y los espacios verdes son más lindos que los de la avenida. Lo entiendes, hay que buscar las rutas correctas, las que nos lleven al inconfundible corazón de nuestros hijos….

· [Serrán] Quizás haya que tantear cientos de opciones, hasta hallar esa singular ruta, tal vez ridícula, que nos conduce de forma segura hasta sus sensibles entrañas. Así podremos llenar sus rincones, aún vacíos e inmaculados, con prolíficas fantasías, para que el día de mañana serán frondosos jardines con recios árboles. Pero, insisto, para logarlo no debemos aturdirnos con las típicas salidas que tenemos al alcance de las manos, con nuestros propios sueños.

Amapola




· [Serrán]
Sólo existe una flor

de encarnado color,

con sublime interior

y mágico resplandor.

Al entonar cuarteto, la miré y sus ojos, al sentirse observados
reverberaron como un espejo acuso.

Versos para ti, Sola,

de mano temblorosa

que hiende preciosas

yemas. Así, silenciosa

saca teñidas areolas

con sangre cariñosa,

para hilvanar la loca

lírica; mi pasión roja

en papel que entola

una floresta celosa

para mi Amapola.

Se lo cantaba justo desde umbral de las lágrimas.
Temblorosas yemas y trémulos ojos.
A la vez que sentía su mano derecha
alrededor de mi cintura.

Una corola nerviosa,

guardería que deshoja

su lisura entre lisonjas

sencillas de fina prosa.

Rima tras rima y verso tras verso,
mi sentir brotaba desde
lo más hondo de mi pecho.
Titubeaba las palabras,
pues la saliva trascendía junto
 con los latidos del corazón.

Maestra, sabes que amo

tu risueña forma se ser,

y no con común querer

sino con un bien sano,

que me exalta ufano

por admirable Mujer.

Sin poderlo remediar,
mis ojos devanaron vidriosos
hilos con el icor de mi corazón.
Débiles sedales de amor,
que disipaban al resbalar por mis mejillas.

No, no busco un ramo,

sino ese par de manos

para atestarlas a besos.

· [Petri]
Déjalo, por favor, aquí, en el colegio no puedo abrirme
a tu poema, no puedo revelarte mi amor, -dijo lagrimeando-

· [Serrán]
Juro, que mis ufanos

dedos teñirán vidriosas

hilas, hasta saltear el Sol

en tu pelo y en tu sedosa

piel, hasta libar carmesíes

labios y cubrir el llano

páramo de tu venero

de vida; ese umbral

que un poeta reescribe

hasta que se agosta libre

por libidinosos deseos.

Pletórico de icor y de álveos que resbalaban
de mis trémulos ojos, hundí mi mirada
en su ebúrneo ajimez.
Dos ventanos atenuados por
humildes párpados y una naricilla
clara, como el maíz, y fruncida por la conmoción
que afloraba de sus propias entrañas.



Álveos de mi Vida.

 



Un bosque de álamos blancos,

has escrito con tu sangre.

Ahora, eres mi templo santo,

mi altar, mi cáliz y mi Madre.



La única que alivia el amargo

desánimo que resurge cuando

deliro en mi aislada cárcel.

-------------------------

Manantial que destella

su Sol en las estrellas.

Mi real Cassiopeia,

tu coruscante esplendor

es de cegadora Reina.

Cuan milagrosa belleza,

que descuella con rigor,

creando incesante temblor

en todas; sí, en todas ellas.

Diosa con poder hacedor,

capaz de titilar con fulgor

puro e inocente de amor,

entre las demás estelas

de la bóveda del creador.



Propalas tu conmovedor

embrujo, malva Doncella,

divina orquídea Cattleya

que coronas el corazón

verdadero del propio edén.

Entre las flores, única Flor

que enloquece al pintor,

pues no hallar destreza

para calcar tu primor;

que enajena al escritor,

pues no idea expresión

que elucide tu inefable

encanto, … albura de argén,

garatusa de piel de satén

y una gracia inenarrable;

que inquieta al escultor,

pues sin la blanda galena

que aureole esa fina sien

sumamente venerable, …,

y agradable y tierna,

se consterna en el dolor,

y que arrodilla, como sierva,

hasta la acendrada

Virgen, para loar tus pies,

y adorar tu gloria; amen.



