Oh, María Montaña, en tu gesto sencillo despierta la armonía,
s manos, cúpulas de luz, toman la tacita blanca,
sus aristas doradas resplandecen como los bordes del alba,
y el té humeante, en su danza callada,
derrama en el aire su alquimia dorada.
Cáscara de limón, ofrenda de la tierra,
canela, el pulso del árbol hecho perfume,
vainilla, beso suave de los dioses,
bergamota, aliento de los mares distantes.
Todo fluye en la taza como un río de calma,
todo en tus labios es ceremonia sagrada.
María Montaña, sentada con humildad,
pero la humildad no oculta su hermosura,
su risa es un eco de campanas lejanas,
su alegría es el sol que lame los tejados,
y en el leve vaivén de su mano,
en la brisa tibia del té alzándose,
se revela el universo entero.
Oh, el mundo gira, la luz cambia,
el instante se quiebra y se rehace,
pero tú sigues ahí, en la esencia del aroma,
en la ternura del oro que brilla en los bordes,
en la pausa infinita de quien sabe
que la vida también es este sorbo,
este perfume, este instante eterno.

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