Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Ella
Al mediodía, al salir del trabajo, el azogue que coagulaba mi sangre se había evaporado y el corazón latía con una procacidad que hasta ahora me era desconocida, un rigor que había restaurado mi estado de ánimo.
Esa inusual fibra me condujo hasta el llamativo centro comercial de la Ruta de la Plana, no para despejarme y descansar, pues no veía esa necesidad, sino para estar cerca de mi Amor o, tal vez, si no hubiese más remedio, para despedirme de Ella, pues reconozco que la había zaherido con mi tozuda obsesión.
Aunque me detuve a una considerable distancia de donde mi Vida solía dejar el coche, en cuanto Ella entró por la pueta de los aparcamientos percibí su inefable presencia. Cuando se bajó del coche la vi aún más hermosa que en anteriores días, caminando con una felicidad que desvelaba que al fin se sentía libre, sin nadie que la acechase.
Irradiaba como la Estrella que es, con una intensidad que he describir antes de continuar, al menos algunos de sus maravillosos encantos. Sí, los primeros que me vengan a la mente, pues sería imposible puntualizar los infinitos atributos que la enmarcan como la Belleza Absoluta. Sinceramente, es la Perfección de las mujeres, una Excelencia digna de ser exhibida en exclusivas salas del Louvre o el Prado o en los altares de templos icónicos, como la basílica de San Pedro o la catedral de Colonia.
Hoy lucía unas prendas de linaje aristocrático. No quiere decir que llevase un atuendo tradicional, de oficio, sino se trajeaba con un conjunto exquisitamente elegido, como si hubiese sido acicalada por un gran modisto. Fue como una estrella fugaz que, de repente, con un brillo rubí iluminó la oscuridad de los aparcamientos. Tanta luz irradió que eclipsó los ojos de cuantos acudían al centro comercial. Esos majestuosos destellos bañaron incluso los rincones de mi distante coche. El cuero de los asientos se tornasoló y el salpicadero se incendió en ascuas, hasta desojó mis desorbitados ojos, quedándome encandilado con su hermosura y cegado a todo lo que sucedía a su alrededor. Al rato, cuando se apagaron sus centelleros con las puertas automáticas del centro comercial, la negrura abarcó los aparcamientos y la necedad se apoderó de la sensatez de la gente.
Esta tarde vestía una blusa que, por la caída que tenía la tela, debía ser de seda, con unas mangas ajustadas hasta los puños, desde donde se desplegaban unos volantes con unos rutilantes y sencillos bordados. La tela de la blusa reflejaba una tonalidad entre marrón y burdeos, gozaba de un canesú estampada con transparentes matices florales y con una costura a la altura de la cintura que estrechaba la blusa, sin llegar a ceñirla y desvelando el genial cuerpo de mi Mujer.
Llevaba un pantalón de cuero muy fino, creo que era de color negro, ya que con el brillo daba la impresión de que era blanco y que estaba empapado de agua. Las perneras se adherían a sus piernas como una segunda piel, con una tersura perfecta, y se ajustaba a sus moldeadas caderas sin arruga alguna, como si éstas hubiesen sido pulimentadas con las hábiles manos de un artista.
Colgando de su delgado brazo derecho un anorak negro, que ya había visto en más de una ocasión, y un bolsito de charol con reflejos en azul metálico. Los llevaba así, porque al cogerlos del asiento de atrás se puso a andar con paso firme y alegre. Era su diligente forma de ser, con sus elegantes brazos, sus finas manso y su estilosa silueta mostraba que esa mujer era una criatura inmejorable en la creación del planeta.
Sus inacabables y verticales piernas y sus contorneadas caderas lucían a ambos lados unas ringleras de brillantes que terminaban a la altura de los gemelos, justo por encima de unas cremalleras plateadas, las que permitían desahogar las angosturas del cuero en sus estrechos tobillos, y en las que destacaban las presillas, porque se adornaban con unas cadenas doradas que se remataban con unas nerviosas plumas blancas.
