Buenos días, Silvia.
No sé cómo iniciar esta carta, pues aún no soy capaz recrear abiertamente mis sentimientos y, además, anublarías mi felicidad si al leerla me interpretaras mal. En cambio, sí le puedo describir la naturaleza de mi simpatía, declarándole con absoluta sinceridad que no hay hombre más afortunado en el barrio, pues no me es complicado presumir de que tengo una vecina que no sólo es increíblemente educada conmigo y con los vecinos, sino también destaca con el admirable cariño que siempre tiene con los niños y, por supuesto, subrayo las dulcificantes caricias con las que calma a todos los quisquillosos tusos, con la que engolosina a los huidizos misinos y con la que templa a sus fogosos canarios.
Sí, me es sumamente fácil alardear, hasta hago sin la necesidad de inventar, pues disfruto de una vecina que posee una beldad que no sólo abarca todos los sentidos reconocidos, sino vas más allá, hasta extrañas percepciones que exceden los límites de la locura. Así es su coruscante finura, una belleza que incluso mesmeriza los ojos de los invidentes, una lindeza tan rutilante que amilana con facilidad la hermosura de las demás damas, que abate la magia de las posantes rosas y que achica esa trémula gracia que poseen las inquietas mariposas, es más, hasta menoscaba en la sobrehumana magnificencia de nuestra poderosa estrella. Así, también, su fulgente y suave cabello negro, capaz de enloquecer los vientos de Eolo, que seducido se arremolina alrededor de su delirante físico. Así, su enajenante perfume de mujer que, al evanescerse a través de los golosos poros de su tersa piel, agosta los lábiles y perfumados estambres de las flores del jazmín y los pistilos de los jarales. Es más, con esta meditada escritura declaro, sin tener duda alguna, que el suave tacto de su sensible cutis, de sus firmes piernas de modelos, de sus delgados brazos y de su llano vientre, más el paladar de cada bronceada célula que alustra el delgado tegumento de su admirable cuerpo, debe de ser icor de diosa, ambrosía capaza de arrebatar el gobierno que creemos tener de nuestra propia suerte.
Sí, Silvia, desequilibras la mismísima vida, pues con un único y levísimo estímulo de ti, Mujer, me haces perder el sentido de la armonía. Esos es genuina desmesura, la que usted posee. Sí, tan sólo un pulso de su muñeca o de su somera yugular o con un sutil parpadeo de sus insondables ojos…, con eso solamente, no sólo me llevas perder la conciencia, sino también me resignas a una tembladera que ignoro a qué principios de física se debe y que, sin arreglo alguno, no me queda más remedio que intuir que vienen de las inexplicables corrientes metafísicas del amor.
Mas, habiendo elucidad algo de su taumatúrgica e inmarcesible supremacía. Si bien me lo permite, sacaré cuanto tiempo levante a mis aburridos días, con el empeño de dedicarle cientos de risueños elogios, auxiliados con idóneas metáforas y con tornasoladas estampas de auroras, de etéreas mariposas y de primaverales pastizales. Tanto unos como otros, los embastaré con sumo celo para servirlos a sus dulces pies, para encamarlo, a través de tan humildes y lagrimosos tragaluces, en su pletórico pecho.
En cuanto a las desafortunadas menciones que abigarras en tan fantástico poema, me alineo con su parecer y lo admito al pie de la letra; es sabio el consejo de apartarlo para siempre de nuestros días. Por ello, para desechar esos remotos desatinos que hemos sobrellevado; tanto usted, con esa canallada que esa escurridiza larva de mosca le preparó a conciencia, engañándola y fallándola en todas las afirmaciones que prometió en el altar; como yo, con esa nauseabunda farsa que escupió sobre mi curso, embuste que lo en gangrenó desde el preciso instante que rubricó la matrícula.
Le garantizo, que esa despreciable ponzoña ya sólo queda en el basurero, lo deseché en el trascurso de ese curso. Es más, lo metí en un saco de basura, adonde dejé una anotación indeleble, para avisar de que tuviesen muchísimo cuidado, una nota que venía a decir -mugre no apta para reciclar, residuo extremadamente contaminante- Así que, en el concreto momento que dejé el punto final en esta frase, ya no malgastaré más tinta en los despojos de algo que ya no existe ni para usted ni para mí; a excepción de estas aclaraciones.
Me resulta caprichosa la soledad, o quizás hubiera decir curiosa. Desde aquí, Silvia, desde esta cera, le confirmo que sí, que, en no sé cuántas veces, me he quedado embobado con los irreproducibles contoneos de sus caderas y con la agradable caída de su blusa. Al igual que con las nítidas filigranas de su sombra, trazos que danzan grácilmente sobre la enjalbegada pared de su lar. Es soledad hechizante, de una Mujer genial, la que me transporta no sólo durante las entelequias que se redibujan y se desvanecen a lo largo de la noche, sino también cuando mis yemas surcan blancos mares en las hojas del papel.
Recuerdo, y que bien lo recuerdo, una ventura al mediodía. Al azar, tras mi ventana, cuando soñaba despierto en la pleamar de unos versos, un Ángel, mi Silvia, se apresuró a sacar el áurico polvo que dejan tus deseables pies sobre la alfombra de su cristalina berlina. Sentía, de verdad, que la inspiración de mi pecho era más poderosa que la aspiración de la plateada boca que Usted manejaba por debajo de los asientos de su candorosa carriola. Al flexionar sus vidriosas piernas y apoyar sus albas nalgas sobre los talones, exhibiste las satinadas cintas que abrazaban su cintura y el delicado cordoncillo, que se precipitaba como álveo de saliva bajo su ceñido pantalón, entre sus lactescentes nalgas.
Desde aquella mimosa concesión, mi Silvia, le he perseguido con los ojos y le sueño, un tanto loco y desvelado, durante el día, como traspuesto entre lujuriosas pasiones, durante la etérea noche. He de decirle, Cariño, que adoro su soledad, pues así naufrago con usted por islas paradisíacas, por vergeles mentales e idílicos altares de amor…, adonde yacer en el amor.
Ahora, de nuevo, desde esta ventana ligeramente entornada, le besos en versos con asombrosos sentimientos. Poemas que, como humilde siervo, tengo que extender por el suelo, para que sus golosas flores, esas que se entrevén tras el verde arrearte de la cera, sólo descanses sus dulces ternuras en mi corazón. Presiento una cercana realidad que se desadormece en inimaginables sueños y sé que, en breve, saldremos a pasear cogidos de la mano, saciando nuestros deseos y deshelando nuestros cuerpos entre íntimas caricias, como briznas de vapor que se entrelazan en el aire. Sí, Silvia, necesito que mis labios sean las prendas íntimas de su níveo cuerpo de azúcar cande.


