Primeros devaneos con mi Silvia.

 



Buenos días, Silvia.

     No sé cómo iniciar esta carta, pues aún no soy capaz recrear abiertamente mis sentimientos y, además, anublarías mi decencia si al hacerlo me mal interpretaras. En cambio, sí le describo la naturaleza de mi simpatía, declarando por todo lo alto que soy el hombre más afortunado del barrio, pues puedo presumir de finísima vecina, imagino que no se incomodará. Así que, si me lo permite, sacaré cuanto tiempo escudriñe de mis días, con el único y agradable empeño de dedicarle cientos de refinados elogios, auxiliados con sus idóneas metáforas y con tornasoladas estampas de auroras, de risueñas mariposas y de praderas primaverales y, tanto unos como otros, los embastaré con sumo celo para servirlos a sus dulces pies, para que su pecho lo herede a través de tan humildes y lagrimosos tragaluces.

     En cuanto a las desafortunadas menciones que abigarras en tan fantástico poema, me alineo con su parecer y lo admito al pie de la letra; es sabio el consejo de apartarlo para siempre de nuestras vidas. Por ello, para desechar esos remotos desatinos que hemos sobrellevado; tanto usted, con esa canallada que esa escurridiza larva de mosca le preparó a conciencia, engañándola y fallándola en todas las afirmaciones que prometió en el altar; como yo, con esa nauseabunda farsa que escupió sobre mi curso, embuste que lo en gangrenó desde el preciso instante que rubricó la matrícula. Le garantizo que esa despreciable ponzoña ya está en el basurero, lo deseché desde el mismo día que terminó el curso. Es más, lo metí en un saco de basura, adonde dejé una anotación indeleble para avisar de que tuviesen muchísimo cuidado, nota que venía a decir -mugre no apta para reciclar, residuo extremadamente contaminante- Así que, en el concreto momento que termine de escribir esta frase, ya no malgastaré más tiempo con los despojos de algo que ya no existe ni para usted ni para mí.

     Me resulta caprichosa la soledad, o quizás debiese decir curiosa. Desde aquí, Silvia, desde esta cera, le confirmo que sí, que, en no sé cuántas veces, me he quedado alelado con las irreproducibles ondulaciones de tus caderas y con las agradables siluetas de tu blusa. Al igual, que con los nítidos contornos que danzaban grácilmente sobre la enjalbegada pared de tu lar. Esa soledad hechizante, de una Mujer genial, me transporta no sólo durante las entelequias que se redibujan y se desvanecen a lo largo de las noches, sino también cuando mis yemas surcan blancos mares en las hojas del papel.

     Recuerdo, y que bien lo recuerdo, una ventura al mediodía. Al azar en mi ventana, cuando soñaba despierto en la pleamar de unos versos, un Ángel, mi Silvia, se apresuró a sacar el áurico polvo que dejan tus deseables pies sobre la alfombra de la negra carroza. Sentía, de verdad, que la inspiración de mi pecho era más poderosa que la absorción de la plateada boca que Ella manejaba por debajo de los asientos de su graciosa carriola. Al flexionar tus piernas de modelos y apoyar tus albas nalgas sobre los talones, exhibiste las satinadas cintas que abrazaban tu cintura y el delicado cordoncillo, que se precipitaba como álveo de saliva bajo tu ceñido pantalón, entre tus lactescentes nalgas.

     Desde aquel mediodía, mi Silvia, te he perseguido con los ojos y te sueño, un tanto loco y desvelado, durante el día, como traspuesto entre lujuriosas pasiones, durante la etérea noche. He de decirte, Silvia, que adoro tu soledad, pues así naufrago contigo en islas paradisíacas, en vergeles mentales, idílicos altares de amor…, en donde hacer el amor.

     Ahora, desde esta ventana ligeramente entornada, he de versar asombrosos sentimientos. Poemas que, como humilde siervo, tengo que extender por el suelo, para que tus golosas flores, esas que se entrevén tras el verde arrearte de tu cera, sólo pisen las ternuras de mi corazón. Presiento una cercana realidad que desadormece nuestros inimaginables sueños y sé que, en breve, saldremos cien-tos o miles de veces a pasear cogidos de la mano, saciando nuestros deseos y devorándonos a besos, como fieras en excitante envites de amor. Necesito, Silvia, que mis labios sean parásitos en tu níveo cuerpo de azúcar cande.


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