Tu no hablas, sino versas

como la autora maestra

de la palabra. Sí, alabas

y danzas, Diva de harén

ubicuo, con luz de Mujer

que adoctrinas mi Karma

y descorazonas mi pobre

sufrimiento de hombre;



mi lírico bienquerer.

-------------------------

No son sólo suaves besos.

Amor, Tú me lees y me cantas

las poesías de otros días.



En silencio, te deseo,

como álveo para mi alma,

Tú mantienes con mi vida,

Aun sin palpar mi mejilla.




     No, por favor, no. Tus manos deben de conservar el tacto de la seda y no lo digo para que no hagas nada, sino porque si algún día estoy necesitado de cariño, me gustaría sentir en mis mejillas la excitación del amor, la suave caricia de tu piel, esa terneza que, sin aún palparme, ya exaspera mis nervios….

Albor ¡Cuánto te quiero!

 





Son pasajeros, o efímeros,

los prístinos rayos del día.

Aun así, la cálida alegría

con la que nos despabila

centímetro a centímetro,

es un innegables lucífero

al alba, pura adrenalina

para el corazón, poesía

del vientre virgíneo

de nuestra madre Tierra.



Así, rodeada de flores

de agradables olores

y con unos honores,

no menos encantadores,

de caricias superiores

que culminan en versos

de cálidos labios; besos

de amor, que el dinero

burdo no posee valía

para pagar. Mi María,

mi Montaña dulcinea,

no te haces una idea

de cuánto, Amor, …,

 … cuánto te quiero.


Elogio a Cantabria.

 




Esta tierra que se exilia

tras murallas de montañas,

bajo bóvedas de extrañas

brumas que reconcilian

atardeceres en familia.



Esta tierra, mía, que se lava

con el aliento de Poseidón.

Dios que encoge el corazón,

cuando su tronar hercúleo

echa mantón plúmbeo

a lomos del éter cerúleo.

Glorioso y osado, que escala

los abismos de las montañas,

para irrigar su venoso icor

por todo campo epicúreo;

la linfa inmortal del alma.



Mi tierra, que tras el ángelus

de Santo Toribio de Liébana

se recubre de clámides lívidas.

Oraciones que urden y ahogan

las recias grupas de la juventud.

Una mantilla de lana, una toga

con la que bautizar los collados

en la pila de Fuente De, el Pas,

el Deva, el Asón y el Pisueña

nacen limpios, sin pecados.



Madre, cortinajes en la brisa

de hilarantes ángeles,

que entre lágrimas de risas

irrigan lomas esmeraldas.

Venerables luciérnagas

que danzan sin prisa,

visillos que ensortijan

los aljarafes y fertilizan

con preciadas delicias

esas exuberantes faldas

que se desembarrancan

sobre los barcos pesqueros.



Esta Tierra, ha moldeado

mi forma de ser, helando

mis manos y labrando

un paraninfo de mañas

en mi rostro de mujer.

La gracia de la guadaña,

el donaire del agricultor,

y el abrigo de la jábega,

el embeleso del pescador

cuando arrecia el vendal

de Neptuno en el litoral,

es la zozobra de una mar

que se solivianta en cólera,

azotando los acantilados

con la galerna hiperbórea

que enjalbega los nevados

altozanos de Europa.


Mi Adaegina

         En el Portus Amanum o “Puerto de los Amanos”


de Castrum Vardulies o de “Castro de los Várdulos”.

Castro Urdiales, desde allá, desde los años de antaño

se rememora como un castro de espectáculo,

colmado de gente cultivada, tanto en los cálculos

como en las letras. Necios ellos, pues sonámbulos

y deslumbrados estarán desde ese día de verano,

en el que Elena, natural de un pueblo de secano,

adonde se alzó una chiva en bronce en oráculo

a Adaegina, una divinidad de cuerpo serrano,

paseo por el espigón del puerto. Sí, párvulos

estarán al ver tu genial sonrisa y tus livianos

cabellos y sé que, para fluidificar los coágulos

de sus corazones, te habrán cedido las manos

para que te deleites bajo el manto

de las estrellas del palacio de Ocharan.

En sus elegantes aposentos desearán

que duermas, Elena, para afanar

tu finura de Adaegina, tus lozanos

encantos de Mujer….

Cocinando semillas

 


[...]

