El apacible paisaje de la dehesa, la serena pradería donde las diligentes abejas enhebran las gotas de néctar y las partículas del polen con los haces del Sol. Donde el lugareño concibe sus sueños de brisas que limpien la paja de la mies, donde pide sus deseos de agua que sacien la sed de la res y donde enjuaga su polvoriento sudor de salitre de la broza estival. Las vitales horas del alba, el nacer la luz y, en el margen opuesto, las mortales horas, la incineración del cielo que se agota en el oscuro enigma del firmamento.
Ahí sacudo mis pantalones con mis bastas mano, sólo son zarpas desolladas con la pericia de tocar de todo. Escuchar la silente música de mi sombra vagabunda; inhalar el aire donde se agitan las alas y donde tremola la tela de la araña; advertir el desvelo que rinde el pétalo seco, la hojarasca y paja agostada cuando se cala con el rocío matinal; y acariciar con mis yemas hechas plumas el vértigo de sus finos labios y de sus verdemares y atisbar de cuan sumergido está mi corazón en su insondable pecho.
Cicatriza y se estremece silenciosa mi frágil piel de padre y tan sólo me queda por cerrar el cráter inextinguible donde se funden mis copos de cariño, mis ambarinos ojos que sólo dejan entrever un adarme de afecto en el interior de mi palpitante pecho. Una oquedad donde aovaré un aprecio jamás conocido, un amor legítimo que alcanza a ser lunático….

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