Heme aquí, harto de miedo,
agotando mi valioso tiempo
tras sucumbir al vandalismo
del reloj, a su firme cinismo,
e intuir mi umbral al abismo.
Sé, qué todo lo que heredo
es, en sí, simple espejismo,
un legado tirado al vacío.
Se me alza pavor megalítico
por penurias en mí mismo.
Desposeído de los devaneos
de señoras, de no ser asido
con delicadeza y aún menos
de palpar pétalos con besos.
Me acerco sumiso, con miedo,
casi sin hablar, con el empeño
terco y decidido de ser siervo.
Procurando alentar tus cinco
sentidos en todo momento.
Adivinando tus pensamientos
para arraigar ese mítico brillo
en ventanos del firmamento.
Vivir para tu vida, exigiendo
que cada clarear transcurrido
valga la pena, que sea escogido
como propio, un alba de fuego,
para enmarcar en el recuerdo.
Ciego en lograr con cada gesto
no sólo un tesoro sino infinitos,
de valía colosal, aliñar el sustento
crucial del corazón. Es ascetismo
de Mujer que roza el misticismo.
Mira, eres, para mí, lo más bello;
pues posees el hermosísimo don
de obrar mi felicidad: el Amor.
