Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Me gusta caminar al amanecer
Me gusta caminar al amanecer, o al atardecer, y también cuando llueve, porque así se borran las posibles lágrimas que resbalan por mi mejilla. Sí, me deleita el relente tempranero, la dulzura de su aroma, y me cautiva la cortina de fuego que se alza sobre el cielo. Es el magma de la mañana que, a la vez que despereza sus impresionantes rincones, también desvela nuestros tercos sentidos.
Andar por los Barruecos, a las orillas del río Salor o, como ruiseñor disfrutando de un bosque, vagar entre las encinas de cubren las laderas de la sierra de San Pedro.
Deambular con garbo para que la cúpula del firmamento no nos cubra con su noche y, si acaso sucediese, peregrinar sólo bajo la vasta Luna Llena, cuando cruza de lado a lado la bóveda del cielo. Así, antes de que la intensidad del Sol se redima a la luz fatua de las estrellas y de los luceros, cuando de nuevo se inflame y antes de que se consuma entre las brasas de los suelos del horizonte. Sí, pasear con tiempo, incluso antes de que infinito universo nos revele que nuestra existencia no es una antesala de una zona privilegiada.
Es todo tan hermoso que considero que, el tiempo más malgastado de mi vida es aquel intervalo de horas en el que no disfruto de todo lo que se me ha concedido, es la duración de minutos o días en las que olvido que soy parte de esta maravilla, es cuando pierdo la risa ante cualquier trivialidad de la vida cotidiana.
Ahora experimento ciertas cosquillas en mi pecho, auguro una sensación difícil de explicar, una corazonada a través de la razón, una especie de metafísica delirante que me lleva a prender luces en el reino de las sombras. Son palabras dulcemente caligrafiadas que, aun no gocen de compromiso, originan gritos mudos que exacerban sueños en el subconsciente de algunos ángeles o, quizás voluntades estridentes que residen cautivas en mi corazón y desean salir para tender suave velo de gestos ante la mirada de mi Reina.
Es una espina de bienquerer que se aloja tras mi retina, mi estéril sensibilidad que se deshace proscrita en la ironía de esta Nada, mi fiel poesía que naufraga dudosa en la retorcida realidad de los círculos humanos.
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