Conforme conducía hacia el pueblo, sólo ingresaba en el éter de mi imaginación deslucidas pompas, burbujas que en el instante de visualizarlas estallaban dispersando gotas transparentes, sin ningún reflejo de color. No era lo habitual, pues siempre que tenía la ocasión de ensimismarme cogía el cuaderno de las anotaciones y bien del entorno, bien de las canciones que solía escuchar o, simplemente, del hervidero de mi imaginación, cuando aún lo conservaba iridiscente, entresacaba un sinfín de expresiones junto con un corrillo de rimas. A veces, de esos borbotones de pintura sonsacaba cientos de alegres bromas, en otras ocasiones, apuraba esencia de melancolía de unas ampollas esmaltadas y, en la mayoría de los casos, cuando mi pecho emanaba magma en forma de jaspeada paleta de colores, era tan grande la dulzura que introducía en mis versos que sé que descuajaba las lágrimas de los atentos ojos de los lectores.