Sus dulcísimos y delgados pies, tan lindos como los de una adolescente, calzaban, como siempre, unos zapatos de tacón muy altos, casi verticales, que prolongaban sus larguísimas piernas y daban una integridad superior a la de las modelos de alta costura. Eran negros, sin brillo, tal vez tuviesen un tacto aterciopelado, y con unos hipocampos dorados con piedrecillas por ojos a los lados del tacón.
Se me viene a la memoria el primer día que me crucé con Ella. No compartimos palabra alguna. Ahora, al igual que todos, me conmovió con su mágica belleza. Su niqui rosado, con las sombras de sus hermosos senos, los delgados tirantes que saltaban la lactescente y brillante piel de sus hombros, un culote azul marino, que afloró y entremezcló pensamientos libidinosos que hasta ese breve encuentro me eran desconocidos, y unas zapatillas de deporte rosa, que apenas levantaban polvo al pisar el sendero de la era; en fin, para mí la Diosa de la hechicería, porque con sólo esa casual aproximación conquistó mi corazón.
Esa Mujer, que asintió con un amable gesto cuando pasé a su lado, era una mezcolanza de sensacionales singularidades femeninas, desde la caída de su centelleante cabello negro, pasando por los suaves alabeos de sus profundos ojos, sus delgados labios, sus huesudos hombros, su fina cintura y sus torneadas piernas, hasta alcanzar esos piececillos humanos en los que descansaba la mágica Urna adonde se concentraba todo mi amor. Esa Dama era, en sí, el hábitat puro de la hermosura y la terneza.
Tantísima lindeza que hasta las afanosas hormigas se apresuraban a echar hojas bajo sus dulces pies, acarreando la hojarasca otoñal y briznas de la hierba de las jardineras del sendero. Así fue, sin necesidad de ir más lejos, con sólo la imagen de sus elegantes pies, de su firme y alegre paso me quedé prendado. Deseaba, desde aquel casual encuentro, ser el pozo de saliva cristalina que dispusiera una alfombra limpia bajo su divino andar. Irrigaría con adamantina alfombra la piel de su goloso pie derecho y en cuanto fuese a apoyar su otro delicioso pie, ya habría acondicionado la afortunada área por donde iba a apoyar su riquísima piel.
Todo alrededor de Ella era crepúsculo. Así, cada mediodía y cada tarde, cuando mi hechizado corazón aguardaba a que mi Vida regresara a su casa o bien que disfrutase del paseo con sus pequeños, se aclaraba el cielo con su luminosa presencia y, entonces, el amanecer verdadero otorgaba de vida a todo su alrededor. En esos mágicos y únicos momentos me sentía afortunado de vivir tan cerca de una Diosa, era cuando mi corazón latía inmaculado. Sí, en ese instante me insinuara que sacrificara mi vida por Ella, justo cuando mi cuerpo se desintoxicaba de todo lo vulgar, no dudaría en esparcir mi acendrada sangre por el suelo que Ella pisa. Entiéndanme, si tuviese que hacer de peldaños para que mi Diosa subiese los escalones de la puerta de su casa, le brindaría a cada paso mi lengua, para que pisase en carnosa y mullida alfombra. De paso en paso, o cuanto antojo me aludiese al cabo del día, del mes o del año, yo le abriría mi pecho, como confortable edredón plumas, para que disfrutase de mi cálido amor durante toda su vida. Enjalbegaría su piel de porcelana y barrería, limpiaría y fregaría las superficies que Mujer santifica con su cariñoso tacto.
Como última anécdota, a partir de ese casual y primer encuentro comenzaron a rebosar lágrimas de mis párpados. Una letanía diaria por una Mujer divina. Cuando me ausentaba en mi alcoba, acontecía en mi pecho la fantasía de una relación de infinitas páginas de versos, una ilusión inasible que guardo de forma exclusiva dentro de mí y que tan sólo exteriorizo en el parabrisas de su coche, en la huidiza cárcel de mi vergüenza y en mis acuosos e impenetrables ojos. Bueno, tras este necesario inciso, paréntesis que clarifica la vacía caja de mi corazón, dejo de retirar el polvo que se hacina en mi mismo y continúo con mi particular idilio.
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