Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Collar para mi Esposa
El collar tenía la capacidad de desbaratar todas mis aficiones, absorbiéndome con un poder tan acuciante que me llevaba a desestimar las demás expresiones del arte. Mi literatura ya no podía hacer sombras a tan coruscante lluvia, pues la ringlera de perlas y las diminutas y estrelladas cuentecillas, que refulgían en ardientes rubíes, eran sublimes versos; no concibo poeta que con sus rimas pudiese materializar tantísimos centelleos. En cuanto al pincel, dudo de que un pintor pudiese reproducir sus reflejos y en el caso de que éste se esmerase, precisaría de infinitas vidas para irradiar tantas y tan maravillosas chispas. La música, aunque logra-se apianar el llanto de un recién nacido, hasta concebir una dulce canción de cuna, jamás podrá reproducir el desconcierto silente que legitima esta armonía. Por último, para el escultor, para el labrador de estas cuentecillas, bien se pueden tallar los diamantes y repujar sus relumbrantes caras, pero jamás habrá hábil mano y ni se hallará puntero tan fino que pueda alustrar el sedoso tacto de estas diáfanas gotas; satinar estrellas.
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