Hontanar en la ladera madre.




     Acurrucado e inmóvil en el angosto asiento, apenas sacando las cejas por encima del salpicadero, me sentía triunfante y valiente ante la pronta aparición de la Soberana de mi corazón, «antequam veniat Mater Domini mei». Me figuraba interminables veladas tumbados sobre la yerba, disfrutando de las tibias caricias del Sol y de su titilar sobre el trémulo espejo del Salor, más los cegadores destellos en la piel y el negro cabello de mi auténtica Estrella, y, sobre todo, gozando de la golosa miel al ensalivar la suave piel de sus amapolados labios. Además, justo en el instante de ese ensueño, pensé en un futuro venidero, en los que paseábamos cogidos de la mano y compartíamos los chascarrillos que había transcurrido a lo largo de día; como una pareja consumada.

     Esos apasionados pensamientos fluían como los rápidos de un hontanar que acaba de saltar por la ladera madre y es, por ello, por lo que sin más preámbulo tuve que echar mano del bolígrafo y el cuaderno que estaban en la guantera, pues no deseaba que esas abundantes holografías se diluyeran en las mansedumbres de transparentes remansos sin que antes se litografiaran en las retinas de mis ojos. Eran tantas y tan frágiles las imágenes que se me sucedían que, tan pronto se abrían, se velaban en ligeras calimas. Todo este exceso de voluptuosos hologramas, que a modo de negativos se revelaba en etéreos celuloides, se consumía sin llegar a ser impreso en matices de tinta, los tenía que transcribir rápidamente. Pues, sino me daba prisa, no las podría estampar en forma de versos y, además, quedarían sin los añadidos del perfume y la cinta de seda y, por supuesto, olvidadas para siempre en los inalcanzables estratos de mi mente y a las afuera del inmaculado pecho de mi Amada. Por eso, sin más tardanza saqué una amarillenta libreta y, antes de que se desliera sin llegar a mis yemas y que fuesen evanescentes ilusiones en mi imaginación, las atesoré, para que algún día latiesen adentro del empíreo de su pecho.