Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
¡Qué bien me ha quedado!
¡Qué bien me ha quedado!, dorada y tupidita, y nada de especias, tal como me has aconsejado. La he dejado en la encimera de la cocina, para que se enfríe antes de guardarla en el frigorífico.
Pienso que, aunque sea un tedio la cocina, si la lleva a cabo con imaginación y la compartes como si fuese un juego, es sumamente entretenida, por no decir, ya que hablo de gastronomía, apetitosa o deliciosa. Me fascinaría aderezar tus pucheros, o ataviar la mesa en íntimas veladas. Sacaría cucharadas de vez en cuando, mientras se suaviza el aliño entre borboteos, lo entibiaría con suaves soplos y después te lo ofrecería; para que tus labios aseveraran cuánto he de sazonar tus manjares, cuál es la justa medida de sal.
Una y otra vez adornaría los platos. Un día me serviría de intensas tiras de pimientos rojos asados. Otras noches usaría motivos purpúreos y dulces, higos laminados en forma de corazón para acompañar a unos bistecs de secreto asado. Quizás, un día, me despierte sin apenas ganas y se nos antoje algo ligero, como un braseado de verduras y, en este caso, con qué matiz puedo avivar el plato. Te parece bien una mermelada hecha con nuestras manos, una jalea confitada con el amor de nuestros corazones. Sería placer pichar una patata braseada, untarla un pico en esa dulce jalea de cariño y tender la mano para que la orilla de tu boca accediera a probar mis besos a modo de manjar.
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