Artista de la farándula



   Al entreoír la agradable voz y percibir la arrebatadora ventisca de esencias la miré emanando júbilo; excepto por los delgados cursos de lágrimas que caían por mis mejillas, En ese momento me sentí como un artista de la farándula, haciendo malabares con la esperanza de que ella entresacara toda la miel de mi corazón, barruntando el hormigueo funambulista que me suscitaba el afilado pitido de su voz al penetrar por mis oídos o adivinando los volatineros bálsamos de menta y caramelo que disipaba el cabello de la perfumista y recalaban por los poros de mi cuerpo.

Perla peregrina



     
Se había puesto unos guantes de tela para colocar la ringlera de perlas sin dejar huellas dactilares. Lo hizo con un cuidado que rozaba el umbral del miedo, con los ojos bien abiertos y con las yemas de los dedos alineando los numerosos nácares. Esos aljófares eran como una lluvia de aterciopeladas y lactescentes gotas de leche, digna de una única Reina, meritorias de mi Esposa.

     Con este collar podría abandonar todas las expresiones del arte, absolutamente todas. Mi literatura ya no podía hacer sombra a tan coruscante lluvia, pues las ordenadas perlas y las estrelladas cuentecillas, que lucían un ardiente rubí, eran sublimes versos, no concibo poeta que puede materializar tantísima belleza. El pincel dudo de que pudiese reproducir sus reflejos y en el caso de que el pinto se esmerase, precisaría de infinitas vidas para irradiar tantas y tan maravillosas centellas. La música, aunque logre apianar el llanto de un recién nacido hasta concebir una dulce canción de cuna, jamás podrá reproducir el desconcierto silencioso que legitima esta joya. Por último, la escultura, el labrado de esas piedrecillas, bien se pueden tallar los diamantes y repujar sus relumbrantes caras, pero jamás habrá mano ni se hallará puntero que pueda alustrar el sedoso tacto de esas lactescentes gotas; satinar estrellas.