Esta tierra que se exilia
tras murallas de montañas,
bajo bóvedas de extrañas
brumas que reconcilian
atardeceres en familia.
Esta tierra, mía, que se lava
con el aliento de Poseidón.
Dios que encoge el corazón,
cuando su tronar hercúleo
echa mantón plúmbeo
a lomos del éter cerúleo.
Glorioso y osado, que escala
los abismos de las montañas,
para irrigar su venoso icor
por todo campo epicúreo;
la linfa inmortal del alma.
Mi tierra, que tras el ángelus
de Santo Toribio de Liébana
se recubre de clámides lívidas.
Oraciones que urden y ahogan
las recias grupas de la juventud.
Una mantilla de lana, una toga
con la que bautizar los collados
en la pila de Fuente De, el Pas,
el Deva, el Asón y el Pisueña
nacen limpios, sin pecados.
Madre, cortinajes en la brisa
de hilarantes ángeles,
que entre lágrimas de risas
irrigan lomas esmeraldas.
Venerables luciérnagas
que danzan sin prisa,
visillos que ensortijan
los aljarafes y fertilizan
con preciadas delicias
esas exuberantes faldas
que se desembarrancan
sobre los barcos pesqueros.
Esta Tierra, ha moldeado
mi forma de ser, helando
mis manos y labrando
un paraninfo de mañas
en mi rostro de mujer.
La gracia de la guadaña,
el donaire del agricultor,
y el abrigo de la jábega,
el embeleso del pescador
cuando arrecia el vendal
de Neptuno en el litoral,
es la zozobra de una mar
que se solivianta en cólera,
azotando los acantilados
con la galerna hiperbórea
que enjalbega los nevados
altozanos de Europa.
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