Hontanar sobre una ladera adamantina


 

Se deslíe hontanar sobre una ladera adamantina,
de broza turmalina y alta como Montaña vespertina.
Ella me embelesaba, cegando mis ojos con sus brisas,
empequeñeciendo mi corazón en cascabillo de encina.

Fue en el medieval de Cáceres, bajo un cielo divino,
orientó con labios carmesíes la brújula de mi sino,
con hálitos de amor juró seguir camino clandestino.

Carabela pirata, sin alma, sin timón ni timonel,
buscó en sus ojos esa estrella que guiara el bajel.
Como Simbad en la tormenta de amor sin amarras,
alucié en su piel, en lecho vetado, verso en llamas.

Acezaba con cada terneza, Casiopea en plenilunio,
su cuerpo un mapa flameado, delirios fortuitos.
Mas su voz... su dulce voz me llevaba en sueños
a La Foule, Édith Piaf, cantando a lo lejos,
en verbena de deseos, entre temblores y gemidos.

Di mi simiente, a mi Cielo, piernas entreabiertas,
adentré su ser de miel, caricias íntimas, secretas,
y Ella grabó en mi costado un dardo de Aquiles,
un veneno de efecto lento, en cuentos infantiles.

Besos bajo los portales de Granada, el Albayzín,
con un Sol que caía a plomo sobre brillante adoquín,
con las sombras del Alcázar, el altar de nuestro afán,
perfilando en el pavimento dudas de infidelidad.

Pero un día, un ángel llegó a su vientre como una marea,
inundándolo como sábana lechosa que rompe en la arena,
y su espíritu creció, aun sin una isla adonde naufragar,
ahí quedó varado, vagando por la playa de adamar.

Hoy el espantapájaros de mis dudas sigue en vela,
pobre en letras y en alma, pobre en causas de bandera.
Soy muñeco de hojalata en un relato equivocado,
que rebuscó su corazón en unos labios abandonados.

Te miro y tiemblo... ¿por qué avivas este fuego?
es canícula estival, con tu abrazo me deshielo.
Mas, si un día reniegas es esta buena nueva,
seré osado bucanero, al abordaje de única Estrella.

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