*[Cocinera] No se moleste, usted haga sus tareas y, entre tanto, yo le preparo los desayunos.

*[Serrán] Si no es molestia alguna. Es más, me entretiene, y no es sólo por hacer el desayuno, sino también conversar con usted. Así aprendo de todas sus experiencias, tanto en la cocina con en la mismísima vida.

     Hubo un instante de silencio, durante el cual no sé si me había escuchado o estaba aliñando oportunas palabras. Entró en la cámara de conservación y, entre tanto yo de brazos cruzados, salió enseguida con unas ñoras secas y un par de tomates maduros.

*[Serrán] Por favor, dígame dónde están las vajillas del desayuno. Así, de brazos cruzados estoy sufriendo.

*[Cocinera] -Sonrió, al verme que estaba como un pasmarote esperando a hacer algo- En esa alacena, en la pequeña que está en rincón.

     Aunque dijese pequeña, para nada le pegaba ese adjetivo, pues era un buen mueble de cristal con cuatro enormes cajones y varias estanterías con diferentes vajillas de desayuno. Tan sólo se podía atribuir que era pequeña, si se comparaba con los demás muebles de cocina.

*[Cocinera] Mi experiencia en la vida, ¡qué bien ha sonado! No sólo el imparable tiempo otorga veteranía a una persona, sino también hay que valerse de buenas especias. El mejor de todos los adobos que una buena madre puede emplear, es el aderezo que sale de su propio corazón.

*[Cocinera] Es la única forma de alimentar bien a los demás, fortalecerlos con felicidad y, por supuesto, para que esa sustancia, tan necesaria en el día a día, sea de la mejor calidad, debe de ser servida con la máxima alegría.

*[Serrán] Así que su secreto culinario no se debe a ningún condimento en concreto. -Decía mientras disfrutaba con los minuciosos detalles que tenían vajillas de desayuno de los estantes- Entonces, la mejor especia que usa en sus platos, la cultiva en su propio pecho y la sirve, sin más, a los demás, para que trasluzcan vitalidad e ilusión por todo su cuerpo.

     Todas las piezas eran de cerámica muy fina, con sellos en la parte inferior que daban fe de su calidad. Las asas de las tacitas del té y el café, para las pastas del mediodía, tenían un pequeño bucle en el asa, como el sarmiento de una parra, y el pie terminaba en una pequeña campana que ajustaba como un labio a los platos. Estos, los platos de las distintas tazas no eran perfectamente circulares, sin eran blanquísimas hojas, con varios nervios que se extendían radialmente y finalizaban en el canto de le plato con una peculiar doblez.

     La tetera, para el agua caliente, la lechera y la cafetera, eran similares entre ellas, tan sólo se diferenciaban por los tamaños. Las tapas, ligeramente curvadas y terminaban en un asa con la forma del símbolo de picas, del palo de la baraja de cartas francesas, pero con un color tan blanco como la nieve. La pieza más linda era la del té, era más pequeña y el caño se levantaba con los mismos alaveos que cuello de un cisne, algo más grueso en la base y más delicado en el extremo del caño. Éste, el borde del caño terminaba con un singular grosor, como si fuese el diminuto labio de un pez, y con acabado dorado.

      Las bandejas, para las pastas y los dulces, los platos para las tostadas y las fuentes para otras viandas, era similares a los platos de las tazas, pero más grandes y entreverando nervios más finos, como fibras pilosas que arrancan en los nervios principales.

     Todos los cubiertos tenían grabados un sello de autenticidad. Poseían un lustre tan despejado, que lo podías usar como espejos. Los extremos de los mangos tenían una forma similar a la de asa de la tapa de la tetera, el símbolo de picas. Después, todo al alrededor de los mangos, un par líneas doradas muy finas.

*[Serrán] Continuando con las especias de la felicidad, esas que cultiva con esmero en su pecho. En mi modesto parecer, las semillas que usted emplea para repoblar su pecho con lozanos prados de júbilo se deberían divulgar por todos los rincones de este mundo y, como si fuesen vasos de leche, se deberían servir desde párvulo, para que toda la gente creciese en una vida que fuese constante carnaval.

