Collar para mi Esposa


     El collar tenía la capacidad de desbaratar todas mis aficiones, absorbiéndome con un poder tan acuciante que me llevaba a desestimar las demás expresiones del arte. Mi literatura ya no podía hacer sombras a tan coruscante lluvia, pues la ringlera de perlas y las diminutas y estrelladas cuentecillas, que refulgían en ardientes rubíes, eran sublimes versos; no concibo poeta que con sus rimas pudiese materializar tantísimos centelleos. En cuanto al pincel, dudo de que un pintor pudiese reproducir sus reflejos y en el caso de que éste se esmerase, precisaría de infinitas vidas para irradiar tantas y tan maravillosas chispas. La música, aunque logra-se apianar el llanto de un recién nacido, hasta concebir una dulce canción de cuna, jamás podrá reproducir el desconcierto silente que legitima esta armonía. Por último, para el escultor, para el labrador de estas cuentecillas, bien se pueden tallar los diamantes y repujar sus relumbrantes caras, pero jamás habrá hábil mano y ni se hallará puntero tan fino que pueda alustrar el sedoso tacto de estas diáfanas gotas; satinar estrellas.

Ella


Al mediodía, al salir del trabajo, el azogue que coagulaba mi sangre se había evaporado y el corazón latía con una procacidad que hasta ahora me era desconocida, un rigor que había restaurado mi estado de ánimo.

Esa inusual fibra me condujo hasta el llamativo centro comercial de la Ruta de la Plana, no para despejarme y descansar, pues no veía esa necesidad, sino para estar cerca de mi Amor o, tal vez, si no hubiese más remedio, para despedirme de Ella, pues reconozco que la había zaherido con mi tozuda obsesión.

Aunque me detuve a una considerable distancia de donde mi Vida solía dejar el coche, en cuanto Ella entró por la pueta de los aparcamientos percibí su inefable presencia. Cuando se bajó del coche la vi aún más hermosa que en anteriores días, caminando con una felicidad que desvelaba que al fin se sentía libre, sin nadie que la acechase.

Irradiaba como la Estrella que es, con una intensidad que he describir antes de continuar, al menos algunos de sus maravillosos encantos. Sí, los primeros que me vengan a la mente, pues sería imposible puntualizar los infinitos atributos que la enmarcan como la Belleza Absoluta. Sinceramente, es la Perfección de las mujeres, una Excelencia digna de ser exhibida en exclusivas salas del Louvre o el Prado o en los altares de templos icónicos, como la basílica de San Pedro o la catedral de Colonia.

Hoy lucía unas prendas de linaje aristocrático. No quiere decir que llevase un atuendo tradicional, de oficio, sino se trajeaba con un conjunto exquisitamente elegido, como si hubiese sido acicalada por un gran modisto. Fue como una estrella fugaz que, de repente, con un brillo rubí iluminó la oscuridad de los aparcamientos. Tanta luz irradió que eclipsó los ojos de cuantos acudían al centro comercial. Esos majestuosos destellos bañaron incluso los rincones de mi distante coche. El cuero de los asientos se tornasoló y el salpicadero se incendió en ascuas, hasta desojó mis desorbitados ojos, quedándome encandilado con su hermosura y cegado a todo lo que sucedía a su alrededor. Al rato, cuando se apagaron sus centelleros con las puertas automáticas del centro comercial, la negrura abarcó los aparcamientos y la necedad se apoderó de la sensatez de la gente.

Esta tarde vestía una blusa que, por la caída que tenía la tela, debía ser de seda, con unas mangas ajustadas hasta los puños, desde donde se desplegaban unos volantes con unos rutilantes y sencillos bordados. La tela de la blusa reflejaba una tonalidad entre marrón y burdeos, gozaba de un canesú estampada con transparentes matices florales y con una costura a la altura de la cintura que estrechaba la blusa, sin llegar a ceñirla y desvelando el genial cuerpo de mi Mujer.

Llevaba un pantalón de cuero muy fino, creo que era de color negro, ya que con el brillo daba la impresión de que era blanco y que estaba empapado de agua. Las perneras se adherían a sus piernas como una segunda piel, con una tersura perfecta, y se ajustaba a sus moldeadas caderas sin arruga alguna, como si éstas hubiesen sido pulimentadas con las hábiles manos de un artista.

Colgando de su delgado brazo derecho un anorak negro, que ya había visto en más de una ocasión, y un bolsito de charol con reflejos en azul metálico. Los llevaba así, porque al cogerlos del asiento de atrás se puso a andar con paso firme y alegre. Era su diligente forma de ser, con sus elegantes brazos, sus finas manso y su estilosa silueta mostraba que esa mujer era una criatura inmejorable en la creación del planeta.

