¡Oh!, tus ojos, niño,
esos hialinos y finos
relejes que hiende
mi vulgar camino.
En la encalada pared
se disimulada mi piel
y entre mis macetas
de toronjil y menta,
mis rendidos pies.
Se desconciertan
las afanosas abejas,
con la amarga miel
y la acidulada jalea
de mi áspera pareja,
y se irritan las avispas
con las febriles chispas
de sus prontas peleas.
Esa presta y formal
mirada, señor, adula
mi cuerpo, mi cintura,
mis pechos y mis piernas.
Mas, mi descasada figura
se zarpea junto al brocal
inaccesible de yermas
y lóbregas pozas de sal.
No, no me ofenden
tus pupilas de felino,
pues yo las imagino
como cuando enciendes
un cadalso a la muerte,
adonde se logra vencer
el inflexible destino
de ínfulas altilocuente.
Ahora soy consciente
de que esa serpiente
siempre me miente
con lamento viperino.
Es un vil delincuente
que vive indiferente
lucrándose gente.
Con un filtro dañino
me anubló la razón.
Me lo dio lentamente
y, así, ida tras el fino
velo de blanco hilo,
y aturdida delante
de un signo maligno
contraje este castigo
del matrimonio.
Surgen estas lágrimas
tras entreverados versos,
que tan sólo atienden
a la lírica sierva y mágica
que corusca en su corazón.
Se despuebla las páginas
de este agostado rincón
que hospeda desgracia,
ansío que mi pasión
desuelle esta condición
ungida ante el altar.
De nuevo pido amar,
lo clamo con párpado
anegados en lástima.
Le requiero esa calima
que surge tras un beso,
la alianza del relámpago
que me ciega sus prestos
labios; el verdadero amor
Le cedo mi llano sentir,
para que con una sutil
alianza case los párrafos
ahogados dentro de mí.

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