Espíritu que va sin amor







Es espantable esa testaruda rutina

que fosiliza las pupilas de los ojos

en mármoles que se empalidecen,

en mohosos alabastros que ofuscan

y atrofian los pasajes de la vida.



Es obvio tanto rehuir que chamusca

el aliento al coexistir como despojo

en un voto esposo que se enquista.



Si no rutila el ánimo en la vista

y el ameno musgo no reverdece,

un fatal coágulo frenará el pulso

y la monotonía asfixiará la tímida

relación; el amor queda insulso.



Mantener el hormigueo del amor

toda su fluidez, éste se desentumece

con aurora hechicera, con mediodía

de tímidos besos y llanas caricias.

Al volver, al atardecer y al dormir,

o cada vez que nos inste ese calor.



No premeditar un único momento,

sino emanar efímeros sentimientos,

superflua flor recogida dondequiera,

porque inmarcesible es esta codicia

del pecho que, como un vital aliento,

siempre abarca todos mis adentro.



Sí, azacanarse para lograr el halago

que declare con tildado conocimiento,

cuan inefable llega a ser mi avaricia.

Tal es mi veneración, que naufrago

en tenaz e inconmensurable vesania

de amor, en éter de vasto corazón.



¿Un beso?, quizás no merezca ese don.

Pero así, en un tris y sin venir a cuento

me fundiría entre millares de caricias.

-·-

¿Una risa?, quizás no atine en tu razón.

Mas, reiré si recabar suficiente el aliento,

la hilaridad dará un hontanar de miel,

un bálsamo o una ría de luz a tu mejilla.

-·-

¿El Amor? … paladear tan sedosa piel.

No obstante, al desleír por todo tu cuerpo

garabateos de lírica con acervo de saliva,

al libar tu diáfano vello y ver que el laurel

de tu ser es el exilio de los ángeles del cielo;

delataría mi celo, mi locura de ensueño,

en la incurable fe de ser tu noche y tu día

o en la angustia desmesurada si no puedo,

o si he de estar ocluido, en remordimientos

de ser señero espíritu que va sin amor.

Demasiado sensible






Te angustias, entras en pánico, estás en crisis

cada vez que piensas con el corazón.

No puedes ni hablar,

es demasiado fuerte y da miedo.

Solitario en tu mundo, le cantas a las estrellas.

Sientes a nuestra madre que gime agotada

y que no puede callar más.

Sientes el dolor de una bomba

El tic-tac por debajo

Los poderosos nos llevan a la tumba

y se burlan de nuestro destino

Me gustaría decirles que este mundo

lívido algún día despertará

Pero tengo miedo... pende de un hilo...

igual que tú -Isabelle Geffroy-

tengo miedo ¡No te preocupes!

ella se salvará.

Isabelle, eres demasiado sensible.


¡Eres demasiado sensible!

Los demás no lo ven

¡Demasiado sensible! lo sé

Eso, casi me mata a mí también.

¡Eres demasiado sensible!

Los demás no lo ven

¡Demasiado sensible! lo sé

Eso, casi me mata a mí también.

Con tu carita de ángel

nos hacen máscaras de colores.

Toda la gente se cree inocente,

mientras, tú viajas por la oscuridad.

Con tu carita de ángel

les dejas creer y sólo aparentas...

que en tu cabeza hay flores, sonrisas y azúcares de vainilla.

Siento tu dolor, lo veo..., lo escucho.

Estás furiosa y decepcionada; es normal,

pero no es el único camino.

Te toca expresar belleza, iluminar tus ojos.

Nada brilla a tu alrededor,

te toca ser fuerte e iluminarlo todo.

Estás en un mundo lleno de fantasmas que te harán tropezar.

Busca en tu corazón angelical,

los humanos son más bellos de lo que parecen.

No dejes que la ignorancia te engañe,

no creas sus mentiras.

Ellos te dan lo que pueden, lo que tienen...

Dentro de ti hay mucho más

sé que todo no lo has enseñado.

¡Eres demasiado sensible!

Los demás no lo ven

¡Demasiado sensible! lo sé

Eso, casi me mata a mí también.

¡Eres demasiado sensible!

Los demás no lo ven

¡Demasiado sensible! lo sé

Eso, casi me mata a mí también.






¡¡¡¡Más fuerte!!!!

¡¡¡¡Con el corazón!!!!

¡¡¡¡Con el alma!!!!

¡¡¡¡Canten!!!!   ¡¡¡¡Canten!!!!







