Segregar ambarina miel

 



Amor, hemos de dejar que el amor

nos acepte con su entrañable calor,

que nos acoja junto al leve clamor

de los jadeos que avienen a la menor

caricia de mis temblorosos labios,

de mis manos y que, en un adagio,

mutila la recia alma a un espacio

de gestos cifrados por tu interior.



Acaso, vicio por la sedosa y calada

prenda que enmudece mi habla,

por el velo de vaho, que no es nada

y, sin embargo, alienta con vigor

este falo que oscila en tu entraña

y que hurga ocioso por la extraña

fontana de la alegría y el dolor,

de la vida y el latido del corazón.



Fantasía, por la untuosa ambarina

miel que eyacula tu boca femenina.

Libar esos labios menores y apretar

el piñón rubí, que te hace arquear

como bóveda convulsa, y paladear

ese cubil reservado a mis sueños,

a esta sierpe que ensaliva versos

de vidrio, sinuosas sílabas y rimas,

y que emplea, desde el primer beso

de amor al último latido..., de amor.




Ensombrecimiento



    ¡Ah!, a propósito. Ahora, detrás del coche, cuando bajabas el portón, sabes que sudaba y me atenazaba cierto recelo, pues los tonos de las luces de posición jugueteaban sobre la soledad de ese par de níveos alcores, que se alzan impecables en tu cuerpo y me dedican reflejos de color rosa. Así, como te cuento, Ana, esas sonrosadas pinceladas en tu ceñida camiseta de algodón, que se asemejan a finísimos pétalos de amapolas, junto con los ricos alabeos de tus hermosísimos senos, se adentraban por mis ojos y me derretían en silencio, como si me sofocara con una calorina estival. Ana, agradezco infinitamente tu alud de belleza, tu esplendor que me sobresee de cualquier ensombrecimiento que pudiese apocar mi alma.

Atajo de ansias por vivir




Parte ya, mi amor, a repartir

mi tenaz deseo, a pronunciar

cuanto acaramelado almíbar

precisa un corazón para latir.



Necesitas desceñir el alamar

que enlaza el pecho al sinvivir

de un deshonroso porvenir,

rehabilitar su estilo de amar.



No erres en tu nítido escribir,

las debes tildar con fontanar

de joviales lágrimas y trazar

un atajo de ansias por vivir.

Aperos para el laboreo


Me valdré de mis herramientas de escribir, usaré la pluma estilográfica y el papel, esos serán los aperos para mi laborero, y los terruños a cultivar serán sus esplendentes cuerpos, esos que han sido derrotados con silencios salvaguardados en la sinrazón. Tendré cuidado, sí, un cuidado excesivo, para que el insensible frío del abandono se desande hacia un allende anterior al emparejamiento, cuando aún estaban llenas de sueños y coruscaban como soles en las noches, cuando aún eran crisoles de felicidad que desconocían los compromisos con los varones.