Son pasajeros, o efímeros,
los prístinos rayos del día.
Aun así, la cálida alegría
con la que nos despabila
centímetro a centímetro,
es un innegables lucífero
al alba, pura adrenalina
para el corazón, poesía
del vientre virgíneo
de nuestra madre Tierra.
Así, rodeada de flores
de agradables olores
y con unos honores,
no menos encantadores,
de caricias superiores
que culminan en versos
de cálidos labios; besos
de amor, que el dinero
burdo no posee valía
para pagar. Mi María,
mi Montaña dulcinea,
no te haces una idea
de cuánto, Amor, …,
… cuánto te quiero.

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