En ocasiones una palabra es tan sólo una palabra




En ocasiones una palabra es tan sólo una palabra y otras veces es la puerta a un entrañable cobijo. Un gozne de letras que, si lo emprendes, abre a un pasillo de largura inacabable, una galería de tabiques moldeables donde se distinguen, según la disposición del estado de ánimo, expandidas superficies de colores, paredes rebosantes de reliquias extrañas, con un sinfín de puertas, que dios sabe dónde dan, e incluso con una cantidad de ventanas dispuestas al azar que quedan entreabiertas a voluntad del lector. Así, tras la primera palabra de una poesía, sólo nace una única senda, mas esta se esparce como una brisa ululante, sin firme dirección y sin sentido alguno.

La aventura la modela el leedor, que es quien abre el libro, yo tan sólo caligrafío los caprichos que acaecen con forme se pasan las hojas. O sea, cuando despeño mi pluma estrellada en la imaginación del leyente le ahílo una ola de letras cristalina, más o menos delgada, que se revuelven por su imaginación adoptando la cuna de una mar abundante, éste puede llegar a ser un racimo coruscante al Sol o la entelerida estera de una Luna que riela en las nocturnas aguas de su piélago.

Mi placer es pequeño, solamente intento tallar mi personalidad y así destino todo mi corazón, y lo filtro a través de la razón, al endeble verso de una tela de araña, habla que se deshilacha o derriba en su propia pureza blanca. En cambio, el deleite del leyente puede ser inmenso, según el tamaño de sus sueños y así, tras cada hoja garabateada, un océano discreto se propaga en las olas de su imaginación, espumándose entre sus delirantes arrecifes de coral, estrellándose contra las marmoleas costas de sus ojos o espejándose sobre las llanas playas de su piel desnuda. Es el encuentro de la fina arena de mi pecho con las aguas inmóviles de la mar de su vida. Tal vez el tiempo detenga este ondulante movimiento, mas la unidad pura de esta ola añil será el latido de un corazón releído que naufragará en las húmedas orillas de los ojos de un lector, en la húmeda flor de su iris.

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