Álveos de mi Vida.

 



Un bosque de álamos blancos,

has escrito con tu sangre.

Ahora, eres mi templo santo,

mi altar, mi cáliz y mi Madre.



La única que alivia el amargo

desánimo que resurge cuando

deliro en mi aislada cárcel.

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Manantial que destella

su Sol en las estrellas.

Mi real Cassiopeia,

tu coruscante esplendor

es de cegadora Reina.

Cuan milagrosa belleza,

que descuella con rigor,

creando incesante temblor

en todas; sí, en todas ellas.

Diosa con poder hacedor,

capaz de titilar con fulgor

puro e inocente de amor,

entre las demás estelas

de la bóveda del creador.



Propalas tu conmovedor

embrujo, malva Doncella,

divina orquídea Cattleya

que coronas el corazón

verdadero del propio edén.

Entre las flores, única Flor

que enloquece al pintor,

pues no hallar destreza

para calcar tu primor;

que enajena al escritor,

pues no idea expresión

que elucide tu inefable

encanto, … albura de argén,

garatusa de piel de satén

y una gracia inenarrable;

que inquieta al escultor,

pues sin la blanda galena

que aureole esa fina sien

sumamente venerable, …,

y agradable y tierna,

se consterna en el dolor,

y que arrodilla, como sierva,

hasta la acendrada

Virgen, para loar tus pies,

y adorar tu gloria; amen.



Tu no hablas, sino versas

como la autora maestra

de la palabra. Sí, alabas

y danzas, Diva de harén

ubicuo, con luz de Mujer

que adoctrinas mi Karma

y descorazonas mi pobre

sufrimiento de hombre;



mi lírico bienquerer.

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No son sólo suaves besos.

Amor, Tú me lees y me cantas

las poesías de otros días.



En silencio, te deseo,

como álveo para mi alma,

Tú mantienes con mi vida,

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