Sus inacabables y verticales piernas y sus contorneadas caderas lucían a ambos lados unas ringleras de brillantes que terminaban a la altura de los gemelos, justo por encima de unas cremalleras plateadas, las que permitían desahogar las angosturas del cuero en sus estrechos tobillos, y en las que destacaban las presillas, porque se adornaban con unas cadenas doradas que se remataban con unas nerviosas plumas blancas.

Sus dulcísimos y delgados pies, tan lindos como los de una adolescente, calzaban, como siempre, unos zapatos de tacón muy altos, casi verticales, que prolongaban sus larguísimas piernas y daban una integridad superior a la de las modelos de alta costura. Eran negros, sin brillo, tal vez tuviesen un tacto aterciopelado, y con unos hipocampos dorados con piedrecillas por ojos a los lados del tacón.

Se me viene a la memoria el primer día que me crucé con Ella. No compartimos palabra alguna. Ahora, al igual que todos, me conmovió con su mágica belleza. Su niqui rosado, con las sombras de sus hermosos senos, los delgados tirantes que saltaban la lactescente y brillante piel de sus hombros, un culote azul marino, que afloró y entremezcló pensamientos libidinosos que hasta ese breve encuentro me eran desconocidos, y unas zapatillas de deporte rosa, que apenas levantaban polvo al pisar el sendero de la era; en fin, para mí la Diosa de la hechicería, porque con sólo esa casual aproximación conquistó mi corazón.

Esa Mujer, que asintió con un amable gesto cuando pasé a su lado, era una mezcolanza de sensacionales singularidades femeninas, desde la caída de su centelleante cabello negro, pasando por los suaves alabeos de sus profundos ojos, sus delgados labios, sus huesudos hombros, su fina cintura y sus torneadas piernas, hasta alcanzar esos piececillos humanos en los que descansaba la mágica Urna adonde se concentraba todo mi amor. Esa Dama era, en sí, el hábitat puro de la hermosura y la terneza.

Tantísima lindeza que hasta las afanosas hormigas se apresuraban a echar hojas bajo sus dulces pies, acarreando la hojarasca otoñal y briznas de la hierba de las jardineras del sendero. Así fue, sin necesidad de ir más lejos, con sólo la imagen de sus elegantes pies, de su firme y alegre paso me quedé prendado. Deseaba, desde aquel casual encuentro, ser el pozo de saliva cristalina que dispusiera una alfombra limpia bajo su divino andar. Irrigaría con adamantina alfombra la piel de su goloso pie derecho y en cuanto fuese a apoyar su otro delicioso pie, ya habría acondicionado la afortunada área por donde iba a apoyar su riquísima piel.

Todo alrededor de Ella era crepúsculo. Así, cada mediodía y cada tarde, cuando mi hechizado corazón aguardaba a que mi Vida regresara a su casa o bien que disfrutase del paseo con sus pequeños, se aclaraba el cielo con su luminosa presencia y, entonces, el amanecer verdadero otorgaba de vida a todo su alrededor. En esos mágicos y únicos momentos me sentía afortunado de vivir tan cerca de una Diosa, era cuando mi corazón latía inmaculado. Sí, en ese instante me insinuara que sacrificara mi vida por Ella, justo cuando mi cuerpo se desintoxicaba de todo lo vulgar, no dudaría en esparcir mi acendrada sangre por el suelo que Ella pisa. Entiéndanme, si tuviese que hacer de peldaños para que mi Diosa subiese los escalones de la puerta de su casa, le brindaría a cada paso mi lengua, para que pisase en carnosa y mullida alfombra. De paso en paso, o cuanto antojo me aludiese al cabo del día, del mes o del año, yo le abriría mi pecho, como confortable edredón plumas, para que disfrutase de mi cálido amor durante toda su vida. Enjalbegaría su piel de porcelana y barrería, limpiaría y fregaría las superficies que Mujer santifica con su cariñoso tacto.

Como última anécdota, a partir de ese casual y primer encuentro comenzaron a rebosar lágrimas de mis párpados. Una letanía diaria por una Mujer divina. Cuando me ausentaba en mi alcoba, acontecía en mi pecho la fantasía de una relación de infinitas páginas de versos, una ilusión inasible que guardo de forma exclusiva dentro de mí y que tan sólo exteriorizo en el parabrisas de su coche, en la huidiza cárcel de mi vergüenza y en mis acuosos e impenetrables ojos. Bueno, tras este necesario inciso, paréntesis que clarifica la vacía caja de mi corazón, dejo de retirar el polvo que se hacina en mi mismo y continúo con mi particular idilio.

