Ya no sostengo la locura


Hoy, en el salón del restaurante, no había apenas ruido, tan sólo los imperceptibles pasos del enérgico y joven camarero. Él, al atender nuestra mesa rompía el silencio de ese infiltrado ángel que momentáneamente se juntó con mi compañero, Daniel, y conmigo.

- Camarero. –¡Ya os tengo como de la casa, así que os pongo lo de siempre, ya que hace calor…!–.

Tras soltar la retahíla de primeros y de segundos, nos señalaba clavando su mirada y nos decía el plato que nos apetecía.

- Camarero a Daniel. –tú continúas con tu incontenible vicio de gazpacho–, y a mí, girando la cabeza y con total convicción, me preguntaba sin esperar respuesta. –¿ensalada de rulo de cabra?–.

Ya se desternillaba la mesa llena de risa.

- Yo. –¡Bueno!, ¿qué nos escondes entre esa “familiaridad”?, …, si así nos ves “como de la casa”, ¡nos vas traer, la cazuela repleta y la botella llena para que nos echemos según se nos antoje!..., o no maquinarás, en realidad, alguna idea perversa, ¡al friega platos mientras te sientas en la terraza, con bermudas y chancletas!. Como un cliente más exigiendo caprichos y echado chupadas a un cigarro que humea como un tren–.

- Yo. –¡Anda, anda!, saca otra silla y siéntate aquí que ya saldrá quien nos sirva a los tres!–.

…

Así desde las seis de la mañana, chasqueando tontos golpes de risa. Al poco de montar en el coche un mano a mano de cosas simples, de palabras sencillas y moldeables que se arrugan como el film de una bolsa de plástico y, al cabo de unos kilómetros, enhebramos una primera canilla e hilvanamos los primeros copos que se derriten de los ojos. Tras tanta necesaria y sana burla cae mi primera lágrima de risa por el álveo que cruza mejilla.

Mientras zascandileo tontunas, mi razón prosigue en mi intimismo e imprime una postal de atrás. Es una estampa de aquella flor del valle de Ordesa que logré acariciar y que, tras agotar mis piernas en aquel insalvable desnivel de la senda de los cazadores, ahora lo reluzco de nuevo y exteriorizo que no fue en vano, que al fin mi sino se erige en enorme cariño al sembrar sensiblerías sinceras en el pecho de una mujer…. Es una yema que se abre de forma envidiable en la mismísima garganta de mi arteria, por donde fluye la sabia de aquella flor de Amor Eterno, de aquella Edelweiss.

Acaricio de forma incesante la piel de ese pétalo de la Flor de las Nieves. Saco de aquel lugar palabras de fuego, dicciones que consumen mi corazón a la brasa y que cada día, levantado a las seis, desmayan mis dedos sobre el teclado. Menos mal que mi razón logra ovillar toda la seda que suelta mi corazón, pues sino fuese competente mi cabeza me volvería loco de mal de amor.

Me doy cuenta, por un momento y sin pizca de vergüenza, que mi sangre hierve cuando el reloj marca las siete de la mañana, pero qué instante tan raro, qué hora es ésta en la que he de sostener cuánto amor siento. Acaso un pedazo de corazón se ha desprendido como trombo por mi sangre y resurge un bocado enorme de pasión que se desvanece en líneas de ilusión a través de las yemas de mis dedos.

Sumerjo la punta de esta loca pluma en una última gota de alegre lágrima, en la savia de la flor del amor eterno que brota de mis ojos y declaro un latido más antes de comenzar…, si pudiese estremeceré tu piel con una carantoña mecanografiada, con un beso de tinta de cálida y pura de saliva… un silente arrullo sobre este papel virtual que esclarezca que ya no sostengo la locura de mi corazón.

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