Dedal para cupido




Dónde puedo coger un dedal para empujar el aguijón de cupido que atraviesa mi corazón. Esta saeta tuya está tan bien incrustada, que me urge hallar un dedil para alojarla mejor, para emplazarla en un rincón de mi corazón donde nunca se caiga y evitar así un hipotético desconsuelo de amor. En cada sístole, en cada bombear de sangre me surge una madura pasión, un dulce y sensato bienquerer que mana por la herida de tu flecha, que humedece las uñas de mis dedos y aliña caligrafía para repoblar de delicados gestos y numerosos lances todo el huerto de tu inabarcable pecho.

Me asigno, en cada gota de linfa, una razón para conseguir un manantial limpio y, cuando lo logro, te libero un arroyo de álveo bien definido que describe, con naturales cumplidos, claros sentimientos de amor. Soy o, aún mejor expresado, me haces ser ese hontanar que remodela estética en cada carta escrita, una cosmética cristalina, de agua limpia, que sacia la sed de pajarillos libres, de tímidos roedores y de sutiles mariposas. Una romanza abierta que grilla ecos cada noche, un coro de locos grillos que canta a la Luna y que, entre tanto, calca los luceros que cuelgan del firmamento para completar tus versos, unos poemas abiertos que navegan ligeros como polizontes en un velero que explora el insondable piélago de la mar de tu dilatado corazón.

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