¡Eres demasiado sensible!

Los demás no lo ven

¡Demasiado sensible! lo sé

Eso, casi me mata a mí también.

Es la historia de un amor


The Moon says hello




Señora, he estado soñando con el pasado
Cuando las cosas pasaban demasiado rápido para mí
Supongo que sabái que no podría durar
Últimamente, he estado ocultándome bajo tierra
Supongo que todo se volvió demasiado para mí

Ahora necesito ser encontrado
Pero hay momentos en los que te veo marchar
Y las heridas empiezan a arder

Pero entonces la luna viene a decir hola
Y la lluvia se convierte en nieve
Así que di hola

¿Sabes si te veré de nuevo?
Oh, ¿sabes si te encontraré de nuevo?
¿Sabes si te encontraré de nuevo?
¿Te veré de nuevo?

Pero hay momentos en los que te veo marchar
Y las heridas empiezan a arder
Pero entonces la luna viene a decir hola
Y la lluvia se convierte en nieve
Oh, di hola

¿Sabes si te veré de nuevo?
Oh, ¿sabes si te encontraré de nuevo?
¿Sabes si te encontraré de nuevo?
¿Te veré de nuevo?

Oh, ¿sabes si te veré de nuevo?
¿Sabes si te encontraré de nuevo?
¿Sabes si te veré de nuevo?
Oh, ¿Sabes si te encontraré de nuevo?

Insensato refugio de mi corazón de niño


Sé que todos nos desvelamos algún día, que más tarde que temprano la vida nos abre los ojos y nos hace madurar repentinamente. Lo que no entiendo es porque esa vigilia ha de acontecer en la etapa de la niñez o de la adolescencia y porque, aun cuando no se llegue a comprender, se ha de llorar inmerecidamente. No, nunca podré asimilar la razón de que a esa hora temprana se nos expulse de esa gloria de Nunca Jamás.

Dios, me urge que tú me lo aclares. El porqué de esa voluntad tuya, el motivo de poner todo tu empeño en esa casual e indiscriminante enfermedad que marchita la vitalidad uno de tus pequeños, o el porqué de que tu desees ese irracional sufrimiento y de que esta insensatez tuya se cebe con tesón con el recreo de una de tus criaturas. Es, en este preciso instante, cuando rebusco la causa de esa sinrazón y es, también, cuando más aprecio el dulce alcance de la inocencia y es, además y de verdad, cuando me doy cuenta del enorme valor de tan divino tesoro.

Tú, Altísimo, no tienes derecho alguno, la cerradura de la infancia ha de proseguir su curso natural e inviolable, su álveo de hontanar puro. Mas tú, sin más dilación, quebrantas sus inmaculados corazones y sin que hayan adquirido la adecuada habilidad los precipitas hacia los abismos del juicio, con una prontitud que les desbordada al recibir un castigo inicuo. Es entonces cuando surge la pérdida de su candor, cuando en la acendrada pureza de la niñez se desentraña una tristeza más que insoportable. Por qué, porque lo consientes.

Marcas a un querubín mucho antes de lo previsto, … le produces una dolencia insanable y le concibe un nuevo e inevitable sino; un compromiso con ese trace de la vida; o bien, le dispones una obligada orfandad, … dictas que ese inmaculado ha de afrontar una bárbara responsabilidad, tanta que lo aturdes con la amargura; es un pequeño al cual obligas a ser mayor.

Dios, es entonces cuando esa velada cortina que tú interpone entre la sensatez y la candidez se atenúa prontamente, cuando ese visillo, que habitualmente no se despliega, cede para vislumbrar una cordura advenediza que corresponde a una edad que no es la suya.

Incluso polemizo en el caso de un hombre ordinario, sano e inocente, que sólo infiere lo habitual. El porqué le urdes una celada y, sin la posibilidad de defenderse, le carcome hasta la médula de sus huesos. Cuestiono la causa del porqué te ensaña con él, con tu tridente dedo de diablo.

Yo, ahora, con la menudencia del poder que me concedes, enhebro locas trampas en forma de palabras. Sí, rifirrafes infantiles para licenciar este corazón en ese planeta incólume donde viven los niños. Lo haré todas las mañanas, generaré tildes incensurables, borrones libres de leyes a través de mis dedos. Arriesgaré mi alma juglar y la extralimitaré más allá del juicio humano. Una fuga que brota de la mismísima floración de la primavera y que aletea libre como un gorrión que se alza pertinaz, imprudente y risueño. Sí, rehusaré de esta obligación de la razón, se la cederé al corazón y lo haré sin abusar de los lóbregos verbos que sentencian la privación de la vida.

