Antes de apearme del coche, eché un rato escuchado las canciones de “El bardo” y “Milonga del Solitario”, para acoger sus letras como si fuesen mía. Después, en vez de perderme en el siguiente bordoneo, me dejé ir a trotecitos lento por los laberintos camperos del parque del Príncipe. Al momento, con el alma estremecida y tras divagar entre los verdes oliváceos de los acebos y los madroños, de las encinas y alcornoque y del fragante laurel, en un apronte de valiosas lágrimas solté un silencioso grito. Aparentemente, y arrellanado en un banco a la sombra de un formidable chopo, fue sencillo deshacerme del palenque que me tenía atado a la cerrazón de la vida. Era tanta la congoja de vivir sin esperanzas de amor, que mis ensueños líricos se evanescieron entre los aromas del parque; endebles y perfumadas briznas que no me llevaban a ninguna parte ….
Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Negra Amapola
Como la lesión aún era reciente, a mi pobre voluntad no le quedó más remedio que sublevarse contra mi recio e indeliberado corazón. Menos mal que logré romper el rebenque que me ataba en corto al deseo de ir a los lugares que Ella frecuentaba. Aun así, no volví a casa para descansar un poco, de esta forma no me embobaría con el frívolo techo del salón, tal como hice echado en el sofá el día anterior, y, por supuesto, tampoco me quedé en los alrededores del trabajo, pues podía dar que pensar a mis compañeros. Me fui hacia el centro de Cáceres, conduje en un principio al azar. Tras dar un par de vueltas al paseo de Cánovas bajé a los aparcamientos de la Madrila.
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