Ensombrecimiento



    ¡Ah!, a propósito. Ahora, detrás del coche, cuando bajabas el portón, sabes que sudaba y me atenazaba cierto recelo, pues los tonos de las luces de posición jugueteaban sobre la soledad de ese par de níveos alcores, que se alzan impecables en tu cuerpo y me dedican reflejos de color rosa. Así, como te cuento, Ana, esas sonrosadas pinceladas en tu ceñida camiseta de algodón, que se asemejan a finísimos pétalos de amapolas, junto con los ricos alabeos de tus hermosísimos senos, se adentraban por mis ojos y me derretían en silencio, como si me sofocara con una calorina estival. Ana, agradezco infinitamente tu alud de belleza, tu esplendor que me sobresee de cualquier ensombrecimiento que pudiese apocar mi alma.

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