Así, oriento mis ojos hacia las nítidas lámparas que arden tras las ventanas de los ángeles, me ajusto a esos círculos que a veces se empañan con ingenuas lágrimas y es, precisamente ahí, donde enmarco toda la lluvia de mi júbilo, un hilo inagotable que resbala por mi mejilla, un cauce de tinta cristalina que proyecta risa en forma de brillo. Sí, son inusuales fósforos infantiles, fulgor que tan sólo prende con el candor y que crepita y se consume tras los vidrios de sus inocentes pupilas y esas, sólo esas ardentías, originan en mí las más limpias e inagotables olas que se revuelven en espirales de palabras por el insensato refugio de mi corazón de niño….

Amor es un hábito ligero que lo encontraré a bordo de un sólo pecho



Me pasma el tamaño de las enormes sacas e imagino que puedo aderezar una descomunal paella con ellas. Te imaginas media tonelada de arroz, con todas las gambas y las chirlas que cubren las rocas de un acantilado del Cantábrico, una gran talega de azafrán de la Mancha, la carne de una granja de los pollos del Cruce y una gigantesca barrica de roble con un buen tinto de Almendralejo.

Ahora toca el postre, y qué puedo servirte de dulce, te parece bien una Fontana de mármol repleta de cremoso arroz con leche, necesitaré toda una ganadería para cubrirla de leche y de nata, también una montaña de azúcar y, por supuesto, preciso de todas las cascaras de un jardín de limoneros.

¡Qué bien!, quizás, lo mejor de tan copioso banquete es lo que viene después, que podríamos invertir todo el resto de nuestros días en pasear por las dehesas, por las laderas de las montañas de Gredos, por las riberas de ríos cristalinos y por playas de marfileñas arenas; así lograríamos mantener nuestro vientre plano.

Poco después caí en el cuadro negro, no de tizne de tristeza sino de atezado regaliz. Son tan mayores los abuelos del Hospital que, como breas, caminan fatigosamente y algunos van tan corcovados que ni siquiera se mantienen de pie. Sus hábitos se recubren de todo el viaje de una vida, llenando las cepas de su hogar con pacíficas esperanzas. Fueron hijos del pasado que ofrecieron todo su pan con la mano diestra y perdieron poco a poco el brillo de sus ojos. Ahora son grandes maestros que ya no sienten el tacto de sus manos, maestros que apostaron con toda su vitalidad al escaso tiempo que les concedieron.

Yo quiero jugar al ajedrez, pero no pretendo ganar sino deseo quedar en tablas, tablas de cuanto he escrito, de cuanto he trabajado y, sobre todo, en igualdad en cuanto a lo amado. El Amor es un hábito ligero que lo encontraré a bordo de un sólo pecho y que, a partir de mi empeño, lograré mantener hasta el último día del viaje.

Dedal para cupido




Dónde puedo coger un dedal para empujar el aguijón de cupido que atraviesa mi corazón. Esta saeta tuya está tan bien incrustada, que me urge hallar un dedil para alojarla mejor, para emplazarla en un rincón de mi corazón donde nunca se caiga y evitar así un hipotético desconsuelo de amor. En cada sístole, en cada bombear de sangre me surge una madura pasión, un dulce y sensato bienquerer que mana por la herida de tu flecha, que humedece las uñas de mis dedos y aliña caligrafía para repoblar de delicados gestos y numerosos lances todo el huerto de tu inabarcable pecho.

Me asigno, en cada gota de linfa, una razón para conseguir un manantial limpio y, cuando lo logro, te libero un arroyo de álveo bien definido que describe, con naturales cumplidos, claros sentimientos de amor. Soy o, aún mejor expresado, me haces ser ese hontanar que remodela estética en cada carta escrita, una cosmética cristalina, de agua limpia, que sacia la sed de pajarillos libres, de tímidos roedores y de sutiles mariposas. Una romanza abierta que grilla ecos cada noche, un coro de locos grillos que canta a la Luna y que, entre tanto, calca los luceros que cuelgan del firmamento para completar tus versos, unos poemas abiertos que navegan ligeros como polizontes en un velero que explora el insondable piélago de la mar de tu dilatado corazón.

