Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Absolución al esfuerzo lector.
Elegante al redactar y edita con tanta elocuencia, que es meritorio de exponer en los paraninfos de preeminentes academias. Mas, el texto me infunde la siguiente preguntar, ¿puede un redactor afamado difamar sobre la “lectura” de la ciudadanía española?
Es evidente que el ocio ha cambiado. Pues, hoy día, existen tantos estímulos que apenas hay recogimiento en sí mismo. La gente despereza con los bullicios de vulgares melodías, las cuales nos las han elegido de antemano para que suenen en los móviles; se desayuna con la televisión, donde estallan innumerables pantallazos de publicidad; al partir hacia el instituto se camina entre los flases de publicidad de los escaparates e incluso, en nuestras propias manos, la “útil” comunicación de la red, una ventana, tan colosal y rápida, que en un instante nos transportar a las antípodas del Orbe.
Son la barbarie mercantilista, el vasto abanico de la especulación y los pistoletazos de “no sé cuántos productos” milagrosos, los que logran que todo discurra con diligencia, que los días se prescriban con evidentes signos de fatiga e, incluso, que las almas se consuman en los acíbares de la oniomanía.
En efecto, en el teatro de la vida se abre escotillón del tablado y todos quedamos colgados de horcas ajenas. Ceguémoslo con una canción sensible “Nuvole Bianche”, un libro abierto y la lozanía de la tierra, el agua y el aire. Es la hora de confeccionar nuestro propio libro, de representar un buen papel en cada rincón del alma.
Escribes muy bien, ¿has llegado a publicar algo?
Sí, en las mejores editoriales. Así, mi mansa carrera, no tan rauda como la de mi Inseparable Manoli, se ha impreso y expuesto en los paraninfos más destacados del saber, en los colosales pechos de mis amigos, en los plintos de sus inalcanzables corazones.
Así, Manoli, anclé todas mis rimas en el blanco papiro de muchísimas almas, incluida la tuya. Es mi tarea, me lo encargo diario… Recuerdo, como si fuera ayer, algo que me dijiste en Mérida, yo te comentaba -que tenía mucho trabajo- y tú me respondiste -que el trabajo es la alienación del hombre-. Tienes razón, ese recado es muy cierto y, como cuantas otras apostillas que me hablaron tantísimos amigos, calaron dentro de mí, con tanta valía que, como máximas erigidas, alancearon mi forma de ser hasta reducirla a copo derretido en mis ojos; mansedumbre, dulzura….
Ahora, con mis dedos y en mi viva pena o, quizás, tímida alegría, escribo y reescribo emociones párvulas que graben una caligrafía sensible, que suscite enternecimiento y que agite, en los pechos empíreos de mis amigos y de tu enorme corazón, Manoli, viento de ilusión…. Pues, necesito que incubéis claror de Luna en los etéreos crepúsculos que invaden mis sueños….
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