Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Laderas de mi Montaña
En todo caso, siempre desgastaba las páginas de los libros que tenía al alcance de mis manos, y no porque me cultivara con sus lecturas, sino porque indagaba y rebuscaba las expresiones que sus encantos me reivindicaban. Por supuesto, también me servía de otros bálsamos líricos, como los abundantes tesoros que le brindaba la naturaleza y, así, al caer la tarde perseguía los trinos de las golondrinas en las cuerdas de los tenderos, de las alondras en el cielo añil o de los jilgueros en equilibrio sobre las flores de los cardos borriqueros, pues su acogedor corazón me exigía que anidase sólo en él a esos pequeños pajarillos; o buscaba con meticuloso esmero los cogollos más delicados de los frondosos rosales que alhajaban las riveras del Salor, de los almendros que enjalbegaban las lindes de las parce-las o de los limoneros que empavesaban los jardines con sus aromas pasteleros, pues las tiernas yemas de sus dedos me conminaban a injertar brotes que germinasen en caricias de frescura sobre la alba vaina de su hermoso talle; o recogía con diligente dedicación o, quizás, sobrepasando la divisoria frágil de la locura, los brotes recién abiertos de cientos de florecillas, para hacer gavillas con los cantuesos y las lavandas que revisten los prados, con los hinojos y los poleos que refrigeran las riberas de la charca, pues gozan de tan abundante miel y exhalan tan frescos y suaves perfumes que, además de exaltar a todos los animalillos del parque, me apremiaban a bordar alegres lágrimas de color en su negro y fino cabello, o en sus diminutas y luminosas uñas, o en su elegante y tensado cuello o en sus labrados y altos tobillos. Sí, husmeaba todos los recovecos de mi alrededor, todos los rincones empedrados que delimitan las parcelas y cada hueco de las vetustas encinas. Escarbaba, rastreaba y fisgaba, para afianzar una expresión sobresaliente y una tonalidad que se ahormara perfectamente con el fondo de un preciosísimo Poema; en Ella.
El embrujo de su esplendor, es el que me llevaba a divagar por las llanuras, a dar interminables paseos hasta la ribera del Salor, imbuyéndome en la frondosidad de la pradera, para sacrificar el ente propio de la tierra en la divina alma de mi Montaña. De ahí salían sus textos, de su esplendente naturaleza, del añil palatino de su boca, del verdemar que se orilla en sus labios y de la parda y rasa tierra que reviste todo su cuerpo. Ella, mi Montaña, me empapaba de ideas, me llevaba a recolectar insinuaciones de amor de cada diminuta alusión, de cada una de las sugerencias que le ofrecía la naturaleza.
Adonde se guarece el alma
Adonde se guarece el alma
del domo, tal vez en la calma
modesta de ese fino arroyo.
Adonde se enjuagan esos ojos
que te descubren vergonzosos
sentimientos sobre mi palma
delicada, ... ¿sólo es una foto?.
Cae como una lágrima, y sólo
las comparo con ese frío
delta, que entra en el vacío
desierto de tu revuelta mar.
Cruza esa canal de legañas,
sin velas ni timón, un navío
bucanero que ha de amar
a esos retoños que nadan
en iridiscentes estampas,
a través de tus pestañas.
Una cámara cada mañana,
la frágil nitidez de tu mirada,
que sin los sueños de un hijo
rechina con los latidos rotos.
Mi anciano corazón, que asilo
grande tras este hendido
esternón; aquí, en este abierto
teatro que he descubierto
tantas veces en mis fotos.
Miserable dolor y, sin embargo,
hermoso sentimiento del dardo
díscolo que siempre te disparo.
Violácea rosa que del letargo
sale a merced de un grabado
sencillo, es el embrión del verso
que, como una flor, se abre
de forma inesperada, es el beso
de una estampa que arde
como un poema en mi pecho….
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