Encontrar una reescritura que a diario recabe una imagen bonita y mágica


Encontraré una reescritura que a diario recabe una imagen bonita y mágica, que sea habitual. En este singular día en el que el cielo se colorea de intenso azul, de un intacto tono añil que al fin suaviza el clima estival, he hallado una alma seráfica y diáfana que sobrevuela los aires que vislumbro tras las ventanas de mi hogar. Mientras el ligero velo de un vaho helado recubre la derretida bóveda del verano, la satisfacción de confiarme a una linda Amapola es más que evidente.

Tal vez el sueño de volar a través de una entraña de dicha, de ser un ruiseñor libre en la jaula de un amor único, sea por fin ese jardín que ya contemplo. Ahora, en el umbral del frío otoñal que se avecina, no me hace falta entreabrir nuevos postigos para que entre el claror del afecto, ni siquiera me urge abrir la puertecilla de ese jaulón de ensueño, pues ya me advierto fugitivo en el vasta rosaleda de una gran Mujer.

Apilaré las párvulas hojas de este amanecido sentimiento y las prenderé en la apacible morada que he de atemperar. Sí, este papel de ritmo cardiaco se desadormece junto a la acogedora chimenea de un pecho de Mujer. Oigo el apacible compás de su respiración, el resuello de su sereno sueño, de ti mima cuando duermes. Es el manso vendaval de un amor que ya no coge en el inquieto corazón que día tras día te pretendo traspasar….

Echar a volar mis sentimientos



Llevo tantas horas levantado que ya balbuceo disparates a través de los dedos.

Esta mañana, después de echar a volar mis sentimientos entre los huertos de mis delirios, apartaba la simiente de mi razón a sabiendas de que tenía que ir trabajar. Así, almacenaba ese delicado germen de mi dorada mies de trigo y el dulce y níveo grano arroz, y todo este ambarino cultivo que se pierde tras el vidrio de mi nueva gafa, que crece y madura como perenne girasol y que necesita la vital y cegadora luz de tan magnífica Mujer. Sí, precisa el lozano clima de tu sutil cuerpo y el envidiable roce de tus avezadas y sedosas manos enriquecen la fécula que nace de este humilde corazón…; es tu harina la que atesoro en los insondables silos de mi pecho, harina blanca donde he de amasar, en mis ratos desocupados, la más tierna hogaza de amor que deseo cocer con la llama de unos besos que arden entre las astillas de mis versos….

Adentrado entre las hojas de los campos de mi pecho me afano con la siega de mis fértiles poemas. Soy un rústico campesino que pretende sembrar una rosaleda en un prado ajeno. Así, todos los días me levanto temprano desvelado por la luz inagotable que, una y otra vez, se reproduce en mis sueños y, sin apenas detención, me meto en los surcos de la lírica y roturo la tierra de tu vasto corazón….

¡Dios! que loco campo deseo cultivar, he de lograr con este alborozo mío la sonrisa en millares de margarita, he de obtener con esta vehemencia las ascuas de la pasión en cientos de rosas rojas y he de alcanzar con tan transparente sencillez el arcoíris del rocío que deseo que irrigue siempre tu vida.

Ya no sostengo la locura


Hoy, en el salón del restaurante, no había apenas ruido, tan sólo los imperceptibles pasos del enérgico y joven camarero. Él, al atender nuestra mesa rompía el silencio de ese infiltrado ángel que momentáneamente se juntó con mi compañero, Daniel, y conmigo.

- Camarero. –¡Ya os tengo como de la casa, así que os pongo lo de siempre, ya que hace calor…!–.

Tras soltar la retahíla de primeros y de segundos, nos señalaba clavando su mirada y nos decía el plato que nos apetecía.

- Camarero a Daniel. –tú continúas con tu incontenible vicio de gazpacho–, y a mí, girando la cabeza y con total convicción, me preguntaba sin esperar respuesta. –¿ensalada de rulo de cabra?–.

Ya se desternillaba la mesa llena de risa.

- Yo. –¡Bueno!, ¿qué nos escondes entre esa “familiaridad”?, …, si así nos ves “como de la casa”, ¡nos vas traer, la cazuela repleta y la botella llena para que nos echemos según se nos antoje!..., o no maquinarás, en realidad, alguna idea perversa, ¡al friega platos mientras te sientas en la terraza, con bermudas y chancletas!. Como un cliente más exigiendo caprichos y echado chupadas a un cigarro que humea como un tren–.

