Cocinando semillas

 


[...]

*[Cocinera] No se moleste, usted haga sus tareas y, entre tanto, yo le preparo los desayunos.

*[Serrán] Si no es molestia alguna. Es más, me entretiene, y no es sólo por hacer el desayuno, sino también conversar con usted. Así aprendo de todas sus experiencias, tanto en la cocina con en la mismísima vida.

     Hubo un instante de silencio, durante el cual no sé si me había escuchado o estaba aliñando oportunas palabras. Entró en la cámara de conservación y, entre tanto yo de brazos cruzados, salió enseguida con unas ñoras secas y un par de tomates maduros.

*[Serrán] Por favor, dígame dónde están las vajillas del desayuno. Así, de brazos cruzados estoy sufriendo.

*[Cocinera] -Sonrió, al verme que estaba como un pasmarote esperando a hacer algo- En esa alacena, en la pequeña que está en rincón.

     Aunque dijese pequeña, para nada le pegaba ese adjetivo, pues era un buen mueble de cristal con cuatro enormes cajones y varias estanterías con diferentes vajillas de desayuno. Tan sólo se podía atribuir que era pequeña, si se comparaba con los demás muebles de cocina.

*[Cocinera] Mi experiencia en la vida, ¡qué bien ha sonado! No sólo el imparable tiempo otorga veteranía a una persona, sino también hay que valerse de buenas especias. El mejor de todos los adobos que una buena madre puede emplear, es el aderezo que sale de su propio corazón.

*[Cocinera] Es la única forma de alimentar bien a los demás, fortalecerlos con felicidad y, por supuesto, para que esa sustancia, tan necesaria en el día a día, sea de la mejor calidad, debe de ser servida con la máxima alegría.

*[Serrán] Así que su secreto culinario no se debe a ningún condimento en concreto. -Decía mientras disfrutaba con los minuciosos detalles que tenían vajillas de desayuno de los estantes- Entonces, la mejor especia que usa en sus platos, la cultiva en su propio pecho y la sirve, sin más, a los demás, para que trasluzcan vitalidad e ilusión por todo su cuerpo.

     Todas las piezas eran de cerámica muy fina, con sellos en la parte inferior que daban fe de su calidad. Las asas de las tacitas del té y el café, para las pastas del mediodía, tenían un pequeño bucle en el asa, como el sarmiento de una parra, y el pie terminaba en una pequeña campana que ajustaba como un labio a los platos. Estos, los platos de las distintas tazas no eran perfectamente circulares, sin eran blanquísimas hojas, con varios nervios que se extendían radialmente y finalizaban en el canto de le plato con una peculiar doblez.

     La tetera, para el agua caliente, la lechera y la cafetera, eran similares entre ellas, tan sólo se diferenciaban por los tamaños. Las tapas, ligeramente curvadas y terminaban en un asa con la forma del símbolo de picas, del palo de la baraja de cartas francesas, pero con un color tan blanco como la nieve. La pieza más linda era la del té, era más pequeña y el caño se levantaba con los mismos alaveos que cuello de un cisne, algo más grueso en la base y más delicado en el extremo del caño. Éste, el borde del caño terminaba con un singular grosor, como si fuese el diminuto labio de un pez, y con acabado dorado.

      Las bandejas, para las pastas y los dulces, los platos para las tostadas y las fuentes para otras viandas, era similares a los platos de las tazas, pero más grandes y entreverando nervios más finos, como fibras pilosas que arrancan en los nervios principales.

     Todos los cubiertos tenían grabados un sello de autenticidad. Poseían un lustre tan despejado, que lo podías usar como espejos. Los extremos de los mangos tenían una forma similar a la de asa de la tapa de la tetera, el símbolo de picas. Después, todo al alrededor de los mangos, un par líneas doradas muy finas.

*[Serrán] Continuando con las especias de la felicidad, esas que cultiva con esmero en su pecho. En mi modesto parecer, las semillas que usted emplea para repoblar su pecho con lozanos prados de júbilo se deberían divulgar por todos los rincones de este mundo y, como si fuesen vasos de leche, se deberían servir desde párvulo, para que toda la gente creciese en una vida que fuese constante carnaval.

*[Cocinera] Pero si esa semilla está al alcance de cualquiera, es muy fácil de encontrar. Tan sólo tienes que creer en sí mismo, en la capacidad de soñar y así, le aseguro que, aunque nunca haya visitado ese lugar de ensueño o, aún peor, aunque no haya encontrado esa media naranja que dulcemente le ama, será capaz de describir aquel lugar con más detalles que si allí hubiese vivido o amar con más ternura que si hubiese vivido felizmente con una mujer.

*[Cocinera] Sí, sólo tienes que recolectar, dentro de ti mismo, la simiente del amor. Así, esas almendras se abrirán en hermosas flores que darán tiernos y dulces frutos….


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