Sé que todos nos desvelamos algún día, que más tarde que temprano la vida nos abre los ojos y nos hace madurar repentinamente. Lo que no entiendo es porque esa vigilia ha de acontecer en la etapa de la niñez o de la adolescencia y porque, aun cuando no se llegue a comprender, se ha de llorar inmerecidamente. No, nunca podré asimilar la razón de que a esa hora temprana se nos expulse de esa gloria de Nunca Jamás.
Dios, me urge que tú me lo aclares. El porqué de esa voluntad tuya, el motivo de poner todo tu empeño en esa casual e indiscriminante enfermedad que marchita la vitalidad uno de tus pequeños, o el porqué de que tu desees ese irracional sufrimiento y de que esta insensatez tuya se cebe con tesón con el recreo de una de tus criaturas. Es, en este preciso instante, cuando rebusco la causa de esa sinrazón y es, también, cuando más aprecio el dulce alcance de la inocencia y es, además y de verdad, cuando me doy cuenta del enorme valor de tan divino tesoro.
Tú, Altísimo, no tienes derecho alguno, la cerradura de la infancia ha de proseguir su curso natural e inviolable, su álveo de hontanar puro. Mas tú, sin más dilación, quebrantas sus inmaculados corazones y sin que hayan adquirido la adecuada habilidad los precipitas hacia los abismos del juicio, con una prontitud que les desbordada al recibir un castigo inicuo. Es entonces cuando surge la pérdida de su candor, cuando en la acendrada pureza de la niñez se desentraña una tristeza más que insoportable. Por qué, porque lo consientes.
Marcas a un querubín mucho antes de lo previsto, … le produces una dolencia insanable y le concibe un nuevo e inevitable sino; un compromiso con ese trace de la vida; o bien, le dispones una obligada orfandad, … dictas que ese inmaculado ha de afrontar una bárbara responsabilidad, tanta que lo aturdes con la amargura; es un pequeño al cual obligas a ser mayor.
Dios, es entonces cuando esa velada cortina que tú interpone entre la sensatez y la candidez se atenúa prontamente, cuando ese visillo, que habitualmente no se despliega, cede para vislumbrar una cordura advenediza que corresponde a una edad que no es la suya.
Incluso polemizo en el caso de un hombre ordinario, sano e inocente, que sólo infiere lo habitual. El porqué le urdes una celada y, sin la posibilidad de defenderse, le carcome hasta la médula de sus huesos. Cuestiono la causa del porqué te ensaña con él, con tu tridente dedo de diablo.
Yo, ahora, con la menudencia del poder que me concedes, enhebro locas trampas en forma de palabras. Sí, rifirrafes infantiles para licenciar este corazón en ese planeta incólume donde viven los niños. Lo haré todas las mañanas, generaré tildes incensurables, borrones libres de leyes a través de mis dedos. Arriesgaré mi alma juglar y la extralimitaré más allá del juicio humano. Una fuga que brota de la mismísima floración de la primavera y que aletea libre como un gorrión que se alza pertinaz, imprudente y risueño. Sí, rehusaré de esta obligación de la razón, se la cederé al corazón y lo haré sin abusar de los lóbregos verbos que sentencian la privación de la vida.
Así, oriento mis ojos hacia las nítidas lámparas que arden tras las ventanas de los ángeles, me ajusto a esos círculos que a veces se empañan con ingenuas lágrimas y es, precisamente ahí, donde enmarco toda la lluvia de mi júbilo, un hilo inagotable que resbala por mi mejilla, un cauce de tinta cristalina que proyecta risa en forma de brillo. Sí, son inusuales fósforos infantiles, fulgor que tan sólo prende con el candor y que crepita y se consume tras los vidrios de sus inocentes pupilas y esas, sólo esas ardentías, originan en mí las más limpias e inagotables olas que se revuelven en espirales de palabras por el insensato refugio de mi corazón de niño….

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