- Yo. –¡Anda, anda!, saca otra silla y siéntate aquí que ya saldrá quien nos sirva a los tres!–.

…

Así desde las seis de la mañana, chasqueando tontos golpes de risa. Al poco de montar en el coche un mano a mano de cosas simples, de palabras sencillas y moldeables que se arrugan como el film de una bolsa de plástico y, al cabo de unos kilómetros, enhebramos una primera canilla e hilvanamos los primeros copos que se derriten de los ojos. Tras tanta necesaria y sana burla cae mi primera lágrima de risa por el álveo que cruza mejilla.

Mientras zascandileo tontunas, mi razón prosigue en mi intimismo e imprime una postal de atrás. Es una estampa de aquella flor del valle de Ordesa que logré acariciar y que, tras agotar mis piernas en aquel insalvable desnivel de la senda de los cazadores, ahora lo reluzco de nuevo y exteriorizo que no fue en vano, que al fin mi sino se erige en enorme cariño al sembrar sensiblerías sinceras en el pecho de una mujer…. Es una yema que se abre de forma envidiable en la mismísima garganta de mi arteria, por donde fluye la sabia de aquella flor de Amor Eterno, de aquella Edelweiss.

Acaricio de forma incesante la piel de ese pétalo de la Flor de las Nieves. Saco de aquel lugar palabras de fuego, dicciones que consumen mi corazón a la brasa y que cada día, levantado a las seis, desmayan mis dedos sobre el teclado. Menos mal que mi razón logra ovillar toda la seda que suelta mi corazón, pues sino fuese competente mi cabeza me volvería loco de mal de amor.

Me doy cuenta, por un momento y sin pizca de vergüenza, que mi sangre hierve cuando el reloj marca las siete de la mañana, pero qué instante tan raro, qué hora es ésta en la que he de sostener cuánto amor siento. Acaso un pedazo de corazón se ha desprendido como trombo por mi sangre y resurge un bocado enorme de pasión que se desvanece en líneas de ilusión a través de las yemas de mis dedos.

Sumerjo la punta de esta loca pluma en una última gota de alegre lágrima, en la savia de la flor del amor eterno que brota de mis ojos y declaro un latido más antes de comenzar…, si pudiese estremeceré tu piel con una carantoña mecanografiada, con un beso de tinta de cálida y pura de saliva… un silente arrullo sobre este papel virtual que esclarezca que ya no sostengo la locura de mi corazón.

Hilvanes de letras



Ya he retirado la mesa, los platos de la cena, y ahora voy a ver si bajo una hoja para depositarla en la profunda bondad del abismo de tus ojos, una hojilla sin púas, de esas que brotan en las copas de las encinas. Toco parcialmente el teclado y, en la perennidad verde de esa lámina, te enhebro mis más profundas dicciones en forma de elocuentes hilos de seda.

El viento bate virulentamente los hilvanes de estas letras, se balancean en delicados sentimientos, en perfiles de palabras bien trazadas y así, quedan esculpidas en esas hojas perennes, en los cuadernos que deseo que perduren verdes y bien custodiados en ese rincón que late a ritmo alegre en tu pecho.

He de perseverar en este placer de escribir, he lograr bellísimos dibujos con las letras y así, con la flexibles brisa de unos versos lograr un ambiente acogedor, tanto a distancia corta como al trecho de toda una vida mortal.

Bueno, ahora me gustaría saltar como Pau Gasol y taponar la canasta de Luna menguante de esta modesta noche, que se colme el firmamento de claros luceros y que rielen como chispas en la mar profunda de tus ambarinos ojos….

Ideal ser tu más leal amigo.



A continuación, tomo aliento para escribir las palabras que tantísimas veces te he de decir. Escucha la risa de este corazón de niño que, como un adulto, caligrafía párvulos sentimientos para un único pecho. Así, con unas manos tan cálidas como el corazón, traslado todos los latido de mi pecho a esta vibrante hoja.

Te hablo de esa retama, del cantueso y de aquellos acebuches del camino y te redacto, con la tinta de mi propio corazón, que el encinar y el zarzal de cuando subes a la Montaña son los ecos de tus pasos, es el mágico estallido que percibo cuando emprendo todas las mañanas mi camino.

