Sorbos eternos

 




Oh, María Montaña, en tu gesto sencillo despierta la armonía,
s manos, cúpulas de luz, toman la tacita blanca,
sus aristas doradas resplandecen como los bordes del alba,
y el té humeante, en su danza callada,
derrama en el aire su alquimia dorada.

Cáscara de limón, ofrenda de la tierra,
canela, el pulso del árbol hecho perfume,
vainilla, beso suave de los dioses,
bergamota, aliento de los mares distantes.
Todo fluye en la taza como un río de calma,
todo en tus labios es ceremonia sagrada.

María Montaña, sentada con humildad,
pero la humildad no oculta su hermosura,
su risa es un eco de campanas lejanas,
su alegría es el sol que lame los tejados,
y en el leve vaivén de su mano,
en la brisa tibia del té alzándose,
se revela el universo entero.

Oh, el mundo gira, la luz cambia,
el instante se quiebra y se rehace,
pero tú sigues ahí, en la esencia del aroma,
en la ternura del oro que brilla en los bordes,
en la pausa infinita de quien sabe
que la vida también es este sorbo,
este perfume, este instante eterno.

No vayas tras las mariposas, cuida de tu cuerpo para que ellas vuelen hacia ti

 



Soy lozana Montaña
que ansía mariposas…
mi aliento a tus pies.


No se deshiela tu piel,
mas florece hermosa
en cegadora mañana


Brinca, danza,
aguas temblorosas
que atesoran miel


Dulce bridas de laurel
recubren alma de diosa,
dando alas a mi alma.

Maravillosa Montaña,
siempre esta mariposa
se aviene sumamente fiel.

Versos que suspiran

 

Bajo único cielo, el que arde en tu mirada
te nombro, Montaña, con versos que suspiran.
La Luz de mi penumbra, Luna que irradia
sino en la noche, el Lucero que me inspira.



Amanece, Amor, con sonrisa cegadora,
aurora esmeralda, de claridad fastuosa.
Una belleza mágica, pétalos tras la flora
de polvorosa nieve, Rosa que se deshoja
con la ardentía de ternezas temblorosas.



Tus pomas, alabastros de miel helada,
redondas, dos ámbares de resina pura,
se traslucen al cielo en curva delicada,
y en su cénit, dos brasas que maduran:
avellanas brunas, granos de café ardiente,
que en mis labios se abren en tormenta,
incitando en mi lengua febril danza.



Botones de bronce, areolas en morena
sombra sigilosa en cumbre encendida,
es el misterio de esta pasión eterna.
El pináculo arde al tacto errante,
es la ruta calenturienta y infinita
de un Bósforo de Almasy delirante.
Donde le verso vaga en viaje tierno,
afluente de plata, río en el abismo,
ahí me pierdo en mil y un sueños,
en la alfombra voladora de uno mismo.



Desemboco en desierto de relente y rocío,
lo recubre la escarcha, con frío tan mío.
Arena perlada sobre cuna de vida se ciñe
alrededor de un ojo dormido, oasis callado,
una huella de agua en un silencio sagrado,
morada de la saliva que se amansa en calma
después libar con cientos de besos libres.



Más abajo, antes de tu secreto escondido,
frondoso bosque que permanece dormido
velado tras niebla de seda y de fino lino,
una bóveda blanca, bordada de estrellas
que oculta hontanar de dulcísimas cremas.
Ahí, en temblorosa maraña de intimidad,
el Monte de Venus, el amor de verdad.



Tus brazos, barandas de cisne elegante,
amarran mi corazón con cabo amante.
Y tus piernas, de un mármol lustrado
se separan al aire cual alas sensibles,
de mariposa que converge en el nido.
Plintos de sutil belleza, largos y lisos,
para templo deífico, de un Don Divino.



Montaña, deshazme con claridad pura,
con luz que deshaga toda noche oscura.
Que mi pecho se llene y el tiempo pare
con tu cuerpo, el único que resplandece.
Sí, todo, absolutamente todo en mi arde,
prendes versos, Montaña, poemas perennes.



Vuelve, Amor, desnuda mi alma con tu alba
que tu dulce miel se quede en mi boca pegada,
sírveme de secretos, déjame libar con calma.
Aunque el Sol se eclipse y la mar se retire,
me queda la lírica de tu cuerpo, que brille
sólo dentro de mí, con fuerza inmarcesible,
aun muera escribiendo pasiones imposibles.

Hontanar sobre una ladera adamantina


 

Se deslíe hontanar sobre una ladera adamantina,
de broza turmalina y alta como Montaña vespertina.
Ella me embelesaba, cegando mis ojos con sus brisas,
empequeñeciendo mi corazón en cascabillo de encina.

