Señeras arterias de un lunático

 


Hontanares hondos y sibilinos
esbozan sobre tersa piel álveos
hilarantes, es el sentir salino
de corazón insomne, cárdeno.


Versos que desaguan espontáneos
arroyos de veneros argénteos
en las arenas de un mediterráneo
que aún conserva lugares etéreos.


Son dádivas para un cutis pulido,
para nívea estrella de orquídeas
que desenlaza por mí sanguíneas
arterias liosos torrentes de grillos.


Se acrecientan y agitan los latidos
por señeras arterias de un lunático.
Es culpa de la picadura, analepsis
a la “canción del esposo soldado”.


Mujer de miel, de ti me he enamorado.
Mas, mal trago a lo largo de la vida,
pues esposaste y sembraste tu vientre
con un necio. Entretanto, este duende
te habría aupado alta, en una ascesis
de cierva concebida y cristal delicado.


Ahora, diligente, sí, y aquí, a tu lado,
siego la mies del querer, desde siempre
reordenando esta obstinada sinapsis
que, como cerezo en flor, brota sin suerte.

Echado a sus pies



Estoy aquí, echado a sus pies.
Un arcángel que desea saber
de sus debilidades, de su vida,
para enamorarla con poesías.

Duermo a tu lado, Mujer.
Hilvanando fina caligrafía
en tu oído, tatuando sien
con lo que no cabe entender.

Inefable y limpio bienquerer,
perpetua y cegadora alegría,
taumaturgia en afilado alfiler.

Ángel Cupido que salva días,
que ata y templa un poder
emotivo, lírico, de fantasía.