Así es, me siento feliz de disfrutar de esta reciente amistad. Por tanto escucha, poco a poco se arrima esa hora de paladear un primer café, fuerte y cubano, y de hablar de la delicada belleza de las amapolas, de los lirios y de los jarales que perfuman los alrededores de Monfragüe. Atiende, es conversar con un tono alegre, cuando la trémula hojarasca de Cánovas murmulle con la brisa en las interminables noches de paseo. Es perdurar en la barra de un bar a la justa distancia, para que te adviertas independiente, y avanzar en la profundidad del crepúsculo, entre la hilaridad de los amigos y soñar despierto de que es muy, muy lindo ser tu más leal amigo….

Acaso un sencillo Adiós




Acaso con un sencillo “adiós” podemos sentenciar un dolor que se vertebra por el interior. Es ésta una palabra que nos condena a una mudez de ruptura, o aún es peor, y sólo es apropiada para el silencio de la noche eterna…. No la reconozco tan indigna y, es más, yo la dedico hartas veces. Pero sí, he de admitir que muchos la critican como una despedida para siempre o como una partida del orbe mortal.

En mi pecho es escasamente una hora la cota temporal de un “adiós”. Esa infinitud coge dentro de la esfera fungiforme de un reloj de muñeca, es un giro de la aguja grade y apenas da tiempo a un lapso de desacogida. No, no nos extralimita a una eternidad, más bien no agracia con una inmediación colmada de independencia. Así es, un simpático “hasta luego” ampara con una naturaleza egoísta, pues amenaza con una atadura que recela de la lealtad. Sí, ese gracioso “hasta luego” nos diseña una vida dependiente, una rutina que amenaza con aniquilar nuestro ego y acatar una senda estrecha y sometida. Así, el movimiento de nuestro cuerpo ya no logra medir el tiempo concedido, pues no existe, y bajo este circunstancial y cordial “hasta luego” se disfraza un capcioso estado de inquietud, un recelo distinto al de la clara amistad y opuesto a la tranquilidad del amor.

En cambio, cuando unimos la preposición “a” al nombre del “Hacedor” conservamos el grabado de nuestra pareja, el esplendor de sus ojos, su porte regio y su conducta natural y, sobre todo, con incuestionable confianza nutrimos su libertad, ensanchamos sus veredas y abrimos, al albedrío, los cominos que puede tomar. Es decir, sin perseverar en su pronta vuelta, la metafísica de nuestro amor despliega sus alas y, entonces, sus gestos de satisfacción florecen como mirtos tras las orillas de su boca… Un inabarcable océano nos aventuramos a surcar y, cada día que planteemos izar nuestras velas, será una experiencia de amor evidente y sin cortinas para ocultar….

Este mensaje, lo lanzo en botella a la mar de tu pecho…. La lealtad de mi corazón que no se extingue, pues tu fidelidad no es esclava a mi ego, sino es inabarcable en el infinito espacio de tu Ser.

Encintar un Sol entre dos retoños







Cómo se logra encintar un Sol

entre dos retoños vibrantes,

un solo tallo que falsea dolor

en placer de lágrima titilante.



Hechiza lozana gracia primaveral

y resurge en el rocío de iris floral;

mirada honda, alegre y rutilante.



Exclamación llana y sangrante

de un humillado bulbo soñador

a un vientre de nubiles heridas.

Poemas de oro para diamante

roto que se entrega a las vidas

de su matriz, un cauce gigante

a ángelus inabarcable de mujer.



Miel inútil, de un loco trovador

que aúlla a Luna de una laguna

de abismo de soledad de amor 

inasible; porqué así de inoportuna

y tardío el hosanna de un clamor.

¡Dios!, ¡qué mi esperanza se consuma

sin compañía!, sin sentir el calor,

aun sea tardío, de la tibia linfa

de una flor vasta y exuberante.



Sé que, aunque la herrumbre

recubra este corazón de tinta,

mi honra se erigirá de frente

en un cielo corinto, de lumbre

que consuma todas mis rimas.

Quizás sólo espinas de rosas

o, en todo caso, mi fe silvestre

que nace en lo incomprensible

y cae entre lágrima temblorosa,

…te nutriré con mi brío sensible.

No sé si salir con mi pantalón de perniles cortos



No sé si salir con mi pantalón de perniles cortos, con esa bermuda que sólo me llega hasta la rodilla, la de lino raído y abatanado por mi manía carrilana y por tantos pedacillos de prado que he escondido en sus faldriqueras de lino. Un pantalón de hilos bien hilvanados, sin flecos descolgados. Un pantalón de perneras cortas y bien sobrehiladas, un resplandor de lirio primaveral que deambula y se extravía por las frágiles laderas de Gredos, por las trashumantes tierras de Cáceres.

