Me pasma el tamaño de las enormes sacas e imagino que puedo aderezar una descomunal paella con ellas. Te imaginas media tonelada de arroz, con todas las gambas y las chirlas que cubren las rocas de un acantilado del Cantábrico, una gran talega de azafrán de la Mancha, la carne de una granja de los pollos del Cruce y una gigantesca barrica de roble con un buen tinto de Almendralejo.
Ahora toca el postre, y qué puedo servirte de dulce, te parece bien una Fontana de mármol repleta de cremoso arroz con leche, necesitaré toda una ganadería para cubrirla de leche y de nata, también una montaña de azúcar y, por supuesto, preciso de todas las cascaras de un jardín de limoneros.
¡Qué bien!, quizás, lo mejor de tan copioso banquete es lo que viene después, que podríamos invertir todo el resto de nuestros días en pasear por las dehesas, por las laderas de las montañas de Gredos, por las riberas de ríos cristalinos y por playas de marfileñas arenas; así lograríamos mantener nuestro vientre plano.
Poco después caí en el cuadro negro, no de tizne de tristeza sino de atezado regaliz. Son tan mayores los abuelos del Hospital que, como breas, caminan fatigosamente y algunos van tan corcovados que ni siquiera se mantienen de pie. Sus hábitos se recubren de todo el viaje de una vida, llenando las cepas de su hogar con pacíficas esperanzas. Fueron hijos del pasado que ofrecieron todo su pan con la mano diestra y perdieron poco a poco el brillo de sus ojos. Ahora son grandes maestros que ya no sienten el tacto de sus manos, maestros que apostaron con toda su vitalidad al escaso tiempo que les concedieron.
Yo quiero jugar al ajedrez, pero no pretendo ganar sino deseo quedar en tablas, tablas de cuanto he escrito, de cuanto he trabajado y, sobre todo, en igualdad en cuanto a lo amado. El Amor es un hábito ligero que lo encontraré a bordo de un sólo pecho y que, a partir de mi empeño, lograré mantener hasta el último día del viaje.

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