Fue en el medieval de Cáceres, bajo un cielo divino,
orientó con labios carmesíes la brújula de mi sino,
con hálitos de amor juró seguir camino clandestino.

Carabela pirata, sin alma, sin timón ni timonel,
buscó en sus ojos esa estrella que guiara el bajel.
Como Simbad en la tormenta de amor sin amarras,
alucié en su piel, en lecho vetado, verso en llamas.

Acezaba con cada terneza, Casiopea en plenilunio,
su cuerpo un mapa flameado, delirios fortuitos.
Mas su voz... su dulce voz me llevaba en sueños
a La Foule, Édith Piaf, cantando a lo lejos,
en verbena de deseos, entre temblores y gemidos.

Di mi simiente, a mi Cielo, piernas entreabiertas,
adentré su ser de miel, caricias íntimas, secretas,
y Ella grabó en mi costado un dardo de Aquiles,
un veneno de efecto lento, en cuentos infantiles.

Besos bajo los portales de Granada, el Albayzín,
con un Sol que caía a plomo sobre brillante adoquín,
con las sombras del Alcázar, el altar de nuestro afán,
perfilando en el pavimento dudas de infidelidad.

Pero un día, un ángel llegó a su vientre como una marea,
inundándolo como sábana lechosa que rompe en la arena,
y su espíritu creció, aun sin una isla adonde naufragar,
ahí quedó varado, vagando por la playa de adamar.

Hoy el espantapájaros de mis dudas sigue en vela,
pobre en letras y en alma, pobre en causas de bandera.
Soy muñeco de hojalata en un relato equivocado,
que rebuscó su corazón en unos labios abandonados.

Te miro y tiemblo... ¿por qué avivas este fuego?
es canícula estival, con tu abrazo me deshielo.
Mas, si un día reniegas es esta buena nueva,
seré osado bucanero, al abordaje de única Estrella.

Cutis para ser relamido


Cutis para ser relamido,

goloso y milagrosamente fino;

como edulcorado yogur griego.

De talco perfumado, como velo

nupcial, primoroso y ligero.

Andana por glorioso camino,

entre aires de azahar, espliego

lavanda y jazmín, … contigo.



Manzana que con arrojo y deseo

morderé, aun si desplomo yerto

con su embebecimiento dañino.

Me apasiona biruji del alba,

la brisa de mi alta Montaña.

Fontana que revierte aliento,

álveos que piruetean en versos,

más que intenso, cuasi eterno.



Adiamantada rivera empaña

cautivos vanos, algo deslucidos.

Aun así, con mis ensombrecidos

ojos, bajo por Bósforo que baña

todo el valle de íntimos viveros.

Lamer el humor de su entraña,

consumando el amor en su Cáliz.



Con maniático celo lengüeteo

la cálida ribera de Almasy,

desde lo alto, junto al escote,

hasta tincar el valioso brandy

que me enciende y que cuasi

me lleva delirar, tras culote

Bebiendo de goloso Monte

de Venus, picándolo con hábil

colmillo de mítico basilisco,

con poemas llenos de veneno.



Surco tierra desnuda, mártir

ahogado en su vientre lábil

y embozando ingrávidos senos

de caolín, de arcilla blanca.

De nieve coronada con dátil

tierno, un caramelo moreno

que se erige con mis pellizcos.

Despedida de un Ruiseñor

 




Ruiseñor, nada nos aleja,
ni los frecuentes pestañeos,
que me vedan las perlas
níveas del alto pirineo,
ni estornudo, que presta
ad libitum en un aleteo
de amor, musical jadeos
al arbitrio del placer.

Surge abrazo que allega
por los estremecimientos
en la cama, como un deber
entre sábanas, unos flirteos
apacibles y sumiso resuello,
céfiro con el que flameo
toda tu piel con amenos
y sensuales besos.

No, no olvidaré puerta
alguna, todas abiertas
para que me entretejas
a tu antojo, como ujier
bajo cuerpo tribunal.

Sea polen de androceo
sobre fragante gineceo
en un jardín nupcial.
Marioneta, es este deseo,
mi función sentimental.
Drama, cuando te marchas
y, francamente, es colosal
función de única Diosa
entrando en el Valhalla

cuando vuelve mi Alba.


Sueños de manicomio



Me desharé en elogios,
como devoto demonio
que sigue el encomio
de bellísimo episodio.

Un lírico manicomio,
los dedos melancólicos
que viven en un folio,
pernoctando en insólito
corazón, en el exótico
elíseo del amor, el opio
de los besos, tu cuerpo,
el lugar de mis sueños.