Es espantable esa testaruda rutina
que fosiliza las pupilas de los ojos
en mármoles que se empalidecen,
en mohosos alabastros que ofuscan
y atrofian los pasajes de la vida.
Es obvio tanto rehuir que chamusca
el aliento al coexistir como despojo
en un voto esposo que se enquista.
Si no rutila el ánimo en la vista
y el ameno musgo no reverdece,
un fatal coágulo frenará el pulso
y la monotonía asfixiará la tímida
relación; el amor queda insulso.
Mantener el hormigueo del amor
toda su fluidez, éste se desentumece
con aurora hechicera, con mediodía
de tímidos besos y llanas caricias.
Al volver, al atardecer y al dormir,
o cada vez que nos inste ese calor.
No premeditar un único momento,
sino emanar efímeros sentimientos,
superflua flor recogida dondequiera,
porque inmarcesible es esta codicia
del pecho que, como un vital aliento,
siempre abarca todos mis adentro.
Sí, azacanarse para lograr el halago
que declare con tildado conocimiento,
cuan inefable llega a ser mi avaricia.
Tal es mi veneración, que naufrago
en tenaz e inconmensurable vesania
de amor, en éter de vasto corazón.
¿Un beso?, quizás no merezca ese don.
Pero así, en un tris y sin venir a cuento
me fundiría entre millares de caricias.
-·-
¿Una risa?, quizás no atine en tu razón.
Mas, reiré si recabar suficiente el aliento,
la hilaridad dará un hontanar de miel,
un bálsamo o una ría de luz a tu mejilla.
-·-
¿El Amor? … paladear tan sedosa piel.
No obstante, al desleír por todo tu cuerpo
garabateos de lírica con acervo de saliva,
al libar tu diáfano vello y ver que el laurel
de tu ser es el exilio de los ángeles del cielo;
delataría mi celo, mi locura de ensueño,
en la incurable fe de ser tu noche y tu día
o en la angustia desmesurada si no puedo,
o si he de estar ocluido, en remordimientos
de ser señero espíritu que va sin amor.














