Perla peregrina



     
Se había puesto unos guantes de tela para colocar la ringlera de perlas sin dejar huellas dactilares. Lo hizo con un cuidado que rozaba el umbral del miedo, con los ojos bien abiertos y con las yemas de los dedos alineando los numerosos nácares. Esos aljófares eran como una lluvia de aterciopeladas y lactescentes gotas de leche, digna de una única Reina, meritorias de mi Esposa.

     Con este collar podría abandonar todas las expresiones del arte, absolutamente todas. Mi literatura ya no podía hacer sombra a tan coruscante lluvia, pues las ordenadas perlas y las estrelladas cuentecillas, que lucían un ardiente rubí, eran sublimes versos, no concibo poeta que puede materializar tantísima belleza. El pincel dudo de que pudiese reproducir sus reflejos y en el caso de que el pinto se esmerase, precisaría de infinitas vidas para irradiar tantas y tan maravillosas centellas. La música, aunque logre apianar el llanto de un recién nacido hasta concebir una dulce canción de cuna, jamás podrá reproducir el desconcierto silencioso que legitima esta joya. Por último, la escultura, el labrado de esas piedrecillas, bien se pueden tallar los diamantes y repujar sus relumbrantes caras, pero jamás habrá mano ni se hallará puntero que pueda alustrar el sedoso tacto de esas lactescentes gotas; satinar estrellas.

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