El apacible paisaje de la dehesa, la serena pradería donde las diligentes abejas enhebran las gotas de néctar y las partículas del polen con los haces del Sol. Donde el lugareño concibe sus sueños de brisas que limpien la paja de la mies, donde pide sus deseos de agua que sacien la sed de la res y donde enjuaga su polvoriento sudor de salitre de la broza estival. Las vitales horas del alba, el nacer la luz y, en el margen opuesto, las mortales horas, la incineración del cielo que se agota en el oscuro enigma del firmamento.

Ahí sacudo mis pantalones con mis bastas mano, sólo son zarpas desolladas con la pericia de tocar de todo. Escuchar la silente música de mi sombra vagabunda; inhalar el aire donde se agitan las alas y donde tremola la tela de la araña; advertir el desvelo que rinde el pétalo seco, la hojarasca y paja agostada cuando se cala con el rocío matinal; y acariciar con mis yemas hechas plumas el vértigo de sus finos labios y de sus verdemares y atisbar de cuan sumergido está mi corazón en su insondable pecho.

Cicatriza y se estremece silenciosa mi frágil piel de padre y tan sólo me queda por cerrar el cráter inextinguible donde se funden mis copos de cariño, mis ambarinos ojos que sólo dejan entrever un adarme de afecto en el interior de mi palpitante pecho. Una oquedad donde aovaré un aprecio jamás conocido, un amor legítimo que alcanza a ser lunático….

En ocasiones una palabra es tan sólo una palabra




En ocasiones una palabra es tan sólo una palabra y otras veces es la puerta a un entrañable cobijo. Un gozne de letras que, si lo emprendes, abre a un pasillo de largura inacabable, una galería de tabiques moldeables donde se distinguen, según la disposición del estado de ánimo, expandidas superficies de colores, paredes rebosantes de reliquias extrañas, con un sinfín de puertas, que dios sabe dónde dan, e incluso con una cantidad de ventanas dispuestas al azar que quedan entreabiertas a voluntad del lector. Así, tras la primera palabra de una poesía, sólo nace una única senda, mas esta se esparce como una brisa ululante, sin firme dirección y sin sentido alguno.

La aventura la modela el leedor, que es quien abre el libro, yo tan sólo caligrafío los caprichos que acaecen con forme se pasan las hojas. O sea, cuando despeño mi pluma estrellada en la imaginación del leyente le ahílo una ola de letras cristalina, más o menos delgada, que se revuelven por su imaginación adoptando la cuna de una mar abundante, éste puede llegar a ser un racimo coruscante al Sol o la entelerida estera de una Luna que riela en las nocturnas aguas de su piélago.

Mi placer es pequeño, solamente intento tallar mi personalidad y así destino todo mi corazón, y lo filtro a través de la razón, al endeble verso de una tela de araña, habla que se deshilacha o derriba en su propia pureza blanca. En cambio, el deleite del leyente puede ser inmenso, según el tamaño de sus sueños y así, tras cada hoja garabateada, un océano discreto se propaga en las olas de su imaginación, espumándose entre sus delirantes arrecifes de coral, estrellándose contra las marmoleas costas de sus ojos o espejándose sobre las llanas playas de su piel desnuda. Es el encuentro de la fina arena de mi pecho con las aguas inmóviles de la mar de su vida. Tal vez el tiempo detenga este ondulante movimiento, mas la unidad pura de esta ola añil será el latido de un corazón releído que naufragará en las húmedas orillas de los ojos de un lector, en la húmeda flor de su iris.

De nuevo me comparo a un joven



De nuevo me comparo a un joven y aunque diste de esa apariencia, pues sé que ya estoy bastante curtido, aún me siento mozo y lejos de ser achaqueroso. Así, si me juzgo con miaja de humor y valoro mi sensatez con algo de ironía, veo en que cada diminuto fragmento de mi cuerpo pequeños intersticios de travesura, e incluso de indisciplina juvenil, y noto vastas y claras oquedades de diversión.

Así, si sistematizo todos esos risueños fragmentos de nubilidad en el bol de mi ansioso corazón, soy capaz de adecuar una flamante armadura para un Aquiles de alas en tobillos que danzará durante toda una noche; y así, si desarticulo estas óseas astillas por todo mi esqueleto, me advierto lo suficientemente valiente como para erigirme como un mozo jinete que auxilie en libertad a un indómito pura sangre de potro arrocinado que galopa veloz por el prado donde se escascarilla la sementara de la vida y por donde quizás, un día, pasearé con Ella; flotando sobre el lomo canela del huidizo bagual…, sin riendas que obedezcan a normas y huyendo tan sólo de nuestras absurdas sombras. … radiante, sí, radiante de felicidad.