*[Cocinera] Pero si esa semilla está al alcance de cualquiera, es muy fácil de encontrar. Tan sólo tienes que creer en sí mismo, en la capacidad de soñar y así, le aseguro que, aunque nunca haya visitado ese lugar de ensueño o, aún peor, aunque no haya encontrado esa media naranja que dulcemente le ama, será capaz de describir aquel lugar con más detalles que si allí hubiese vivido o amar con más ternura que si hubiese vivido felizmente con una mujer.

*[Cocinera] Sí, sólo tienes que recolectar, dentro de ti mismo, la simiente del amor. Así, esas almendras se abrirán en hermosas flores que darán tiernos y dulces frutos….


[...]

Perdón desesperado


 

Ese hábil disparo,

al dejarte a un lado,

me ha desangrado.



Desde el Sol más claro

a un latido envenenado;

fui con tu amor avaro.



Suplico perdón desesperado,

pues me urge ese amparo

de jardín, sino te habré fallado.

Perdón




     ¡Perdón! Pero…, por qué, Mujer.

     Que palabra más hermosa y, a la vez, complicada. Es un término tan peliagudo que me llevas a este apuro de preguntarte un por qué.

     El perdón, o decir perdóname, es como comenzar a darse cuenta de que se ha hecho daño y que, en el fondo, dentro de uno mismo, hay algo puro que incluso se llega a palpar y se siente crecer, como una migaja de pan blanco y blando que se hornea lentamente.

     Diría que es el vocablo que da más valor a una persona, bien sea Mujer, hombre y, por supuesto, hasta en los niños y los ancianos. Por ejemplo, en muy pocas ocasiones, bien mi José con conmigo o bien yo con él, hemos inclinado la mirada, sintiendo que hemos hecho un insignificante daño, lo hemos resuelto con perdón y, al momento, esa poderosa palabra a desencadenado el gesto de un enorme abrazo.

     Sí, una expresión sumamente inteligente, que justo al salir te lleva a arrugar la frente, como un sensible amargor que quieres sacar de dentro, y si enseguida se conmuta con una sencilla disculpa, termina esculpiéndose en el interior de tal forma que esa ternura, aunque no sea visible, jamás se olvida.

     Pero, que pocas veces se debe de usar y, si acaso se utiliza, que sólo por sucesos triviales, como cuando le viertes un vaso a alguien; sólo por eso nimios percances que un día provocarán la risa. Sí, jamás, reitero, jamás debe de haber razones más profundas para pedir perdón por, de esas que constriñen el corazón. Al cónyuge, a la familia, a los amigos o absolutamente nadie, hay que dar mayores motivos, la conciencia con ellos siempre debe de estar tranquila…, se les debe de amar con locura y cuanto más mejor.

     Así que, dime, Elena. Por qué pides perdón…. ¡Claro que sí, siempre perdonada y cuantas veces quieras!, con un enorme y larguísimo abrazo…

Rescoldos ígneos

 



Desnuda va la sangre por mis venas,

encarnada como un rescoldo ígneo,

vulnerando los pellejos, que de pena

se curten por guarecer a un flamígero

desamparado. Este tórax lo condena

a acallar sus latidos, tan sólo el sueño

manuscrito con iridiscentes fuegos

escapa en la caligrafía de apolíneo

sentir; para esas hermosas sirenas

que sólo se arroban por hercúleos

torsos labrados a yunque y hierro.



Es la sinrazón de la materia gris,

ensimismarse hasta que el desliz

del enlace que rompe tras vítreos

ojos faltos de ternura. ¡Oh!, abril

de vida, ese vientre de los nuevos

párvulos, que hasta los vientos

agotarán por correr en el jardín

de la infancia…. Aun así,

alterando los impulsos del pecho,

no sólo en versos, sino en gestos,

en alegres verbos y en conciertos

de besos y caricias, en una y mil

noches alcoba mágica, en elíseo

donde vibran lágrimas de deseos.

Se abren los poros en las yemas

 



Se abren poros en las yemas

y esta noria comienza a girar

en su recargado pecho. Sí, delira

tinta en hontanares de poemas,

hasta quedar exangüe de vida.



Ayer tarde, susurro de brisa,

una veta de sencillez en gemas

de mármol que brilla de sonrisa.

Andaba deprisa, … una cena ligera

y a salvar el umbral de otro día.



Molly, su nueva y traviesa perrita,

tan dócil como el latido del corazón,

se echaba a sus pies por una caricia.



