Amor, hemos de dejar que el amor
nos acepte con su entrañable calor,
que nos acoja junto al leve clamor
de los jadeos que avienen a la menor
caricia de mis temblorosos labios,
de mis manos y que, en un adagio,
mutila la recia alma a un espacio
de gestos cifrados por tu interior.
Acaso, vicio por la sedosa y calada
prenda que enmudece mi habla,
por el velo de vaho, que no es nada
y, sin embargo, alienta con vigor
este falo que oscila en tu entraña
y que hurga ocioso por la extraña
fontana de la alegría y el dolor,
de la vida y el latido del corazón.
Fantasía, por la untuosa ambarina
miel que eyacula tu boca femenina.
Libar esos labios menores y apretar
el piñón rubí, que te hace arquear
como bóveda convulsa, y paladear
ese cubil reservado a mis sueños,
a esta sierpe que ensaliva versos
de vidrio, sinuosas sílabas y rimas,
y que emplea, desde el primer beso
de amor al último latido..., de amor.



