Perdón




     ¡Perdón! Pero…, por qué, Mujer.

     Que palabra más hermosa y, a la vez, complicada. Es un término tan peliagudo que me llevas a este apuro de preguntarte un por qué.

     El perdón, o decir perdóname, es como comenzar a darse cuenta de que se ha hecho daño y que, en el fondo, dentro de uno mismo, hay algo puro que incluso se llega a palpar y se siente crecer, como una migaja de pan blanco y blando que se hornea lentamente.

     Diría que es el vocablo que da más valor a una persona, bien sea Mujer, hombre y, por supuesto, hasta en los niños y los ancianos. Por ejemplo, en muy pocas ocasiones, bien mi José con conmigo o bien yo con él, hemos inclinado la mirada, sintiendo que hemos hecho un insignificante daño, lo hemos resuelto con perdón y, al momento, esa poderosa palabra a desencadenado el gesto de un enorme abrazo.

     Sí, una expresión sumamente inteligente, que justo al salir te lleva a arrugar la frente, como un sensible amargor que quieres sacar de dentro, y si enseguida se conmuta con una sencilla disculpa, termina esculpiéndose en el interior de tal forma que esa ternura, aunque no sea visible, jamás se olvida.

     Pero, que pocas veces se debe de usar y, si acaso se utiliza, que sólo por sucesos triviales, como cuando le viertes un vaso a alguien; sólo por eso nimios percances que un día provocarán la risa. Sí, jamás, reitero, jamás debe de haber razones más profundas para pedir perdón por, de esas que constriñen el corazón. Al cónyuge, a la familia, a los amigos o absolutamente nadie, hay que dar mayores motivos, la conciencia con ellos siempre debe de estar tranquila…, se les debe de amar con locura y cuanto más mejor.

     Así que, dime, Elena. Por qué pides perdón…. ¡Claro que sí, siempre perdonada y cuantas veces quieras!, con un enorme y larguísimo abrazo…

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