Una lámina calca los ocres de los árboles



Una lámina calca los ocres de los árboles, una diadema fina y cristalina, que llena las aguas con añil celeste y dejo de caminar, pues la alameda me hace efecto. Por un instante, comienzo a ver a través de los ojos y presiento que algo se me escapa. Acaso son esos tonos o es el trinar de los pájaros, quizás sea el suave arrullo de las hojas o, tan sólo, el balsámico olor de la floresta; qué me he perdido o cuál es la virtud de desconexión que posee este lugar.

Mi mente yace agotada, acuso en mi adentro un tembladeral, una estridencia constante, que es un tanto más aguda cuando me echo sobre la cama. Me acobarda este desacorde interior, esta disonancia que sólo se calma cuando estoy contigo, al asentir el suave paso de tu melódica voz, al reafirmar la inagotable naturaleza de tan sublime donaire, al dar cuenta de que tus avellanados ventanales se entreabren, para alojar mi modesto destino en un rincón de la limpia e inabarcable fantasía que alumbra tu interior, para reclutar a este humilde poeta entre las indescifrables gozosas hojas de amor que ahítan tu corazón y, sonriendo simpáticamente y sintiendo insufribles pellizcos de curiosidad, al disipar toda la conmovedora orquesta de tus latidos, ese rebelde palpitar que irritan las incurables heridas de mi llana vida.

Crees, María, que debo de serenarme o, acaso, debo de proseguir hasta que mi alma detone en el interior de la confortable fronda que me reservas dentro de tu corazón. Prenderé, aun sea a base de rozar mis yemas sobre cientos de poemas, todos los perfumados inciensos que desvanecen a través de tu aliento. Sí, María, recolectaré los manojos de mi siembra, las gravillas de mis versos y los avivaré para que mi alma desfallezca cuando me concedas un primer beso.

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