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Bajo único cielo, el que arde en tu mirada
te nombro, Montaña, con versos que suspiran.
La Luz de mi penumbra, Luna que irradia
sino en la noche, el Lucero que me inspira.
Amanece, Amor, con sonrisa cegadora,
aurora esmeralda, de claridad fastuosa.
Una belleza mágica, pétalos tras la flora
de polvorosa nieve, Rosa que se deshoja
con la ardentía de ternezas temblorosas.
Tus pomas, alabastros de miel helada,
redondas, dos ámbares de resina pura,
se traslucen al cielo en curva delicada,
y en su cénit, dos brasas que maduran:
avellanas brunas, granos de café ardiente,
que en mis labios se abren en tormenta,
incitando en mi lengua febril danza.
Botones de bronce, areolas en morena
sombra sigilosa en cumbre encendida,
es el misterio de esta pasión eterna.
El pináculo arde al tacto errante,
es la ruta calenturienta y infinita
de un Bósforo de Almasy delirante.
Donde le verso vaga en viaje tierno,
afluente de plata, río en el abismo,
ahí me pierdo en mil y un sueños,
en la alfombra voladora de uno mismo.
Desemboco en desierto de relente y rocío,
lo recubre la escarcha, con frío tan mío.
Arena perlada sobre cuna de vida se ciñe
alrededor de un ojo dormido, oasis callado,
una huella de agua en un silencio sagrado,
morada de la saliva que se amansa en calma
después libar con cientos de besos libres.
Más abajo, antes de tu secreto escondido,
frondoso bosque que permanece dormido
velado tras niebla de seda y de fino lino,
una bóveda blanca, bordada de estrellas
que oculta hontanar de dulcísimas cremas.
Ahí, en temblorosa maraña de intimidad,
el Monte de Venus, el amor de verdad.
Tus brazos, barandas de cisne elegante,
amarran mi corazón con cabo amante.
Y tus piernas, de un mármol lustrado
se separan al aire cual alas sensibles,
de mariposa que converge en el nido.
Plintos de sutil belleza, largos y lisos,
para templo deífico, de un Don Divino.
Montaña, deshazme con claridad pura,
con luz que deshaga toda noche oscura.
Que mi pecho se llene y el tiempo pare
con tu cuerpo, el único que resplandece.
Sí, todo, absolutamente todo en mi arde,
prendes versos, Montaña, poemas perennes.
Vuelve, Amor, desnuda mi alma con tu alba
que tu dulce miel se quede en mi boca pegada,
sírveme de secretos, déjame libar con calma.
Aunque el Sol se eclipse y la mar se retire,
me queda la lírica de tu cuerpo, que brille
sólo dentro de mí, con fuerza inmarcesible,
aun muera escribiendo pasiones imposibles.

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