Negra Amapola


     Como la lesión aún era reciente, a mi pobre voluntad no le quedó más remedio que sublevarse contra mi recio e indeliberado corazón. Menos mal que logré romper el rebenque que me ataba en corto al deseo de ir a los lugares que Ella frecuentaba. Aun así, no volví a casa para descansar un poco, de esta forma no me embobaría con el frívolo techo del salón, tal como hice echado en el sofá el día anterior, y, por supuesto, tampoco me quedé en los alrededores del trabajo, pues podía dar que pensar a mis compañeros. Me fui hacia el centro de Cáceres, conduje en un principio al azar. Tras dar un par de vueltas al paseo de Cánovas bajé a los aparcamientos de la Madrila.

     Antes de apearme del coche, eché un rato escuchado las canciones de “El bardo” y “Milonga del Solitario”, para acoger sus letras como si fuesen mía. Después, en vez de perderme en el siguiente bordoneo, me dejé ir a trotecitos lento por los laberintos camperos del parque del Príncipe. Al momento, con el alma estremecida y tras divagar entre los verdes oliváceos de los acebos y los madroños, de las encinas y alcornoque y del fragante laurel, en un apronte de valiosas lágrimas solté un silencioso grito. Aparentemente, y arrellanado en un banco a la sombra de un formidable chopo, fue sencillo deshacerme del palenque que me tenía atado a la cerrazón de la vida. Era tanta la congoja de vivir sin esperanzas de amor, que mis ensueños líricos se evanescieron entre los aromas del parque; endebles y perfumadas briznas que no me llevaban a ninguna parte ….

Batiburrillo iridiscente





     Conforme conducía hacia el pueblo, sólo ingresaba en el éter de mi imaginación deslucidas pompas, burbujas que en el instante de visualizarlas estallaban dispersando gotas transparentes, sin ningún reflejo de color. No era lo habitual, pues siempre que tenía la ocasión de ensimismarme cogía el cuaderno de las anotaciones y bien del entorno, bien de las canciones que solía escuchar o, simplemente, del hervidero de mi imaginación, cuando aún lo conservaba iridiscente, entresacaba un sinfín de expresiones junto con un corrillo de rimas. A veces, de esos borbotones de pintura sonsacaba cientos de alegres bromas, en otras ocasiones, apuraba esencia de melancolía de unas ampollas esmaltadas y, en la mayoría de los casos, cuando mi pecho emanaba magma en forma de jaspeada paleta de colores, era tan grande la dulzura que introducía en mis versos que sé que descuajaba las lágrimas de los atentos ojos de los lectores.


Artista de la farándula



   Al entreoír la agradable voz y percibir la arrebatadora ventisca de esencias la miré emanando júbilo; excepto por los delgados cursos de lágrimas que caían por mis mejillas, En ese momento me sentí como un artista de la farándula, haciendo malabares con la esperanza de que ella entresacara toda la miel de mi corazón, barruntando el hormigueo funambulista que me suscitaba el afilado pitido de su voz al penetrar por mis oídos o adivinando los volatineros bálsamos de menta y caramelo que disipaba el cabello de la perfumista y recalaban por los poros de mi cuerpo.

Perla peregrina



     
Se había puesto unos guantes de tela para colocar la ringlera de perlas sin dejar huellas dactilares. Lo hizo con un cuidado que rozaba el umbral del miedo, con los ojos bien abiertos y con las yemas de los dedos alineando los numerosos nácares. Esos aljófares eran como una lluvia de aterciopeladas y lactescentes gotas de leche, digna de una única Reina, meritorias de mi Esposa.

     Con este collar podría abandonar todas las expresiones del arte, absolutamente todas. Mi literatura ya no podía hacer sombra a tan coruscante lluvia, pues las ordenadas perlas y las estrelladas cuentecillas, que lucían un ardiente rubí, eran sublimes versos, no concibo poeta que puede materializar tantísima belleza. El pincel dudo de que pudiese reproducir sus reflejos y en el caso de que el pinto se esmerase, precisaría de infinitas vidas para irradiar tantas y tan maravillosas centellas. La música, aunque logre apianar el llanto de un recién nacido hasta concebir una dulce canción de cuna, jamás podrá reproducir el desconcierto silencioso que legitima esta joya. Por último, la escultura, el labrado de esas piedrecillas, bien se pueden tallar los diamantes y repujar sus relumbrantes caras, pero jamás habrá mano ni se hallará puntero que pueda alustrar el sedoso tacto de esas lactescentes gotas; satinar estrellas.