Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Me ganaré tu cocina
¿Me ganaré tu cocina?, María. ¿Te seduciré con mis merecidos y suaves guisos?. Quizás te hechice el nombre de un restaurante caro, con una cocina de alta estirpe y una bodega con los más refinados caldos. Pues, en virtud de que he de contentar todos tus sentidos, de que he de halagar el equilibrio de tu paladar, no me queda más remedio que visitar todos esos nobles restaurantes. Así, estudiando sus platos, lograré una armonía entre la gastronomía de fama y el fogón clásico.
Entre otras tantas delicadezas, como la música, el cine, el aroma y el color de las flores, los museos,…; el arte culinario debe de ser tan tentador que ha de causar embeleso en tu cielo palatino. No sólo el majar del domingo, sino el que te ofrezca durante la semana, debe de ser el afrutado beso de mis labios servidos en bandeja.
Un arroz de mil formas, natural, acaramelado o salado, en una cerámica caliente o en una fuente fría, con salsas que confieran tonos de pastel u hortalizas que enloquezcan su color cande con un arcoíris primaveral.
Así, cada día te prepararé mis recetas con aliño de corazón. Lo debo de mantener fresco y lleno de vida, para que sacies tu apetito e inundes tu pecho con agradables latidos.
Pienso en nuestra eminente cita, en invitarte a cenar a la Torre de Sande, donde aprenderé ese primer plato, el que te extraiga tu sonrisa. Yo, María, después te lo serviré en exclusivo, a tu gusto, bien picadito, sazonado con el justo corazón y durante toda mi vida. Te serviré tan escalofriante exquisitez que, de rico amor, te erizaré la piel.
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