Y aquí adentro, en este obeso rincón,

alzo cangilones de sangre a una diva

que me diluye en versos hasta nueva ocasión

Párrafos ahogados dentro de mí






¡Oh!, tus ojos, niño,

esos hialinos y finos

relejes que hiende

mi vulgar camino.



En la encalada pared

se disimulada mi piel

y entre mis macetas

de toronjil y menta,

mis rendidos pies.

Se desconciertan

las afanosas abejas,

con la amarga miel

y la acidulada jalea

de mi áspera pareja,

y se irritan las avispas

con las febriles chispas

de sus prontas peleas.



Esa presta y formal

mirada, señor, adula

mi cuerpo, mi cintura,

mis pechos y mis piernas.

Mas, mi descasada figura

se zarpea junto al brocal

inaccesible de yermas

y lóbregas pozas de sal.



No, no me ofenden

tus pupilas de felino,

pues yo las imagino

como cuando enciendes

un cadalso a la muerte,

adonde se logra vencer

el inflexible destino

de ínfulas altilocuente.

Ahora soy consciente

de que esa serpiente

siempre me miente

con lamento viperino.

Es un vil delincuente

que vive indiferente

lucrándose gente.



Con un filtro dañino

me anubló la razón.

Me lo dio lentamente

y, así, ida tras el fino

velo de blanco hilo,

y aturdida delante

de un signo maligno

contraje este castigo

del matrimonio.



Surgen estas lágrimas

tras entreverados versos,

que tan sólo atienden

a la lírica sierva y mágica

que corusca en su corazón.

Se despuebla las páginas

de este agostado rincón

que hospeda desgracia,

ansío que mi pasión

desuelle esta condición

ungida ante el altar.

De nuevo pido amar,

lo clamo con párpado

anegados en lástima.



Le requiero esa calima

que surge tras un beso,

la alianza del relámpago

que me ciega sus prestos

labios; el verdadero amor



Le cedo mi llano sentir,

para que con una sutil

alianza case los párrafos

ahogados dentro de mí.

Segregar ambarina miel

 



Amor, hemos de dejar que el amor

nos acepte con su entrañable calor,

que nos acoja junto al leve clamor

de los jadeos que avienen a la menor

caricia de mis temblorosos labios,

de mis manos y que, en un adagio,

mutila la recia alma a un espacio

de gestos cifrados por tu interior.



Acaso, vicio por la sedosa y calada

prenda que enmudece mi habla,

por el velo de vaho, que no es nada

y, sin embargo, alienta con vigor

este falo que oscila en tu entraña

y que hurga ocioso por la extraña

fontana de la alegría y el dolor,

de la vida y el latido del corazón.



Fantasía, por la untuosa ambarina

miel que eyacula tu boca femenina.

Libar esos labios menores y apretar

el piñón rubí, que te hace arquear

como bóveda convulsa, y paladear

ese cubil reservado a mis sueños,

a esta sierpe que ensaliva versos

de vidrio, sinuosas sílabas y rimas,

y que emplea, desde el primer beso

de amor al último latido..., de amor.




Ensombrecimiento



    ¡Ah!, a propósito. Ahora, detrás del coche, cuando bajabas el portón, sabes que sudaba y me atenazaba cierto recelo, pues los tonos de las luces de posición jugueteaban sobre la soledad de ese par de níveos alcores, que se alzan impecables en tu cuerpo y me dedican reflejos de color rosa. Así, como te cuento, Ana, esas sonrosadas pinceladas en tu ceñida camiseta de algodón, que se asemejan a finísimos pétalos de amapolas, junto con los ricos alabeos de tus hermosísimos senos, se adentraban por mis ojos y me derretían en silencio, como si me sofocara con una calorina estival. Ana, agradezco infinitamente tu alud de belleza, tu esplendor que me sobresee de cualquier ensombrecimiento que pudiese apocar mi alma.

Atajo de ansias por vivir




Parte ya, mi amor, a repartir

mi tenaz deseo, a pronunciar

cuanto acaramelado almíbar

precisa un corazón para latir.



Necesitas desceñir el alamar

que enlaza el pecho al sinvivir

de un deshonroso porvenir,

rehabilitar su estilo de amar.



No erres en tu nítido escribir,

las debes tildar con fontanar

de joviales lágrimas y trazar

un atajo de ansias por vivir.