Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Tardíamente
Más vale tardíamente, que dejar que el sombrío jardín del silencio haga mellas en una relación.
¡Un escalofrío! Sí, Mujer, tu flechazo me ha provocado una opresión en mi pecho. Tú envías, con la yema de tu dedo corazón, un afilado flechazo y de repente, transfiguras dentro de mí una aurora milagrosa, un amanecer de vida fidedigna que aclara la pegajosa soledad que me anubla los días.
Así que, aun sea tardíamente, poso sobre esas rosadas orillas que detiene las olas del amor de tu boca, esta dulce miel en forma de poesía. Quizás, deshojando verso tras verso, llegue el día en el que sea la única abeja que naufraga por las cálidas orillas del aguamar de una Mujer.
Puede ser, que ya sea hora de dejar atrás este melancólico otoño que deshoja cada latido de mi corazón y, con un amor inabarcable, comenzar a cuidar una primavera floral. Revolotear cada día, como un picaflor alrededor de una sola flor. Así es, desde el Sol naciente hasta que den las horas del poniente y desde esta hora, cuando cae la tarde, hasta que me desvele al final de la madrugada; pensando en que no se sea tarde en mi corazón, Mujer.
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