Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
De nuevo me comparo a un joven
De nuevo me comparo a un joven y aunque diste de esa apariencia, pues sé que ya estoy bastante curtido, aún me siento mozo y lejos de ser achaqueroso. Así, si me juzgo con miaja de humor y valoro mi sensatez con algo de ironía, veo en que cada diminuto fragmento de mi cuerpo pequeños intersticios de travesura, e incluso de indisciplina juvenil, y noto vastas y claras oquedades de diversión.
Así, si sistematizo todos esos risueños fragmentos de nubilidad en el bol de mi ansioso corazón, soy capaz de adecuar una flamante armadura para un Aquiles de alas en tobillos que danzará durante toda una noche; y así, si desarticulo estas óseas astillas por todo mi esqueleto, me advierto lo suficientemente valiente como para erigirme como un mozo jinete que auxilie en libertad a un indómito pura sangre de potro arrocinado que galopa veloz por el prado donde se escascarilla la sementara de la vida y por donde quizás, un día, pasearé con Ella; flotando sobre el lomo canela del huidizo bagual…, sin riendas que obedezcan a normas y huyendo tan sólo de nuestras absurdas sombras. … radiante, sí, radiante de felicidad.
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