Divinidad del firmamento profundo



Era asombrosa la maña que se daba a la hora de optar por una u otra prenda. Se me viene a la cabeza la conversación que mantuvo con una dependienta de Zara. Yo estaba tras los expositores de ropa, disimulando mis inamovibles ojos. Recuerdo que la dependienta le insistía en que era un tul demasiado discreto, muy transparente, que tenía un tejido tan liviano y simple que apenas se veía y que difícilmente lo iba a combinas con otras prendas. Por ello, una y otra vez repetía que tenía otros más vistosos y, aun así, mi Montaña, desistía de sus experimentados consejos y, sin dar más explicaciones, al final se llevó el velo que tanto le reprochaba la vendedora. Indescriptible fue la habilidad que tuvo a la hora de seleccionar el liviano pañuelo, pues cuando adornó ese invisible velo con unas diminutas y cristalinas preseas y lo voló sobre su negro cabello y sus albos hombros, la fina gasa se transformó en la hipnotizante estampa de un firmamento estrellado. Después, lo combinó con prendas oscura, una blusa que reflejaba la luz con halos de auroras boreales, una faldita negra aterciopelada y unas medias, también negras, que bajaban serviles estrellas hasta sus golosos pies. Cuando al día siguiente la vi, enloquecí por el standing de lujo que exhibía, iba divina y cuantas personas se cruzaron con Ella se quedaron obnubilados, hasta el punto de perder el sentido de la orientación. La terca dependienta de Zara, cuando la vio por la tarde, no daba crédito al lujoso modelo que había logrado. Sin dilación alguna, le suplicó que la dejase tomar algunas fotografías para enseñárselas a sus clientes. Ella, cuando se colocó para el inesperado e interminable reportaje fotográfico, posó asemejándose a la Diosa de la noche sin Luna, a la Divinidad del firmamento profundo. Sí, su exquisito gusto era laudable, superior a la maestría de las modistas de alta costura, pues con sólo esa gasa vaporosa y unas bisuterías sin apenas valor logró deslumbrar con una oscuridad cuajada en plata, creando desconcertantes pasiones y, en mi caso, enamorándome hasta el punto de rebasar los umbrales de la educación.