Aunque se mengüe esta juventud



Aunque se mengüe esta juventud, 

aún mantengo mi espíritu torvo 

para seguir mi senda a la altitud. 

Así, montaraz, sin ser un estorbo 

apilo estas yemas de dulce actitud 

que aún dan nata para unos sorbos. 


Una senda de cazadores sin balas, 

de canana sin posta, sólo el recado 

en un poema es mi nerviosa arma 

para desbordar tan vidriosa alma 

de una moza que me ha enamorado.


Valle de glaciar deshiela su espera, 

escancia copos a dolor de espuela 

apura la última gota y desespera 

por eneldo de la voz de su escuela. 

Es por grata mujer que con cautela 

escarba si en estos versos hay estelas 

de un hombre social que sólo despeña 

rimas por beso del alma que revuelan 

en la alameda de sus latidos, la huella 

de que un cierto día ella amaneciera 

andando entre la brisa de esa vereda 

que me lleva con su alma Compostela. 

…de camino a Santiago, compañera…

Apenas me queda tiempo



Apenas me queda tiempo para expresar unas pequeñas palabras. Desde que comencé esta mañana, cuando sólo se reflejaban sobre el cristal los luceros de la noche, y mientras amanecía, cuando invadía el coche la brisa fresca de la mañana, se abría dentro de mi pecho una hermosa flor. Acaricié cada pétalo, los palpé con desmedida atención; sería capaz de decir que me sumergí dentro de ese brote.

Creo que se refleja en mí con claridad transparente, como si fuese un cristal de río que cae en cascada a través del aire de mi pulmón, es balsa que se remansa en la misma cavidad donde se reproducen mis latidos…. Sólo un escalofrío, un temblor de emoción y ahora, al igual que esta mañana, inhalo el éter de la noche y siento, en la sombra de mis pulmones, la calma de esa desahogada flor…

DULCES SUEÑOS….

Me gusta caminar al amanecer


Me gusta caminar al amanecer, o al atardecer, y también cuando llueve, porque así se borran las posibles lágrimas que resbalan por mi mejilla. Sí, me deleita el relente tempranero, la dulzura de su aroma, y me cautiva la cortina de fuego que se alza sobre el cielo. Es el magma de la mañana que, a la vez que despereza sus impresionantes rincones, también desvela nuestros tercos sentidos.

Andar por los Barruecos, a las orillas del río Salor o, como ruiseñor disfrutando de un bosque, vagar entre las encinas de cubren las laderas de la sierra de San Pedro.

Deambular con garbo para que la cúpula del firmamento no nos cubra con su noche y, si acaso sucediese, peregrinar sólo bajo la vasta Luna Llena, cuando cruza de lado a lado la bóveda del cielo. Así, antes de que la intensidad del Sol se redima a la luz fatua de las estrellas y de los luceros, cuando de nuevo se inflame y antes de que se consuma entre las brasas de los suelos del horizonte. Sí, pasear con tiempo, incluso antes de que infinito universo nos revele que nuestra existencia no es una antesala de una zona privilegiada.

Es todo tan hermoso que considero que, el tiempo más malgastado de mi vida es aquel intervalo de horas en el que no disfruto de todo lo que se me ha concedido, es la duración de minutos o días en las que olvido que soy parte de esta maravilla, es cuando pierdo la risa ante cualquier trivialidad de la vida cotidiana.

Ahora experimento ciertas cosquillas en mi pecho, auguro una sensación difícil de explicar, una corazonada a través de la razón, una especie de metafísica delirante que me lleva a prender luces en el reino de las sombras. Son palabras dulcemente caligrafiadas que, aun no gocen de compromiso, originan gritos mudos que exacerban sueños en el subconsciente de algunos ángeles o, quizás voluntades estridentes que residen cautivas en mi corazón y desean salir para tender suave velo de gestos ante la mirada de mi Reina.

Es una espina de bienquerer que se aloja tras mi retina, mi estéril sensibilidad que se deshace proscrita en la ironía de esta Nada, mi fiel poesía que naufraga dudosa en la retorcida realidad de los círculos humanos.